El paisaje llano y abierto ha dejado su sello en el carácter de Sangüesa y de sus hombres. El pueblo se repliega junto al río y el puente, y tiene por delante magníficos campos de cereal, hoy de regadío, que se extienden hasta los montes de Sos y de la Peña. El río, es el Aragón. Se acerca caudaloso después de haberse unido con el Irati, que a su vez llega crecido por el aporte del Salazar. Una calle larga en cuyo extremo hay un puente. Este puente tiene mucha importancia en la historia y en la vida de Sangüesa. Está expresamente citado, como detalle de localización, en los documentos que nos hablan de la fundación del «burgo nuevo» de Sangüesa. Siempre es un puente un lugar estratégico. El pueblo del «burgo antiguo» de Sangüesa descendió al llano y se estableció junto al puente, para defenderlo y para facilitar el paso a los peregrinos que por allí transitaban. Antes, Sangüesa estaba en la peña de Rocaforte. Eran los días duros de las invasiones del Sur. Era preciso cortarles el paso allí donde el Irati y el Aragón se unen. Esta era la misión de Rocaforte en lo alto de la peña.
 
Cuando se alejaron los peligros de las invasiones del Sur, Sangüesa desciende al llano, junto al puente de Aragón. Esto ocurría en los comienzos del siglo XII. Sangüesa «la vieja» se había beneficiado del fuero de Jaca, concedido, según dicen, por Sancho Ramírez hacia 1076, y realmente confirmado por Alfonso el Batallador en 1117. Cinco años más tarde, aparece el mismo rey, en 1122, concediendo la puebla o primer fuero de Sangüesa «la nueva». Su palacio real y el puente, con el camino de Ull, son los puntos de referencia que localizan el burgo nuevo.
 
Es poca la distancia que media entre Rocaforte y la Sangüesa actual, pero en este paso se le abrieron a este pueblo sus perspectivas históricas. Cambió su manera de ser. Siempre será un pueblo de frontera, y la que media entre Sos y Sangüesa será frontera difícil. Un punto permanente de fricción entre los intereses navarros y aragoneses. Habrá combates y en uno de ellos ganará el lema de su escudo: «Sangüesa, la que nunca faltó». Pero en definitiva ha cambiado el sentido de su vida. La nueva misión que se le ofrece no es la de cerrar el paso sino la de abrirlo a las muchas gentes que llegarán a tierras de España por el camino de Santiago. Deberá abrir y garantizar el paso del puente, dar facilidades a quienes llegan de fuera, ofrecerles estancia, hospedaje y hospital, de modo que puedan continuar su viaje. Pero al propio tiempo recibirá los beneficios espirituales y culturales de aquel gran movimiento en que se forjó el alma de la Europa Medieval. Cuando ahora vemos a este pueblo abierto, bullicioso y emprendedor, no es difícil descubrir a través del ambiente evocador de sus calles y plazas, la vieja tradición que aquí pervive.
 
La peregrinación de Santiago que pasaba por Sangüesa tiene su sello particular y propio. Los peregrinos llegaban a España por el puerto de Somport y después de descansar de las fatigas del paso de los Pirineos en el gran hospital de Santa Cristina, descendían al llano de Jaca, y siguiendo el Aragón entraban en Navarra por Yesa. Pasado Yesa hay un camino de peregrinos, vieja calzada que aún se conserva con su magnífico puente partido sobre el Aragón. Por aquí se seguía, primero a Rocaforte y luego por la Sangüesa actual, con su puente propio por el que se transitaba ya en la primera mitad del siglo XII. El burgo nuevo se había poblado con francos en torno al palacio que el rey Sancho Ramírez había mandado construir junto al puente. Allí mismo, dentro del cerco del palacio, se edificó la iglesia de Santa María. Y en la enfilada del puente y de la iglesia se iba organizando esta calle larga, que sigue siendo el eje de la ciudad y que entonces era la Rua mayor de los peregrinos.
 
