Florecillas de

San Francisco - Parte IIb

   
   
  Las Florecillas de San Francisco, escrito por un autor desconocido en dialecto toscano en la segunda mitad del siglo XVI, es una antología de los hechos y milagros de San Francisco de Asís y sus Compañeros.    
   
 
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41. El hermano Simón recibía las divinas iluminaciones y las visitas amorosas de Dios con tanta suavidad y dulzura de espíritu, que muchas veces, al sentirlas venir, se echaba en la cama, porque la tranquila suavidad del Espíritu Santo le pedía no sólo el reposo de la mente, sino también el del cuerpo. Y en aquellas visitas divinas era con frecuencia arrebatado en Dios, y se volvía totalmente insensible a las cosas corporales. Una vez sucedió que, estando él así suspenso en Dios e insensible al mundo, abrasado por dentro de amor divino y sin sentir nada exteriormente con los sentidos corporales, un hermano quiso hacer la experiencia de comprobar si era como parecía; fue, cogió una brasa y se la aplicó al pie desnudo; el hermano Simón no sintió nada, ni la brasa le dejó señal alguna en el pie, no obstante haber seguido así tanto tiempo, que se apagó por sí sola.

41. Este hermano Simón, cuando se sentaba a la mesa, antes de tomar el alimento corporal, tomaba para sí y daba a los demás el alimento espiritual hablando siempre de Dios. Con estos discursos devotos convirtió en cierta ocasión a un joven de San Severino, que había sido en el siglo un galán vanidoso y mundano y era noble de sangre y muy delicado en su cuerpo. El hermano Simón, cuando lo recibió en la Orden, guardó consigo sus vestidos seglares; era, en efecto, el hermano Simón el encargado de iniciarlo en las observancias regulares. Pero el demonio, que anda buscando cómo poner tropiezos a todo bien, puso en él tan fuerte estímulo y tan ardiente propensión de la carne, que le era del todo imposible resistir. Por ello fue al hermano Simón y le dijo:

41. Devuélveme mis vestidos de seglar, porque no puedo ya resistir las tentaciones carnales. Y el hermano Simón, lleno de compasión hacia él, le decía: Siéntate un poco conmigo, hijo mío. Y comenzaba a hablarle de Dios, con lo que la tentación se marchaba. Volvía de nuevo la tentación, él volvía a pedir los vestidos al hermano Simón por causa de la tentación, y, hablándole él de Dios otras tantas veces, cesaba la tentación.

41. Así varias veces, hasta que, por fin, una noche le asaltó la tentación con mayor fuerza de lo acostumbrado, y, no pudiendo resistir de ninguna manera, fue al hermano Simón y le pidió de nuevo todos sus vestidos de seglar, ya que le era absolutamente imposible seguir. Entonces, el hermano Simón, como lo había hecho otras veces, lo hizo sentar junto a él; y, mientras le hablaba de Dios, el joven reclinó la cabeza en el regazo del hermano Simón presa de gran melancolía y tristeza. El hermano Simón, movido fuertemente a compasión, alzó los ojos al cielo, y, poniéndose a orar muy devotamente por él, quedó arrobado y fue escuchado por Dios. Al volver en sí, el joven se sintió libre del todo de aquella tentación, como si jamás la hubiera tenido.

41. Más aún, el ardor de la tentación se cambió en ardor del Espíritu Santo, porque se había acercado a aquel carbón encendido que era el hermano Simón, y quedó todo inflamado en el amor de Dios y del prójimo, en tal grado, que, habiendo sido una vez apresado un malhechor, al que habían de ser arrancados los dos ojos, movido a compasión, fue él animosamente al rector, cuando estaba reunido el consejo en pleno y con muchas lágrimas y súplicas pidió que le fuera arrancado a él un ojo y otro al malhechor para que éste no quedara privado de los dos ojos. Al ver el rector y su consejo el gran fervor de la caridad de este hermano, perdonaron al uno y al otro.

41. Se hallaba un día el hermano Simón en el bosque en oración experimentando gran consolación en su alma, cuando una bandada de cornejas comenzó a molestarle con sus graznidos; él entonces les mandó, en nombre de Jesús, que se marcharan y no volvieran. Al punto partieron aquellos pájaros, y ya no fueron vistos ni allí ni en todo el contorno. Este milagro fue conocido en toda la custodia de Fermo, a la que pertenecía aquel convento . En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO XLII

Algunos santos hermanos: Bentivoglia, Pedro de Monticello y Conrado de Offida. Y cómo el hermano Bentivoglia llevó a cuestas a un leproso quince millas en poquísimo tiempo. La provincia de la Marca de Ancona estuvo antiguamente adornada, como el cielo de estrellas, de hermanos santos y ejemplares, que, como lumbreras del cielo, han ilustrado y honrado a la Orden de San Francisco y al mundo con sus ejemplos y su doctrina.

