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Florecillas de San Francisco - Parte IIc |
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| Las Florecillas de San Francisco, escrito por un autor desconocido en dialecto toscano en la segunda mitad del siglo XVI, es una antología de los hechos y milagros de San Francisco de Asís y sus Compañeros. | |||||||||||||||||||
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CAPÍTULO XLIX Cómo Cristo se apareció al
hermano Juan de Alverna I 49. Entre los muchos santos y
sabios hijos de San Francisco que, como dice Salomón,
son la gloria del padre , floreció en nuestros tiempos
en la provincia de las Marcas el venerable y santo
hermano Juan de Fermo, el cual, debido al mucho tiempo
que moró en el lugar santo de Alverna, donde pasó de
esta vida, era llamado también hermano Juan de Alverna;
fue hombre de vida extraordinaria y de gran santidad. 49. Este hermano Juan, siendo aún
niño seglar, anhelaba con todo el corazón la vida de
penitencia, que ayuda a mantener la pureza de alma y de
cuerpo. Desde muy pequeño comenzó a llevar un cilicio
muy áspero y una argolla de hierro a raíz de la carne y
a practicar una gran abstinencia. En particular, cuando
estaba con los canónigos regulares de San Pedro de
Fermo, que vivían espléndidamente, huía de las
delicias corporales y maceraba su cuerpo con una
abstinencia rigurosa. Pero tenía compañeros que le
zaherían de continuo, le quitaban el cilicio y le
impedían de muchas maneras su abstinencia; por lo cual,
inspirado por Dios, pensó en dejar el mundo con sus
amadores y ofrecerse por entero en los brazos del
Crucificado vistiendo el hábito del crucificado San
Francisco. Y así lo hizo. 49. Recibido todavía niño en la
Orden y confiado al cuidado del maestro de novicios,
llegó a ser tan espiritual y devoto, que algunas veces
oyendo al maestro hablar de Dios, su corazón se
derretía como la cera junto al fuego; y se enardecía en
el amor divino con tal suavidad de gracia, que, no
pudiendo estar quieto ni soportar tanta dulcedumbre, se
levantaba y, como ebrio de espíritu, corría por el
huerto, por el bosque o por la iglesia, según le
empujase el ardor y el ímpetu del espíritu. 49. Después, andando el tiempo, la
gracia divina hizo crecer a este hombre angélico de
virtud en virtud, en dones celestiales y en divinas
revelaciones y visiones; en tal grado, que en ocasiones
su alma era elevada unas veces a los esplendores de los
querubines; otras, a los ardores de los serafines; otras,
a los goces bienaventurados; otras, a los abrazos
amorosos y extremos de Cristo; y esto no sólo por
fruición espiritual interior, sino también por
manifestaciones exteriores y goces corporales. Una vez
sobre todo, la llama del amor divino encendió su
corazón de manera extrema, y duró esta llama en él por
tres años; en este tiempo recibió admirables
consolaciones y visitas divinas, y con frecuencia quedaba
arrobado en Dios; en una palabra, parecía todo inflamado
y abrasado en el amor de Cristo. Esto sucedió en el
monte santo de Alverna. 49. Pero, como Dios tiene cuidado
especial de sus hijos, dándoles, según la diversidad de
los tiempos, unas veces consolación, otras tribulación;
ora prosperidad, ora adversidad, tal como El ve les
conviene para mantenerlos en humildad, o también para
avivar en ellos el deseo de las cosas celestiales, plugo
a la divina bondad a los tres años, retirar al hermano
Juan ese rayo y esa llama dei divino amor, y le privó de
toda consolación espiritual; con lo cual el hermano Juan
quedó sin luz y sin amor de Dios, todo desconsolado,
afligido y apenado. 49. Por esta razón iba lleno de
angustia por el bosque, yendo de acá para allá,
llamando con la voz, con lamentos y suspiros al amado
Esposo de su alma, que se le había ocultado alejándose
de él, y sin cuya presencia no podía hallar su alma
quietud ni reposo. Pero en ningún lugar y de ninguna
manera podía hallar al dulce Jesús, ni volver a