A partir de estos comienzos, Sangüesa se va a poblar rápidamente al impulso de esa fuerza poderosa que fue la Peregrinación. Muy pronto en el palacio real y en la iglesia de Santa María se instalan los caballeros sanjuanistas del Hospital de Jerusalén. Medida decisiva en el incremento de la nueva ciudad. El titulo de cesión fue firmado por Alfonso el Batallador en Tiermas en diciembre de 1131. Un acto solemne en el que comparecen los obispos Sancho, de Pamplona; Arnaldo, de Huesca; Sancho, de Calahorra; Miguel de Tarazona; García, de Zaragoza. La encomienda sanjuanista de Sangüesa se mantendrá hasta 1351. Del 3 de noviembre de este año se registran dos documentos de permuta en el Archivo de la Catedral de Pamplona, en cuya virtud la iglesia de Santa María de Sangüesa, con la parroquia de San Andrés y la de San Esteban del Castellón, más unas casas, un huerto y los derechos de un molino, pasan a depender de la mitra de Pamplona. El 13 de diciembre la permuta era aprobada por Fray Austorguius de Cayluto, gran prior de la Orden de San Juan.
 
Al arrimo de la encomienda de San Juan, nuevos contigentes francos vinieron a beneficiarse del fuero de Sangüesa. Dieron vida al núcleo urbano, que pronto alcanzó su extensión actual. Ciudad amurallada con seis puertas. Desde el puente hasta el lugar que hoy ocupan los grandes soportales de la casa consistorial, se extendía el palacio real. Esta fue la sede de la encomienda. En Sangúesa llegó a haber seis parroquias. Una de ellas, San Nicolás, se encontraba en el arrabal, y San Esteban en lo alto del Castellón. En el siglo XIII se fundaron los conventos del Carmen, de los Menores, de la Merced y de los Predicadores. Pero la verdadera medida de lo que Sangúesa debe a la Peregrinación, es el número de sus hospitales. En total eran trece. Encabezaba la lista el de la Rua de los peregrinos, llamado de Santa María, a cargo de los sanjuanistas, que también mantuvieron el de Santa Eulalia. En el barrio del Arenal y junto a la parroquia del mismo nombre estaba el de San Nicolás, que dependió de Roncesvalles. El lazareto de gafos y malatos, bajo la tradicional advocación de San Lázaro, estaba alejado del núcleo de la ciudad por la carretera de Sos. Un poco más adelante, sobre la misma ruta, el de San Andrés de Vadoluengo, con interesante testimonio arqueológico. Cada parroquia tenía su hospital y lo había también en el burgo viejo de Rocaforte. Se señala por último un hospital de judíos, donde se atendía a la colonia israelita asentada en Sangüesa, que en el siglo XIV sumaba veinticinco hogares.
 
Los peregrinos que llegaban a Sangüesa y los pobladores englobados en el concepto de francos, procedían en realidad de toda Europa. No hay un fenómeno más internacional que el de la Peregrinación a Santiago. En la fachada de Santa María la Real se ha podido descubrir en piedra el recuerdo de unas «sagas» nórdicas. Sin embargo, esta ruta que llega de Jaca y de Somport es la más latinizada entre las vías de la Peregrinación. De Cataluña y Aragón, de la Francia mediterránea y hasta de Italia, venían los viajeros que pasaban por Sangüesa. Así llegó en 1212 ó 1213, según lo proclama la gran tradición de la Orden Franciscana, el más ilustre de los peregrinos, San Francisco de Asís que en la vieja Sangüesa de Rocaforte fundó el eremitorio de San Bartolomé, el primer convento que los Menores tuvieron en España, donde dejó el recuerdo de una de sus más bellas fioretti. Y junto con los frailes y con los santos, por donde llegaban las más espirituales tradiciones, vinieron también los menestrales, los mercaderes y los artesanos. Esta vía de Jaca, con su aporte catalán y mediterráneo, era el más comercial de los accesos de la Peregrinacion.
 