42. Entre otros hay que enumerar, en primer lugar, al hermano Lúcido el antiguo, que fue verdaderamente luciente por la santidad y ardiente por la caridad divina; su lengua gloriosa, informada por el Espíritu Santo, obtenía frutos maravillosos en la predicación. Otro fue el hermano Bentivoglia de San Severino , a quien vio una vez el hermano Maseo de San Severino elevado en el aire por mucho tiempo mientras oraba en el bosque. Debido a este milagro, dicho hermano Maseo, que era párroco entonces, dejó el beneficio y se hizo hermano menor; y fue de tanta santidad, que hizo muchos milagros en vida y en muerte; su cuerpo está sepultado en Marro.

42. Ese hermano Bentivoglia, una vez que se hallaba en Trave Bonanti cuidando y sirviendo a un leproso, recibió orden de su superior de trasladarse a un convento distante quince millas. No queriendo él abandonar al leproso, con gran fervor de caridad se lo cargó a cuestas y lo llevó, desde la aurora hasta la salida del sol recorriendo todo aquel camino de quince millas, hasta el convento al que era destinado, que se llamaba Monte Sanvicino. Aunque hubiera sido un águila, no hubiera podido hacer volando todo aquel recorrido. Este divino milagro despertó en toda la región gran estupor y admiración.

42. Otro hermano, el hermano Pedro de Monticello fue visto por el hermano Servadeo de Urbino, guardián suyo a la sazón en el convento viejo de Ancona, levantado corporalmente, a cinco o seis brazas del suelo, hasta los pies del crucifijo de la iglesia ante el cual estaba en oración. Este hermano Pedro había ayunado una vez con gran devoción durante la cuaresma de San Miguel Arcángel y el último día de esta cuaresma, estando orando en la iglesia, un hermano joven que se había ocultado expresamente bajo el altar mayor atisbando algún hecho de santidad, le oyó conversar con San Miguel Arcángel en estos términos. San Miguel decía:

42. Hermano Pedro, tú te has fatigado fielmente por mí y has mortificado tu cuerpo de diferentes maneras. Pues bien, yo he venido para consolarte; puedes pedir la gracia que quieras, y yo te la obtendré de Dios. Santísimo príncipe de la milicia celestial, fidelísimo celador del honor de Dios, protector misericordioso de las almas - respondió el hermano Pedro - , yo te pido esta sola gracia: que me obtengas de Dios el perdón de mis pecados. Pide otra gracia - dijo San Miguel -, porque ésa te la alcanzaré muy fácilmente.

42. Y como el hermano Pedro no pedía nada más, el arcángel terminó: Por la fe y la devoción que me profesas, yo te conseguiré esa gracia que pides y muchas otras. Acabada esta conversación, que se prolongó por mucho tiempo, desapareció el arcángel San Miguel, dejándolo sumamente consolado. Contemporáneamente a este santo hermano Pedro vivía el hermano Conrado de Offida . Ambos formaban parte de la familia del convento de Forano, de la custodia de Ancona.

42. El hermano Conrado fue un día al bosque para contemplar a Dios y el hermano Pedro le fue siguiendo a escondidas para ver qué le sucedía. El hermano Conrado se puso en oración y comenzó a suplicar a la Virgen María con gran devoción y muchas lágrimas que le obtuviera de su Hijo bendito la gracia de experimentar un poco de aquella dulzura que sintió San Simeón el día de la Purificación, cuanto tuvo en sus brazos a Jesús, el Salvador bendito. Hecha esta oración, fue escuchado por la misericordiosa Virgen María. En aquel momento apareció la Reina del cielo con su Hijo bendito en los brazos en medio de una luz esplendorosa; se acercó al hermano Conrado y le puso en los brazos a su bendito Hijo; él lo recibió Con gran devoción, lo abrazó y lo besó apretándolo contra el pecho, consumiéndose y derritiéndose en amor divino y en un consuelo inexplicable. Y también el hermano Pedro, que estaba viendo todo desde su escondrijo, sintió en su alma una grandísima dulcedumbre y consolación.

42. Cuando la Virgen María dejó al hermano Conrado, el hermano Pedro se volvió rápidamente al convento para no ser visto de él; pero luego, al ver al hermano Conrado que volvía muy alegre y jubiloso, le dijo el hermano Pedro: Hombre celestial, hoy has tenido una gran consolación. ¿Qué dices, hermano Pedro? ¿Qué sabes tú lo que he tenido? - dijo el hermano Conrado. Y el hermano Pedro: Sí que lo sé, sí que lo sé. Te ha visitado la Virgen María con su Hijo bendito.