engolfarse en aquellos suavísimos solaces espirituales
del amor de Cristo a los que estaba habituado. Esta
tribulación le duró muchos días, durante los cuales
él continuó llorando y suspirando y suplicando a Dios
que le devolviese, por su misericordia, al amado Esposo
de su alma. 49. Por fin, cuando plugo a Dios
dar por suficientemente probada su paciencia y encendido
su deseo, un día en que el hermano Juan iba por el
bosque de esa forma afligido y atribulado, cansado, se
sentó apoyado a un haya , y permaneció con el rostro
bañado en lágrimas mirando hacia el cielo, cuando he
aquí que de pronto se le apareció Jesucristo allí
cerca, en la misma senda por donde había venido el
hermano Juan; pero no decía nada. Al verlo el hermano
Juan y reconociendo bien que era Cristo, se lanzó en
seguida a sus pies y comenzó a suplicarle deshecho en
llanto y con gran humildad: 49. ¡Ven en mi ayuda, Señor mío,
porque sin ti, salvador mío dulcísimo, yo me hallo en
tinieblas y en llanto; sin ti, cordero mansísimo, me
hallo en angustias y temores; sin ti, Hijo de Dios
altísimo, me hallo en confusión y vergüenza; sin ti,
yo me siento privado de todo bien y ciego, porque tú
eres, Jesús, verdadera luz del alma; sin ti, yo me veo
perdido y condenado, porque tú eres vida de las almas y
vida de las vidas; sin ti, soy estéril y árido, porque
tú eres la fuente de todo bien y de toda gracia; sin ti,
yo me siento desolado, porque tú eres, Jesús, nuestra
redención, nuestro amor y nuestro deseo, pan que da
fuerzas y vino que alegra los corazones de los ángeles y
los corazones de todos los santos! Lléname de tu luz,
Maestro graciosísimo y Pastor misericordioso, porque yo
soy tu ovejita, aunque indigna. 49. Mas como el deseo de los
hombres santos, cuando Dios tarda en darles oído, se
enciende en mayor amor y mérito, Cristo bendito se fue
por aquella senda sin escucharle y sin decirle una
palabra. El hermano Juan entonces se levantó, corrió
detrás y se le echó de nuevo a sus pies, deteniéndole
con santa importunidad y suplicándole entre lágrimas
devotísimas: ¡Oh Jesús dulcísimo!, ten misericordia
de este pobre atribulado; escúchame por la abundancia de
tu misericordia y por la verdad de tu salvación y
devuélveme el gozo de tu rostro y de tu mirada de
piedad, ya que de tu misericordia está llena la tierra
entera. 49. Y Cristo se marchó todavía
sin decirle palabra y sin darle consuelo alguno; se
portaba con él como la madre con el niño cuando le hace
desear el pecho y le hace ir detrás llorando para que
luego lo tome con mayor gana. Entonces, el hermano Juan,
con mayor ardor y deseo, fue en seguimiento de Cristo;
cuando le alcanzó, Cristo bendito se volvió a él y lo
envolvió en una mirada llena de gozo y de gracia, y,
abriendo sus brazos santísimos y misericordiosísimos,
lo abrazó con gran ternura. En el momento que abrió los
brazos, el hermano Juan vio salir del santísimo pecho
del Señor rayos maravillosos, que inundaron de luz todo
el bosque y a él mismo en el alma y en el cuerpo. 49. El hermano Juan se arrodilló a
los pies de Cristo; y Jesús bendito le tendió
benignamente el pie para que lo besase, como la
Magdalena; el hermano Juan, tomándoselo con suma
reverencia, lo bañó con tantas lágrimas, que parecía
verdaderamente otra Magdalena, y le decía devotamente:
Te ruego, Señor mío, que no tengas en cuenta mis
pecados, sino que, por tu santísima pasión y por la
efusión de tu preciosa sangre, resucites mi alma a la
gracia de tu amor, porque es tu mandamiento que te amemos
con todo el corazón y con todo el afecto; un mandamiento
que nadie puede cumplir sin tu ayuda. Ayúdame, pues,
amadísimo Hijo de Dios, y haz que yo pueda amarte con
todo mi corazón y con todas mis fuerzas. 49. Y como el hermano Juan
permaneciera así, repitiendo estas palabras, a los pies
de Jesús, fue escuchado por El y recibió de El la
primera gracia, o sea, la gracia de la llama del divino
amor, y se sintió totalmente renovado y consolado; al
experimentar que había vuelto a él el don de la divina
