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Primer desnudo en el cine Hedy
Lamarr en Erotikon(1929) |
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King Kong (1933) |
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ASvenska
Filmsamfundet (1933) |
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1933 Hedy Lamarr se desnuda ante la cámara
Besos
castos, besos breves o largos, besos de verdad como los de Asta
Nielsen, senos apenas entrevistos, trozos aislados de anatomía
femenina o masculina.., los límites de la censura oficial se estiraban
o comprimían en cada país según la voluntad de su gobierno de turno,
si bien parecía existir un cierto tabú a la hora de mostrar un desnudo
integral en la pantalla. Será, sin embargo,
Gustav Machaty, un
cineasta checoslovaco conocido por explorar los temas sexuales, quien
pondría una piedra más en el avance del cine por la senda del erotismo
con su película Éxtasis (1933).
Estrenada en Praga, sus imágenes (llenas
de simbolismos visuales y metáforas eróticas)
sorprendieron a los espectadores no tanto por la carga sexual de su
argumento al fin y al cabo Machaty
había filmado ya, otro trabajo en esta misma línea,
Erotikon (1929)
como por la visión de la actriz austríaca
Hedy Kiesier (bautizada después en Hollywood
como Hedy Lamarr) correteando en traje de
Eva por el campo o, en la secuencia más famosa del filme, dándose un
baño desnuda. Una falsa frontera moral se traspasaba con estas
imágenes y, al dejarla atrás, el cine continuaba avanzando en busca de
la completa libertad de expresión.
1933 “King Kong” y los monstruos de la “depresión”
La
inseguridad que generan un presente conflictivo y un futuro difícil,
tras el crack de 1929
y la consiguiente “depresión” económica,
siembra en el imaginario colectivo de Estados Unidos una inquietud que
alimenta, sin duda, la aparición de un amplio ciclo de cine de
monstruos y de terror impulsado mayoritariamente por la
Universal. Desde el
aldabonazo inicial propiciado por el
Drácula de (1930) de
Tod Browning y el
Frankenstein (1931)
de James Whale,
la estela se prolonga después con títulos tan emblemáticos como
La momia (1932) de
K. Freund,
Freaks (1932)
de T. Browning, El malvado Zaroff (1932)
de B. Schoedsack
e I. Pichel,
El hombre invisible (1933)
de J. Whale
y, si acaso, el mas famoso y popular de todos:
King Kong (1933)
dirigido por dos realizadores que provienen del documental:
E. B. Schoedsack y
Menan C. Cooper.
Producida por la RKO
y basada en un relato de Edgar Wallace
(quizá inspirado en Jonathan Swift).
La película es una versión del mito de la bella y la bestia, encarnada
ésta por un entrañable gorila de 18 metros de altura que se enamora de
la bella Anni Darrow
(personaje encarnado por Fay Wray)
y que muere por ella en lo alto del Empire
Stare, rodeado de aviones y en una secuencia ya mítica y que supuso
además, la primera utilización del trucaje denominado
“transparencia”
1933 Las filmotecas y la conservación del patrimonio fílmico
El
desinterés de los productores por la conservación de las películas,
una vez que éstas habían generado ya beneficios, propició la
destrucción de una gran parte del cine silente, del que se estima que
ha desaparecido entre un 60% y un 80% de las producciones. Ello hizo
que algunos profesionales y amantes del cine proclamasen la necesidad
de conservar y de restaurar las películas, ya que eran integrantes del
patrimonio fílmico universal. Como fruto de esa preocupación, se crea
en 1933, en
Estocolmo, la primera cinemateca
del mundo, la Svenska Filmsamfundet.
Al año siguiente Goebbels
hará lo propio en Alemania con la Reich
Film Kammer. En
1935 se funda en EE
UU la filmoteca del Museo de Arte Moderno
de Nueva York y otro tanto sucede en
Francia, donde Henri Langlois
impulsa la creación de la Cinemateca gala.
Tres años después se instituye, impulsada también por
Henri Langlois, la
Federación Internacional de Archivos de
Filmes (FIAF), aunque en España habrá que
esperar hasta 1953
para la creación de la Filmoteca Nacional.
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Imagen de El pan nuestro de cada día
(1934) |
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1934 “El pan nuestro de cada día” y el compromiso con el “new deal”
Con
la llegada de Franklin D. Roosevelt
al poder, en 1933, se pone en marcha en
Estados Unidos un amplio programa de reformas conocido con el nombre
de new deal (nuevo trato)
que intenta sacar al país de la depresión económica en la que estaba
sumido tras el derrumbe bursátil de 1929.
Los sectores más afines de Hollywood,
con la Warner
a la cabeza, se sumaron también a esta movilización ideológica, aunque
la película más emblemática de aquellos ideales,
El pan nuestro de cada día (1934),
se encontró con la negativa de los productores para financiar el
proyecto, por lo que debió ser el propio director
(King Vidor) quien
se hiciera cargo de su producción. Historia de dos personajes en paro
(John
y Mary,
protagonistas de otro trabajo anterior del cineasta:
Y el mundo marcha (1928)),
el filme muestra cómo el trabajo en equipo logra poner en explotación
una granja arruinada, y cómo el sistema cooperativo es una fórmula
válida para levantar el país. Obra comprometida, pero ingenua, la
película abandera una extensa y heterogénea tendencia new-dealista que
va desde las comedias de Frank Capra
hasta el drama social de
Las uvas de la ira (1940)
de John Ford,
pasando por títulos como Heroes for Sale
(1933) de W.
Wellman, Fueros humanos (1933) de
F. Borzage,
El futuro es nuestro (1933)
de C. Brown,
o Vampiresas (1933)
de M. LeRoy.
El pan nuestro de cada día
surge en medio de la crisis generada por la decisiva caída bursátil de
1929.
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Leni Riefenstahl amiga
personal de Hitler, construyó en El triunfo de la voluntad
(1935) una espectacular y seductora apología nazi. |
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Apología nazi |
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1935 Leni Riefenstahk: el cine al servicio del nazismo
Especialista
en las llamadas “películas de montaña”,
amiga personal de Hitler
y asesora cinematográfica del partido,
Leni Riefenstahi recibe, en 1934, el
encargo personal del führer para realizar una película sobre el
congreso del partido nacionalsocialista que ese año se celebraría en
Núremberg. Tras disponer de los medios más privilegiados, la directora
compuso con El triunfo de la voluntad
(1935) una vibrante elegía épica del
nazismo, un filme de exaltación wagneriana y de acento pagano
construido con la expresa voluntad de identificar a Hitler como
salvador de la patria germánica, y al partido nazi con el pueblo
alemán, a través de unas imágenes de gran dinamismo, fisicidad y
fuerza expresiva. El indudable talento de su directora volvió a
manifestarse en su documental sobre los Juegos Olímpicos berlineses de
1936, Olimpiada (1938),
título que constituye, junto con el anterior, el gran díptico de
exaltación nazi dentro de un ciclo al que contribuyeron también
Hans Steinhoff en
El flecha Quex (1933)
y Veit Harlan,
autor del violento alegato antisemita El
judío Süss (1940).
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Imagen de El triunfo de la voluntad (1935) |
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