 

42. Entonces, el hermano Conrado, que, como hombre verdaderamente humilde, deseaba mantener secretas las gracias de Dios, le rogó que no dijera nada a nadie. Y desde entonces fue tan grande el amor que se tuvieron el uno al otro, que no parecía sino que en todo tuvieran un solo corazón y una sola alma. Este hermano Conrado liberó en una ocasión, en el convento de Sirolo, a una mujer poseída del demonio, orando por ella toda la noche y apareciéndose a su madre; y a la mañana siguiente huyó para no ser hallado y honrado del pueblo. En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO XLIII Cómo el hermano Conrado amonestó a un hermano joven que servía de escándalo a sus hermanos y le hizo cambiar de conducta

43. Este mismo hermano Conrado de Offida, admirable celador de la pobreza evangélica y de la Regla de San Francisco, fue de vida tan religiosa y tan llena de méritos ante Dios, que Cristo bendito le honró con muchos milagros en vida y en muerte. Entre ellos, uno fue éste: habiendo llegado una vez, de paso, al convento de Offida, los hermanos le rogaron, por amor de Dios y de la caridad, que amonestara a un hermano joven que había en aquel convento, y que perturbaba a toda la comunidad, tanto a viejos como a jóvenes, por su manera de portarse pueril, indisciplinada y libre; descuidaba habitualmente el oficio divino y las demás observancias regulares.

43. El hermano Conrado, por compasión para con aquel joven y accediendo a los ruegos de los hermanos, le llamó aparte y con fervor de calidad le dirigió palabras de amonestación tan eficaces y llenas de unción, que, bajo la acción de la gracia divina, de niño que era, se volvió súbitamente maduro por su manera de comportarse; y tan obediente, bueno, diligente, piadoso y pacífico, tan servicial, tan aplicado a toda obra de virtud, que así como antes toda la casa andaba perturbada por causa de él, después todos estaban contentos y consoIados y lo amaban profundamente.

43. Y plugo a Dios que poco después de su conversión muriera dicho hermano joven, con gran sentimiento de los hermanos. Pocos días después de su muerte se apareció su alma al hermano Conrado, que estaba en piadosa oración ante el altar de aquel convento, y le saludó devotamente como a padre suyo. El hermano Conrado le preguntó: ¿Quién eres?. Yo soy el alma de aquel hermano joven que murió hace unos días - respondió. Y ¿qué es ahora de ti, hijo carísimo? - volvió a preguntarle el hermano Conrado.

43. Padre amadísimo - respondió - , por la gracia de Dios y por vuestra enseñanza, me ha ido bien, porque no estoy condenado; pero, debido a algunos pecados que cometí y que no tuve tiempo para expiar suficientemente, estoy padeciendo penas muy grandes en el purgatorio. Te ruego, padre, que de la misma manera que me has ayudado cuando estaba vivo, así ahora tengas a bien socorrerme en mis penas rezando por mí algún padrenuestro, ya que tu oración es tan poderosa ante Dios.

43. Entonces, el hermano Conrado, accediendo de buen grado a su ruego, dijo por él una sola vez el padrenuestro Con el Requiem eternam, y aquella alma dijo: ¡Oh padre carísimo, cuánto bien y cuánto refrigerio siento ahora! Por favor, dilo otra vez. Así lo hizo el hermano Conrado. Cuando lo hubo rezado, dijo aquella alma: Padre santo, cuando tú oras por mí, me siento totalmente aliviado. Te pido, pues, que no dejes de rogar por mí a Dios.

43. Entonces el hermano Conrado, viendo que aquella alma era ayudada tan eficazmente por sus oraciones, rezó por ella cien padrenuestros; y, en cuanto los hubo terminado, dijo el alma: Te doy gracias, padre mío, de parte de Dios, por la caridad que has tenido para conmigo, porque por tu oración estoy ya libre de todas las penas, y así me voy al reino celestial. Dicho esto, desapareció. Y el hermano Conrado, para dar a los hermanos alegría y consuelo, les refirió punto por punto toda esta visión. En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO XLIV Dos hermanos que se amaban tanto, que, por caridad, se manifestaban el uno al otro las revelaciones que tenían

44. Al tiempo que moraban juntos en la custodia de Ancona, en el convento de Forano, los hermanos Conrado y Pedro (de Monticello), que eran dos estrellas brillantes en la provincia de las Marcas, dos hombres del cielo, estaban unidos entre sí con un amor y una caridad tan grande, que parecían no tener sino un solo corazón y una sola alma, y se habían ligado mutuamente con este pacto: que cualquier consolación que la misericordia de Dios otorgase a cualquiera de los dos, se la tenían que manifestar, por caridad, el uno al otro.