gracia, comenzó a dar gracias a Cristo bendito y a
besarle devotamente los pies. Levantóse luego para mirar
al Salvador cara a cara, y Cristo le dio a besar sus
santísimas manos; cuando se las hubo besado, el hermano 49. Juan se acercó y se estrechó
contra el pecho de Jesús, y abrazó y besó el
sacratísmo pecho, y también Cristo le abrazó y le
besó a él. Mientras duraban estos abrazos y besos, el
hermano Juan percibió tal fragancia divina que todas las
esencias aromáticas del mundo reunidas juntas hubieran
parecido malolientes en comparación de aquel perfume; y
el hermano Juan quedó con él totalmente arrobado,
consolado e iluminado, y ese perfume permaneció en su
alma durante muchos meses. 49. A partir de entonces, de su
boca, abrevada en el manantial de la divina sabiduría
junto al sagrado pecho del Salvador, salían palabras
maravillosas y celestiales, que transformaban los
corazones de quienes las oían y hacían mucho fruto en
las almas. Y en la senda del bosque, en que se posaron
los benditos pies de Cristo, lo mismo que en un amplio
radio alrededor, sentía el hermano Juan aquella
fragancia y veía aquel resplandor cada vez que iba allí
mucho tiempo después. 49. Vuelto en sí el hermano Juan
después de la visión y desaparecida la presencia
corporal de Cristo, quedó tan lleno de luz en el alma,
tan abismado en su divinidad, que, aun no siendo hombre
de letras por el estudio humano, con todo, sabía
resolver y declarar las cuestiones más sutiles y
elevadas sobre la Trinidad divina y los profundos
misterios de la Sagrada Escritura. Y muchas veces
después, hablando ante el papa y los cardenales, ante
reyes y barones, ante maestros y doctores, dejaba a todos
estupefactos con sus altas palabras y con las profundas
sentencias que salían de su boca. En alabanza de Cristo.
Amén. CAPÍTULO L Cómo, diciendo misa el hermano
Juan de Alverna el día de Difuntos, vio que muchas almas
eran liberadas del purgatorio 50. Celebraba una vez la misa el
hermano Juan el día siguiente a la fiesta de Todos los
Santos por todas las almas de los difuntos, como lo tiene
dispuesto la Iglesia, y ofreció con tanto afecto de
caridad y con tal piedad de compasión este altísimo
sacramento, el mayor bien que se puede hacer a las almas
de los difuntos por razón de su eficacia, que le
parecía derretirse del todo con la dulzura de la piedad
y de la caridad fraterna. 50. Al alzar devotamente el cuerpo
de Cristo y ofrecerlo a Dios Padre, rogándole que, por
amor de su bendito Hijo Jesucristo, puesto en cruz por el
rescate de las almas, tuviese a bien liberar de las penas
del purgatorio a las almas de los difuntos creadas y
rescatadas por El, en aquel momento vio salir del
purgatorio un número casi infinito de almas, como
chispas innumerables que salieran de un horno encendido,
y las vio subir al cielo por los méritos de la pasión
de Cristo, el cual es ofrecido cada día por los vivos y
por los difuntos en esa sacratísima hostia, digna de ser
adorada por los siglos de los siglos. Amén. CAPÍTULO LI El santo hermano Jacobo de
Falerone y cómo se apareció al hermano Juan de Alverna
después de muerto 51. Con ocasión de hallarse el
hermano Jacobo de Falerone , hombre de gran santidad,
gravemente enfermo en el convento de Mogliano, de la
custodia de Fermo, el hermano Juan de Alverna, que a la
sazón moraba en el convento de Massa, al enterarse de su
enfermedad, se puso a orar por él, ya que lo amaba como
a su padre querido, pidiendo a Dios devotamente, en su
oración mental, que le devolviera al hermano Jacobo la
salud del cuerpo, si así convenía a su alma. 51. Mientras estaba orando así fue
arrebatado en éxtasis y vio en el aire, sobre su celda,
que estaba en el bosque, un gran ejército de muchos
ángeles y santos, en medio de un resplandor tan grande,
que todo el contorno estaba iluminado. Y entre aquellos
ángeles vio al dicho hermano Jacobo enfermo, por quien
él oraba, con vestiduras blancas y muy resplandeciente.