Con la corriente de los peregrinos, y preferentemente desde Jaca, llegó a Navarra una escuela del arte de construir de alcance bastante definido. En esta zona pirenaica, Leyre había asentado la estructura sabia y monumental de su cabecera. En Jaca se iban a incorporar a esa primera versión románica, influencias leonesas y catalanas, con elementos lombardos, califales y transpirenaicos, y en lo que respecta a la escultura se hará presente una mano, que incluso pudo ser italiana, acostumbrada a las formas de la antigüedad clásica. El resultado de esas fuerzas que convergían en Jaca fue la magnífica catedral cuyas nuevas formas arquitectónicas y otros primores estéticos iban a extenderse con rápida difusión. Desde Jaca, el peregrino entraba en una densa zona de testimonios románicos. Si sus preocupaciones fueron artísticas, podía visitar San Juan de la Peña, extendiéndose hasta Loarre e Iguácel, si es que no venía de Huesca, y con pequeñas desviaciones del camino pasaba por Santa Cruz de la Seros, Siresa y Leyre. Por la Valdonsella quedan unas cuantas iglesias románicas. Un poco más allá está Sos, y al Sur, pasados sus montes, Uncastillo, que podían considerarse como otros tantos jalones de este itinerario fundamental. Las iglesias de estos pueblos dependían entonces de la mitra de Pamplona.
 
Sobre esta corriente, centrada en Jaca, surgen los primeros testimonios del románico de Sangüesa. La cabecera de Santa María la Real nos muestra unos ábsides que pueden referirse a la época en que se construía la iglesia dentro del perímetro del palacio de Alfonso el Batallador. En estructura y en decoración, llevan el sello de lo jaqués, que también alcanza a algunos de los grandes capiteles que alternan en el interior con otros más estilizados temas vegetales. E indirectamente, esa misma influencia se hará patente, más avanzadas sus obras, en la gran portada, en cuyas galerías altas deja su sello el Maestro de San Juan de la Peña.
 
Con menos primor entra dentro de ese estilo la pequeña iglesia de San Adrián de Vadoluengo. Su portada, su ábside de tambor, los canecillos de sus aleros y su torre, todo este conjunto entra dentro de lo pirenaico. Y estos dos son los únicos monumentos románicos que se han conservado en Sangüesa. Algún resto se puede descubrir en el puente sobre el Aragón, y algunas partes en la iglesia de Santiago, gran monumento de la Peregrinación, pero que en definitiva no sólo es de transición sino gótico. Y queda, por último el recuerdo de un monumento derribado en fecha relativamente próxima. La iglesia de San Nicolás, sita en el arrabal a medio camino de Rocaforte. En 1153, su hospital pasó a depender de Roncesvalles, con su burgo poblado y sus heredades. Sus ruinas se mantuvieron en pie hasta 1911. Tenía tres preciosos ábsides románicos, con el detalle de que el del centro era poligonal y los laterales, en cambio, semicirculares. Las naves menores estaban cubiertas con bóveda de cuarto de cañón, detalle que sólo se da en otras tres iglesias románicas de Navarra: La parroquia de San Pedro de Aibar y las ermitas de San Miguel de Izaga y Santa María de Musquilda, esta última en Ochagavía. Algunos hermosos capiteles y otro restos de San Nicolás de Sangüesa se conservan en el Museo de Navarra y en una puerta reconstruida de la Cámara de Comptos de Pamplona.
 
Desde Sangüesa la línea de lo jaqués se extenderá por toda Navarra. Aparece claramente su influencia en los capiteles de San Pedro de Aibar, en las pequeñas iglesias y ermitas del Valle de Orba, en Santa María del Campo de Navascués y en el primor escultórico de la iglesia de Artaiz. Por lo que respecta a la zona más próxima de Aragón, pues en realidad uno de los más notables testimonios de lo jaqués en Navarra se encuentra al otro extremo, en las tierras occidentales confines con Alava. Es la iglesia de San Jorge de Azuelo.
 
 
 
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