44. Sellado entre ambos este pacto, ocurrió un día que el hermano Pedro estaba en oración meditando muy piadosamente en la pasión de Cristo; y como la Madre santísima de Cristo y Juan, el amadísimo discípulo, y San Francisco estaban pintados al pie de la cruz, crucificados con Cristo por el dolor del alma, le vino el deseo de saber quién de los tres había experimentado mayor dolor por la pasión de Cristo; si la Madre, que lo había llevado en su seno, o el discípulo, que había reposado sobre su pecho, o San Francisco, que había sido crucificado con Cristo. Estando en este devoto pensamiento, se le apareció la Virgen María con San Juan Evangelista y San Francisco, vestidos de nobilísimas vestiduras de gloria bienaventurada; pero San Francisco aparecía vestido de una veste más hermosa que San Juan.

44. Y como el hermano Pedro quedó desconcertado por esta visión, San Juan le animó diciéndole: No temas, hermano carísimo, porque nosotros hemos venido aquí para consolarte y aclararte el objeto de tu duda. Has de saber que la Madre de Cristo y yo hemos sufrido, por causa de la pasión de Cristo, más que ninguna otra creatura; pero, después de nosotros, nadie ha experimentado mayor dolor que San Francisco; por eso le ves con tanta gloria.

44. Santísimo apóstol de Cristo - preguntó el hermano Pedro - , ¿por qué la vestidura de San Francisco es más hermosa que la tuya? La razón es ésta - respondió San Juan - : porque, cuando él estaba en el mundo, llevó un vestido más vil que el mío. Dichas estas palabras, San Juan entregó al hermano Pedro un vestido de gloria que llevaba en la mano y le dijo: Toma este vestido que he traído para dártelo a ti.

44. Y como San Juan quería vestirlo con él, el hermano Pedro, estupefacto, cayó a tierra y comenzó a gritar: ¡Hermano Conrado, hermano Conrado querido, ven en seguida, ven y verás cosas maravillosas! A estas palabras desapareció la visión. Cuando llegó el hermano Conrado, le refirió al detalle todo lo sucedido, y dieron gracias a Dios. Amén.

CAPÍTULO XLV Cómo un hermano, por nombre Juan de la Penna, fue llamado por Dios a la Orden cuando aún era niño

45. A Juan de la Penna , cuando aún era niño en la provincia de las Marcas, antes de hacerse hermano, se le apareció una noche un niño bellísimo, que le llamó diciéndole: Juan, vete a San Esteban, donde está predicando uno de mis hermanos; cree en lo que enseña y pon atención a sus palabras, porque soy yo quien lo ha enviado. Hecho esto, tendrás que hacer un largo viaje, y después vendrás a estar conmigo.

45. Al punto, se levantó y sintió un cambio grande en su alma. Fue a San Esteban, y encontró allí una gran muchedumbre de hombres y de mujeres que habían acudido a oír el sermón. El que tenía que predicar era un hermano de nombre Felipe, uno de los primeros llegados a la Marca de Ancona; todavía eran pocos los conventos fundados en las Marcas.

45. Subió al púlpito el hermano Felipe para predicar, y lo hizo con gran unción; no con palabras de sabiduría humana, sino con la fuerza del Espíritu de Cristo, anunciando el reino de la vida eterna. Terminado el sermón, el niño se acercó al hermano Felipe y le dijo: Padre, si tuvierais a bien recibirme en la Orden, yo haría de buen grado penitencia y serviría a nuestro Señor Jesucristo.

45. El hermano Felipe, viendo y reconociendo en él una admirable inocencia y la pronta voluntad de servir a Dios, le dijo: Ven a estar conmigo tal día a Recanati, y yo haré que seas recibido. En aquel convento había de celebrarse el capítulo provincial. El niño, que era muy candoroso, pensó que era aquél el largo viaje que tenía que hacer, conforme a la revelación que había recibido, y que después iría al paraíso. Creía que así había de suceder en cuanto fuese recibido en la Orden. Marchó, pues, y fue recibido.

45. Viendo que su esperanza no era realizada y oyendo decir al ministro en el capítulo que a todos los que quisieran ir a la provincia de Provenza, con el mérito de la santa obediencia, él les daría de buen grado el permiso, le vino el deseo de ir, pensando en su corazón que aquél sería el largo viaje que había de hacer antes de ir al paraíso; pero tenía vergüenza de decirlo. Finalmente, se confió al hermano Felipe, que lo había hecho recibir en la Orden, y le rogó encarecidamente que le procurase aquella gracia de ir destinado a la provincia de Provenza. El hermano Felipe, viendo su candor y su santa intención, le consiguió aquel permiso. Así, pues, el hermano Juan se dispuso con grande gozo para ir, dando por seguro que al final de aquel viaje iría al paraíso.