Vio también entre ellos al padre San Francisco adornado
con las sagradas llagas de Cristo y lleno de gloria. Vio,
asimismo, y reconoció al santo hermano Lúcido y al
hermano Mateo el antiguo, de Monte Rubbiano, y a muchos
otros hermanos que nunca había visto ni conocido en
vida. 51. Estando mirando el hermano Juan
con grande gozo aquel bienaventurado escuadrón de
santos, le fue revelada con certeza la salvación del
alma de aquel hermano enfermo y que moriría de aquella
enfermedad, pero que no iría al paraíso en seguida
después de la muerte, porque tenía necesidad de ser
purificado un poco en el purgatorio. Con aquella
revelación recibió el hermano Juan tal alegría por la
salvación de aquella alma, que no sentía pena alguna
por la muerte del cuerpo, sino que llamaba al enfermo con
gran dulzura, diciendo dentro de sí: 51. ¡Hermano Jacobo, mi dulce
padre! ¡ Hermano Jacobo, dulce hermano mío! ¡hermano
Jacobo, fiel servidor y amigo de Dios! ¡Hermano Jacobo,
compañero de los ángeles y asociado a los
bienaventurados ! Volvió en sí con esta certeza y este
gozo, y en seguida salió del convento y fue a Mogliano a
visitar al hermano Jacobo. Lo halló tan grave, que
apenas podía hablar; entonces le anunció la muerte de
su cuerpo y la salud y gloria de su alma, conforme a la
certeza que había tenido por revelación divina. El
hermano Jacobo, muy regocijado en el espíritu y en el
semblante, lo recibió con muestras de gran alegría y
júbilo, dándole gracias por las gratas nuevas que le
llevaba y encomendándose devotamente a él. 51. Entonces, el hermano Juan le
rogó encarecidamente que después de la muerte volviese
a él y le hablase de su estado; el hermano Jacobo le
prometió hacerlo, si era del agrado de Dios. Dicho esto,
acercándose la hora de su muerte, el hermano Jacobo
comenzó a decir devotamente aquel versículo del salmo: Dormiré
y reposaré en paz en la vida eterna. y dicho este
versículo, con el semblante gozoso y alegre, pasó de
esta vida. 51. Después que recibió
sepultura, el hermano Juan regresó al convento de Massa
y estuvo a la espera de la promesa del hermano Jacobo de
volver a él el día que había dicho. Estando en
oración en dicho día, se le apareció Cristo con un
gran séquito de ángeles y santos, entre los cuales no
se veía al hermano Jacobo; el hermano Juan se
sorprendió mucho y lo encomendó piadosamente a Cristo.
Al día siguiente, estando el hermano Juan orando en el
bosque, se le apareció el hermano Jacobo acompañado de
ángeles, todo glorioso y alegre; y el hermano Juan le
dijo: 51. ¡Oh padre santo!, ¿por qué
no has venido a mí el día que me prometiste? Porque
tenía necesidad de alguna purificación - respondió el
hermano Jacobo -. Pero en aquel mismo momento en que se
te apareció Cristo y tú me encomendaste a él, Cristo
te escuchó y me libró de todas las penas. Entonces me
aparecí al hermano Jacobo de Massa , santo
hermano laico, que servía la misa, y en el momento de la
elevación vio la hostia consagrada transformada en la
figura de un hermoso niño vivo, y yo le dije: "Hoy,
con este niñito, me voy al reino de la vida eterna, al
que nadie puede ir sin él". 51. Dicho esto, el hermano Jacobo
desapareció, yéndose al cielo con toda aquella
bienaventurada compañía de ángeles; y el hermano Juan
quedó muy consolado. Murió dicho hermano Jacobo de
Falerone la víspera de Santiago Apóstol, en el mes de
julio, en el convento de Mogliano, donde, por sus
méritos, la bondad divina obró muchos milagros después
de su muerte. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO LII La visión del hermano Juan de
Alverna, en que él conoció todo el orden de la santa
Trinidad 52. Como el hermano Juan de Alverna
había hecho perfecta renuncia de todo deleite y consuelo
mundano y temporal y había puesto en Dios todo su
deleite y toda su esperanza, la divina bondad le
favorecía con admirables consolaciones y revelaciones,
especialmente en las solemnidades de Cristo. Una vez, al
aproximarse la solemnidad del nacimiento del Señor, con
ocasión de la cual él esperaba con certeza
consolaciones de Dios por medio de la dulce humanidad de
Cristo, le comunicó el Espíritu Santo en el alma un
ardor tan grande y extremo de la caridad de Cristo, que
le llevo a humillarse hasta tomar nuestra humanidad, que
le parecía verdaderamente que le hubieran arrancado el
alma del cuerpo y que la tenía encendida como un horno. 52. Y, no pudiendo soportar aquel
ardor, se angustiaba y se deshacía todo, y gritaba en
alta voz, sin poder contenerse a causa del ímpetu del
Espíritu Santo y del excesivo fervor del amor. Cuando le
sobrevenía aquel desmedido ardor, le venía, juntamente,
una esperanza tan fuerte y cierta de su salvación, que
no creía tener que pasar por el purgatorio si entonces
muriese. Este amor le duró fácilmente medio año, si
bien aquel extremo fervor no era continuo, sino limitado
a ciertas horas cada día. 52. En ese tiempo y después
recibió numerosas visitas y consolaciones de Dios; y con
frecuencia era arrebatado en éxtasis, como le vio el
hermano que primero escribió estas cosas. Entre otras,
una noche fue elevado y arrebatado en Dios hasta el punto
de ver en el mismo Creador todas las cosas creadas, las
del cielo y las de la tierra, con todas sus perfecciones,
grados y órdenes distintos. 52. Entonces conoció claramente
cómo cada cosa creada representa a su Creador y cómo
está Dios encima, dentro, fuera y al lado de todas las
cosas creadas. Además, conoció cómo es un solo Dios en
tres personas, y tres personas en un solo Dios, y la
infinita caridad que llevó al Hijo de Dios a tomar
nuestra carne para obedecer al Padre. Finalmente,
conoció en aquella visión cómo no hay otro camino por
el que se pueda ir a Dios y conseguir la vida eterna sino
Cristo bendito, que es camino, verdad y vida del
alma . Amén. CAPÍTULO LIII Cómo, celebrando la misa, el
hermano Juan de Alverna cayó como si estuviera muerto 53. Sucedió una vez al hermano
Juan, en el dicho convento de Mogliano, como refieren los
hermanos que estaban presentes, este caso admirable. La
primera noche después de la octava de San Lorenzo y
dentro de la octava de la Asunción de nuestra Señora,
había dicho los maitines en la iglesia con los demás
hermanos; al notar que le sobrevenía la unción de la
divina gracia, se fue al huerto a contemplar la pasión
de Cristo y a prepararse con toda devoción para celebrar
la misa, que aquella mañana le tocaba cantar. 53. Y, estando contemplando las
palabras de la consagración del cuerpo de Cristo, a
saber: Hoc est corpus meum, al considerar la
infinita caridad de Cristo, que le llevó no sólo a
rescatarnos con su sangre preciosa, sino también a
dejarnos, para alimento de nuestras almas, su cuerpo y
sangre sacratísimos, comenzó a crecer en él el amor
del dulce Jesús con tal fervor y suavidad, que su alma
no podía soportar ya tanta dulcedumbre, y gritaba
fuertemente como ebrio de espíritu, sin cesar de
repetir: Hoc est corpus meum; porque, al decir
estas palabras, le parecía ver a Cristo bendito con la
Virgen María y multitud de ángeles. En esas palabras,
el Espíritu Santo le daba luz sobre todos los altos y
profundos misterios de este altísimo sacramento. 53. Llegada la aurora, entró en la
iglesia con aquel fervor de espíritu y con aquella
ansiedad, repitiendo esas palabras, pensando que nadie le
veía ni oía; pero había en el coro un hermano que
veía y oía todo. No pudiendo contenerse por la fuerza
del fervor y por la abundancia de la divina gracia,
gritaba en alta voz, y continuó así hasta que llegó la
hora de celebrar la misa; entonces fue a revestirse y
salió al altar. 53. Comenzada la misa, cuanto más
adelante iba en ella, tanto más le aumentaba el amor de
Cristo y aquel ardor de la devoción, con el cual le era
dado un sentimiento inefable de Dios, que él mismo no
acertaba a expresar con la lengua. Llegó un momento en