45. Pero plugo a Dios que permaneciera en dicha provincia veinticinco años, siempre en esa espera y en ese deseo, viviendo con gran honestidad, santidad y ejemplaridad, creciendo sin cesar en virtud y en gracia ante Dios y ante el pueblo; y era sumamente amado de los hermanos y de los seglares. Hallándose un día el hermano Juan en devota oración, llorando y lamentándose de que no se cumplía su deseo y de que se prolongaba demasiado su peregrinación en esta vida, se le apareció Cristo bendito. A su vista quedó como derretida su alma, y Cristo le dijo:

45. Hijo mío hermano Juan, pídeme lo que quieras. Señor - respondió él - , yo no sé pedir otra cosa sino a ti, porque no deseo ninguna otra cosa. Pero lo que pido es que me perdones todos mis pecados y me concedas la gracia de verte otra vez cuando me halle en mayor necesidad. Ha sido escuchada tu petición - le dijo Cristo. Dicho esto, desapareció, y el hermano Juan quedó muy consolado y confortado.

45. Por fin, habiendo oído los hermanos de las Marcas la fama de su santidad, insistieron tanto ante el general, que éste le mandó la obediencia para volver a las Marcas. Recibida esta obediencia, se puso gozosamente en camino, pensando que al término de este viaje había de ir al cielo, según la promesa de Cristo. Pero. vuelto a la provincia de las Marcas, vivió en ella otros treinta años, sin ser reconocido por ninguno de sus parientes; y cada día esperaba que la misericordia de Dios le cumpliese la promesa. En ese tiempo desempeñó varias veces el oficio de guardián con gran discreción, y Dios realizó, por medio de él, muchos milagros.

45. Entre los demás dones recibidos de Dios, tuvo el don de profecía. En cierta ocasión, estando él fuera del convento, un novicio suyo fue combatido por el demonio y tentado con tal fuerza, que cedió a la tentación y tomó la determinación de dejar la Orden no bien estuviera de vuelta el hermano Juan. Conoció el hermano Juan, por espíritu de profecía, esa decisión; volvió en seguida a casa, llamó al novicio y le dijo que quería se confesara. Pero antes de la confesión le refirió puntualmente la tentación, tal como Dios se la había revelado, y terminó diciéndole:

45. Hijo, por haberme esperado y no haber querido marcharte sin m bendición, Dios te ha concedido la gracia de que nunca saldrás de esta Orden, sino que morirás en ella con la ayuda de la divina gracia. Entonces aquel novicio fue confirmado en su buena voluntad, permaneció en la Orden y llegó a ser un santo religioso. Todas estas cosas me las refirió a mí, hermano Hugolino, el mismo hermano Juan.

45. Este hermano Juan era hombre de espíritu alegre y sereno, hablaba raramente y poseía el don de la oración y devoción; después de los maitines no volvía nunca a la celda, sino que continuaba en la iglesia haciendo oración hasta el amanecer. Estando una noche así en oración después de los maitines, se le apareció el ángel de Dios y le dijo:

45. Hermano Juan, ha llegado el término del viaje, que por tanto tiempo has esperado. Así, pues, te comunico, de parte de Dios, que puedes pedir la gracia que desees. Y te comunico, además, que tienes en tu mano elegir: o un día de purgatorio o siete días de padecimiento en este mundo.

45. Eligió el hermano Juan siete días de penas en este mundo, y en seguida cayó enfermo de diversas dolencias: le sobrevino una violenta fiebre, el mal de gota en las manos y los pies, dolores de costado y muchos otros males. Pero lo que más le atormentaba era el ver siempre a un demonio delante de él, con una hoja grande de papel en la mano, donde estaban escritos todos los pecados que había cometido o pensado, y le decía:

45. Por causa de estos pecados cometidos por ti de pensamiento, palabra y obra, estás condenado a lo profundo del infierno. Y él no se acordaba de haber hecho jamás ningún bien, ni de estar en la Orden, ni de que hubiera estado nunca en ella, sino que le dominaba la idea de estar condenado como el demonio se lo decía. Por eso, cuando alguien le preguntaba cómo estaba, respondía: Mal, porque estoy condenado.

45. Viendo esto, los hermanos hicieron llamar a un hermano muy viejo, llamado Mateo de Monte Rubbiano, que era un santo hombre y muy amigo del hermano Juan. Llegó el hermano Mateo el día séptimo de la tribulación del hermano Juan, le saludó y le preguntó cómo estaba. El le respondió que mal, porque estaba condenado. Entonces le dijo el hermano Mateo:

45. ¿No te acuerdas que te has confesado conmigo muchas veces, y yo te he absuelto íntegramente de tus pecados? ¿No tienes presente que has servido a Dios tantos años en esta Orden? Por otra parte, ¿has olvidado, acaso, que la misericordia de Dios sobrepuja todos los pecados del mundo y que Cristo bendito, nuestro Salvador, ha pagado, para rescatarnos, un precio infinito? Ten confianza, porque no hay duda de que estás salvado. A estas palabras, puesto que se había cumplido el tiempo de su purificación, desapareció la tentación y sobrevino la consolación. Y lleno de gozo, dijo el hermano Juan al hermano Mateo: Estás fatigado y es ya tarde; te ruego que vayas a reposar.

45. El hermano Mateo no quería dejarlo; pero al fin ante su insistencia, se despidió de él y se fue a descansar, quedando solo el hermano Juan con el hermano que le cuidaba. En esto vio llegar a Cristo bendito en medio de grandísimo resplandor y de suavísima fragancia, cumpliendo la promesa que le había hecho de aparecérsele otra vez cuando él se hallara en mayor necesidad; y lo curó totalmente de toda enfermedad. Entonces, el hermano Juan, juntando las manos, le dio gracias por haber dado fin tan felizmente al largo viaje de la presente vida miserable, encomendó y entregó su alma en las manos de Cristo y pasó de esta vida mortal a la vida eterna con Cristo bendito, a quien por tanto tiempo había deseado y esperado. El hermano Juan está sepultado en el convento de Penna San Giovanni. En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO XLVI Cómo el hermano Pacífico, estando en oración, vio subir al cielo el alma de su hermano Humilde

46. En la misma provincia de las Marcas hubo, después de la muerte de San Francisco, dos hermanos carnales en la Orden, el uno se llamaba hermano Humilde, y el otro, hermano Pacífico , ambos de gran santidad y perfección. El uno moraba en el eremitorio de Soffiano, y murió allí; el otro, en un convento muy distante. Plugo a Dios que el hermano Pacífico, estando un día en oración en un lugar solitario, fuera arrebatado en éxtasis y viera subir derechamente al cielo en un instante el alma de su hermano Humilde, sin ningún retraso ni impedimento, y ello en el mismo momento de separarse del cuerpo.

46. Muchos años después sucedió que dicho hermano Pacífico fue enviado al mismo eremitorio de Soffiano, donde había muerto su hermano. Por aquel tiempo los hermanos, a petición de los señores de Brunforte, abandonaron el lugar para ir a otro convento, llevando consigo, entre otras cosas, los restos de los santos hermanos que habían muerto allí. Al llegar a la sepultura del hermano Humilde, su hermano Pacífico tomó los huesos, los lavó con buen vino, después los envolvió en un lienzo blanco y los besó, entre lágrimas, con gran reverencia y devoción.

46. Los demás hermanos se admiraron mucho de esto, y no les pareció ejemplar aquel modo de obrar de un hombre de tanta santidad como él, pues parecía que lloraba a su hermano más bien por amor sensible y mundano y que mostraba mayor devoción a las reliquias de su hermano que a las de los otros hermanos de hábito, que no habían sido de menor santidad que el hermano Humilde, y sus restos no eran menos dignos de respeto que los de éste. Conociendo el hermano Pacífico el mal pensamiento de los hermanos, les dio satisfacción con humildad, diciéndoles:

46. Hermanos carísimos, no debéis extrañaros de que haya hecho con los huesos de mi hermano lo que no he hecho con los otros. No me he dejado llevar, gracias a Dios, como vosotros pensáis, de amor carnal, sino que he obrado así porque, cuando mi hermano pasó de esta vida, hallándome en oración en lugar desierto y lejano de él, vi cómo su alma subía derechamente al cielo; por esto tengo la certeza de que sus huesos son santos y d~ que un día estarán en el paraíso. Si Dios me hubiera concedido la misma certeza sobre los otros hermanos, hubiera mostrado la misma reverencia a sus huesos. A la vista de su devota y santa intención, los hermanos quedaron muy edificados de él y alabaron a Dios, que lleva a cabo cosas tan maravillosas en sus santos. En alabanza de Cristo. Amén.

CAPÍTULO XLVII Un santo hermano a quien, cuando estaba para morir, se apareció la Virgen María con tres redomas de electuario y lo sanó

47. En el mismo eremitorio de Soffiano hubo antiguamente un hermano menor de tan gran santidad y gracia, que parecía totalmente endiosado y frecuentemente estaba arrobado en Dios . Y sucedía que, mientras se hallaba todo elevado en Dios, porque poseía en grado notable la gracia de la contemplación, venían a él los pájaros de toda especie y se posaban confiadamente en sus hombros, cabeza, brazos y manos, poniéndose a cantar maravillosamente. El era muy amante de la soledad y raras veces hablaba; pero, cuando le preguntaban alguna cosa, respondía con tal gracia y sabiduría, que más parecía ángel que hombre; y vivía muy entregado a la oración y a la contemplación. Los hermanos le profesaban gran reverencia.