que se halló en grande perplejidad, temiendo que aquel
ardor y sentimiento de Dios creciese tanto, que le
conviniese dejar la misa, y no sabía qué partido tomar,
si seguir adelante en la misa o esperar. Pero, como ya le
había ocurrido algo semejante otras veces y el Señor
había templado aquel ardor de manera que no había
tenido necesidad de dejar la misa, confió poder hacerlo
también esta vez, y así, con gran temor, optó por
seguir adelante en la celebración. 53. Al llegar al prefacio de la
Virgen, comenzaron a crecer tanto la luz divina y la
suavidad y gracia del amor de Dios, que, en el momento de
decir Qui pridie, apenas podía soportar tanta
suavidad y dulcedumbre. Finalmente, llegado el acto de la
consagración, al decir sobre la hostia las palabras de
la consagración, cuando llegó a la mitad, o sea: Hoc
est, no pudo proseguir en manera alguna, sino que se
quedó repitiendo solamente esas palabras: Hoc est; y la
razón por la cual no podía seguir adelante era que
sentía y veía la presencia de Cristo con una
muchedumbre de ángeles, sin poder soportar la majestad
de su gloria. Veía que Cristo no entraba en la hostia, o
que la hostia no se transustanciaba en el cuerpo de
Cristo, si él no profería la segunda mitad de las
palabras, es decir: corpus meum. 53. En vista de que
continuaba en esta ansiedad y que no seguía adelante, el
guardián y los demás hermanos, como también muchos de
los seglares que estaban oyendo la misa en la iglesia, se
acercaron al altar, y quedaron espantados viendo lo que
le sucedía al hermano Juan; muchos de ellos lloraban de
devoción. 53. Por fin, después de un buen
espacio de tiempo, cuando Dios quiso, el hermano Juan
pronunció: corpus meum en voz alta; y en aquel
momento desapareció la apariencia de pan y en la hostia
apareció Jesucristo bendito encarnado y glorificado,
dándole a conocer así la humildad y la caridad que le
hicieron encarnarse en la Virgen María y que le hacen
venir cada día a las manos del sacerdote cuando él
consagra la hostia . Esto le produjo una dulzura de
contemplación más fuerte todavía. Por lo cual, cuando
elevó la hostia y el cáliz consagrado, quedó arrobado
fuera de sí, y, estando el alma privada de los sentidos
corporales, su cuerpo cayó hacia atrás, y, de no haber
sido sostenido por el guardián, que estaba detrás de
él, se hubiera desplomado en tierra de espaldas. 53. Entonces acudieron los hermanos
y los seglares que estaban en la iglesia, hombres y
mujeres, y lo llevaron como muerto; y los dedos de las
manos estaban contraídos tan fuertemente, que a duras
penas podían ser extendidos o movidos. Y de esa manera
permaneció yacente, o desvanecido o arrobado hasta
tercia. Esto sucedió en el verano. 53. Como yo me hallaba presente a
este hecho, tenía vivo deseo de saber lo que Dios había
obrado en él; por eso, cuando volvió en sí, fui a
encontrarlo y le rogué que, por amor de Dios, me contara
todo. Entonces, como tenía mucha confianza en mí, me
contó todo punto por punto; y, entre otras cosas, me
dijo que, cuando él consagraba el cuerpo y la sangre de
Jesucristo, y aun antes, su corazón estaba derretido
como una cera muy calentada, y que le parecía que su
carne no tenía huesos, de suerte que le era imposible
levantar los brazos y las manos para hacer la señal de
la cruz sobre la hostia y sobre el cáliz. 53. Me dijo además que, ya antes de ser ordenado sacerdote, Dios le había revelado que había de desvanecerse en la misa; pero, como había celebrado muchas misas y nunca le había sucedido eso, pensó que aquella revelación no era cosa de Dios. Y, con todo, unos cincuenta días antes de la Asunción de nuestra Señora, en la que se produjo dicho caso, le había sido todavía revelado por Dios que aquello le sucedería en torno a la dicha fiesta de la Asunción; pero había olvidado luego esa revelación. En alabanza de Cristo. Amén. FIN DE LAS FLORECILLAS DE SAN FRANCISCO |
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