47. Terminado el curso de su vida virtuosa, este hermano cayó enfermo de muerte por divina disposición, hasta el punto de no poder tomar nada; por otro lado, él rehusaba recibir ninguna medicina terrestre, sino que ponía toda su confianza en el Médico celestial Jesucristo bendito, y en su bendita Madre, de la cual mereció, por la divina clemencia, ser milagrosamente visitado y consolado. Porque, hallándose en cama, preparándose para la muerte con todo el corazón y con la mayor devoción, se le apare. ció la gloriosa Virgen María, rodeada de gran muchedumbre de Ángeles y de santas vírgenes, en medio de maravilloso resplandor, y se acercó a su cama. Al verla, él experimentó gran consuelo y alegría de alma y de cuerpo, y comenzó a suplicarle humildemente que rogara a su amado Hijo que, por sus méritos, lo sacara de la prisión de esta carne miserable.

47. Y como prosiguiera en esta súplica con muchas lágrimas, le respondió la Virgen María llamándolo con su nombre: No temas, hijo, que tu oración ha sido escuchada, y yo he venido para confortarte antes de tu partida de esta vida. Había Junto a la Virgen María tres santas vírgenes, que traían en la mano tres, redomas de electuario , de un perfume y de una suavidad inexplicables. La Virgen gloriosa tomó una de las redomas y la abrió, y toda la casa se llenó de fragancia; con una cuchara tomó del electuario y se lo dio al enfermo; éste, no bien lo hubo gustado, sintió tal confortación y tal dulzura, que no parecía que su alma estuviera en el cuerpo. Por ello comenzó a decir:

47. ¡Basta, basta, Madre dulcísima y Virgen bendita, salvadora del género humano; basta, curadora bendita, que no puedo soportar tanta dulcedumbre! Pero la piadosa y benigna Madre siguió ofreciéndole y haciéndole tomar el electuario. Vaciada la primera redoma, la bienaventurada Virgen tomó la segunda y metió la cuchara para darle; él, gimiendo dulcemente, le decía: ¡Oh beatísima Madre de Dios!, si mi alma está ya casi del todo derretida por la fragancia y la suavidad del primer electuario, ¿cómo voy a poder soportar el segundo? Por favor, ¡oh bendita entre todos los santos y ángeles!, no me des más.

47. Prueba, hijo mío, un poco todavía de esta segunda redoma - insistió nuestra Señora. Y, dándole un poco más, le dijo: Ahora ya te basta con lo que has tomado, hijo. ¡Animo, hijo mío!, que pronto vendré por ti y te llevaré al reino de mi Hijo, que siempre has buscado y deseado. Dicho esto, se despidió de él y se fue. Y él quedó tan confortado y consolado por la dulzura de aquel medicamento, que se mantuvo en vida saciado y fuerte por algunos días, sin ningún alimento corporal. Al cabo de uno días, mientras se hallaba hablando alegremente con los hermanos, con gran alegría y júbilo, pasó de esta vida miserable a la vida bienaventurada. Amén.

CAPÍTULO XLVIII Cómo el hermano Jacobo de Massa vio, bajo la forma de un árbol, a todos los hermanos menores del mundo

48. El hermano Jacobo de Massa, a quien Dios abrió la puerta de sus secretos y dio a perfección la ciencia y la inteligencia de la divina Escritura y de las cosas que están por venir, fue de tanta santidad, que los hermanos Gil fue Asís, Marcos de Montino, Junípero y Lúcido dijeron de él que no conocían en el mundo a nadie más grande ante Dios.

48. Yo tuve gran deseo de ver a este hermano Jacobo, porque, habiendo rogado al hermano Juan, compañero del hermano Gil, que me explicase ciertas cosas del espíritu, él me dijo: Si quieres ser informado en la vida espiritual, procura hablar con el hermano Jacobo de Massa, porque el hermano Gil deseaba recibir luz de él, y no se puede ni añadir ni quitar nada a sus palabras, ya que su mente ha penetrado los secretos celestiales y sus palabras son palabras del Espíritu Santo; no hay hombre sobre la tierra que yo desee tanto ver.

48. Este hermano Jacobo, en los comienzos del gobierno del ministro general Juan de Parma, estando una vez en oración, fue arrebatado en Dios, y permaneció tres días en arrobamiento, abstraído totalmente de los sentidos corporales; tan insensible, que los hermanos dudaban si estaría muerto. En aquel rapto le fue revelado por Dios lo que había de suceder respecto a nuestra Orden; por eso, cuando yo tuve noticia, aumentó mi deseo de verle y de hablar con él. Y cuando quiso Dios que se me ofreciera oportunidad de hablarle, yo le rogué en estos términos:

48. Si lo que yo he oído de ti es verdad, te ruego que no me lo ocultes. He oído que, cuando estuviste tres días casi muerto, Dios te reveló, entre otras cosas, lo que había de suceder en esta nuestra Orden. Esto lo ha dicho el hermano Mateo, ministro de las Marcas, a quien tú lo descubriste por obediencia. Entonces, el hermano Jacobo, con mucha humildad, confirmó que cuanto decía el hermano Mateo era verdad. Y lo que dijo el hermano Mateo, ministro de las Marcas, es lo siguiente:

48. Sé de un hermano a quien Dios ha revelado todo lo que ha de suceder en nuestra Orden; porque el hermano Jacobo de Massa me ha manifestado y dicho que, después de haberle revelado Dios muchas cosas sobre el estado de la Iglesia militante, tuvo la visión de un árbol hermoso y grande y muy fuerte, cuyas raíces eran de oro, y sus frutos eran hombres, todos hermanos menores. Sus ramas principales estaban distribuidas según el número de las provincias de la Orden; en cada rama había tantos hermanos cuantos había en la provincia por ella representada.

48. Entonces supo el número de todos los hermanos de la Orden y de cada provincia, con sus nombres, edad, condiciones y oficios, grados y dignidades, así como las gracias y las culpas de todos. Y vio al hermano Juan de Parma en la copa del tronco del árbol, y en las copas de las ramas que rodeaban el tronco estaban los ministros de todas las provincias. Después vio cómo Cristo se sentaba en un trono grandioso y de una blancura deslumbrante y cómo llamaba a San Francisco y le daba un cáliz lleno de espíritu de vida y lo enviaba, diciéndole:

48. Vete a visitar a tus hermanos y dales de beber de este cáliz del espíritu de vida, porque el espíritu de Satanás se va a levantar contra ellos y los va a sacudir y muchos de ellos caerán y no volverán a levantarse. Y Cristo dio a San Francisco dos ángeles para acompañarle. Vino, pues, San Francisco y comenzó a dar de beber del cáliz de la vida a sus hermanos. Lo ofreció primero al hermano Juan, quien lo tomó en sus manos y lo bebió todo de un sorbo muy devotamente; al punto, se volvió todo luminoso como el sol. Después siguió San Francisco dándolo a beber a todos los demás.

48. Y eran pocos los que lo recibían y lo bebían con el debido respeto y la debida devoción. Los que lo recibían con devoción y lo bebían todo, al punto se volvían resplandecientes como el sol; los que lo derramaban todo y no lo recibían con devoción, se volvían negros y oscuros, deformes y horribles a la vista; los que en parte lo bebían y en parte lo derramaban, se volvían en parte luminosos y en parte tenebrosos, más o menos según la cantidad que habían bebido o derramado. Pero quien más resplandeciente aparecía era el hermano Juan, que había apurado más que ninguno el cáliz de la vida, que le había hecho contemplar más profundamente el abismo de la infinita luz divina, en la cual había conocido las adversidades y la tempestad que había de levantarse contra aquel árbol, hasta sacurdirlo y derribarlo con todas sus ramas.

48. Por esto, el hermano Juan dejó la copa del tronco en que se hallaba y, descendiendo a debajo de todas las ramas, fue a esconderse al pie del tronco del árbol, y allí se estaba a la espera de lo que iba a suceder. Y el hermano Buenaventura, que había bebido una parte del cáliz y había derramado la otra parte, subió al mismo lugar de la rama de donde se había bajado el hermano Juan. Estando allí, las uñas de las manos se le volvieron uñas de hierro agudas y tajantes como navajas de afeitar; luego dejó el lugar a donde había subido y trataba de lanzarse lleno de ímpetu y furor contra el hermano Juan con intención de hacerle daño. Al verse en peligro el hermano Juan gritó con fuerza y se encomendó a Cristo, que estaba sentado en el trono. Cristo, al oír el grito, llamó a San Francisco, le dio un pedernal cortante y le dijo:

48. Ve y con esta piedra córtale al hermano Buenaventura las uñas con las que quiere arañar al hermano Juan, para que no pueda hacerle daño. San Francisco fue e hizo como Cristo le había ordenado Después de esto sobrevino una tempestad de viento, que sacudió el árbol con tanta violencia, que los hermanos caían a tierra, siendo los primeros en caer aquellos que habían derramado todo el cáliz del espíritu de vida, y eran llevados por los demonios a lugares de tinieblas y tormentos. Pero el hermano Juan, junto con los que habían bebido todo el cáliz, fueron transportados por los ángeles a un lugar de vida, de luz eterna y de esplendorosa bienaventuranza.

48. El dicho hermano Jacobo, que presenciaba la visión, entendía y discernía particular y distintamente todo cuanto estaba viendo, con los nombres, condiciones y estado de cada uno con toda claridad. Aquella tempestad duró tanto, que derribó el árbol y se lo llevó el viento. Pasada la tempestad, de la raíz de este árbol, que era de oro, brotó otro árbol, todo de oro, el cual produjo hojas, flores y frutos de oro. De este árbol y de su expansión, de su profundidad, belleza, fragancia y virtud, es mejor ahora callar que hablar. En alabanza de Cristo. Amén.

CONTINUAR CON LAS FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO

 

 
 
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