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Florecillas de San Francisco - Parte IIa |
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| Las Florecillas de San Francisco, escrito por un autor desconocido en dialecto toscano en la segunda mitad del siglo XVI, es una antología de los hechos y milagros de San Francisco de Asís y sus Compañeros. | |||||||||||||||||||
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PARTE SEGUNDA CAPÍTULO XXIV Cómo San Francisco
convirtió a la fe al sultán de Babilonia 24 San Francisco, impulsado por el
celo de la fe de Cristo y por el deseo del martirio,
pasó una vez al otro lado del mar con doce compañeros
suyos muy santos con intención de ir derechamente al
sultán de Babilonia . Llegaron a un país de sarracenos,
donde los pasos fronterizos estaban guardados por hombres
tan crueles, que ningún cristiano que se aventurase a
atravesarlos podría salir con vida; pero plugo a Dios
que no murieran, sino que fueran presos, apaleados y
atados, y luego conducidos a la presencia del sultán.
Delante de él, San Francisco, bajo la guía del
Espíritu Santo, predicó tan divinamente la fe de
Jesucristo, que para demostrarla se ofreció a entrar en
el fuego. 24 El sultán le cobró gran
devoción debido a esa su constancia en la fe y al
desprecio del mundo que observaba en él, pues, siendo
pobrísimo, no quería aceptar regalo ninguno, como
también por el anhelo del martirio que mostraba. Desde
entonces, el sultán le escuchaba con agrado, le rogó
que volviese a verle con frecuencia le concedió a él y
a sus compañeros que pudiesen predicar libremente donde
quisieran. Y les dio una contraseña a fin de que no
fuesen molestados de nadie. 24 Obtenido este salvoconducto,
envió San Francisco de dos en dos a sus compañeros a
diversas regiones de los sarracenos a predicar la fe de
Cristo; y él, con uno de ellos, se encaminó al país
que había elegido. Llegado allá, entró en un albergue
para reposar. Había allí una mujer muy hermosa de
cuerpo, pero sucia de alma, y esta mujer maldita provocó
a San Francisco al pecado. 24 Acepto - le dijo San Francisco
-; vamos a la cama. Y ella lo condujo a su cuarto.
Entonces le dijo San Francisco: Ven conmigo, que te
quiero llevar a un lecho mucho más bonito. La llevó a
una grande fogata que tenían encendida en aquella casa,
y con fervor de espíritu se desnudó por completo, se
echó junto al fuego sobre el suelo ardiente y la invitó
a ella a desnudarse y tenderse también en una cama tan
munida y hermosa. Y estuvo así San Francisco por largo
espacio con el rostro alegre, sin quemarse ni tostarse lo
más mínimo. La mujer, espantada ante tal milagro y
compungida en su corazón, no sólo se arrepintió del
pecado y de su mala intención, sino que se convirtió
totalmente a la fe de Cristo, y alcanzó tan gran
santidad, que se salvaron muchas almas por su medio en
aquel país . 24 Finalmente, viendo San Francisco
que no era posible lograr mayor fruto en aquellas
tierras, determinó, por divina inspiración, volver con
todos sus compañeros a tierra de cristianos; los reunió
a todos y fue a despedirse del sultán. Entonces le dijo
el sultán: 24 Hermano Francisco, yo me
convertiría de buena gana a la fe de Cristo, pero temo
hacerlo ahora, porque, si éstos llegaran a saberlo, me
matarían a mí y te matarían a ti con todos tus
compañeros. Tú puedes hacer todavía mucho bien y yo
tengo que resolver asuntos de gran importancia; no
quiero, pues, ser causa ni de tu muerte ni de la mía.
Pero enséñame cómo puedo salvarme; yo estoy dispuesto
a hacer lo que tú me digas. 24 Díjole entonces San Francisco:
Señor, yo tengo que dejarte ahora; pero, una vez que
esté de vuelta en mi país y haya ido al cielo, con el
favor de Dios, después de mi muerte, si fuere voluntad
de Dios, te mandaré a dos de mis hermanos, de mano de
los cuales tú recibirás el bautismo de Cristo y te
salvarás, como me lo ha revelado mi Señor Jesucristo.
Tú, entre tanto, vete liberándote de todo impedimento,
para que, cuando llegue a ti la gracia de Dios, te
encuentre dispuesto a la fe y a la devoción. El sultán
prometió hacerlo así y lo cumplió. 24 Después de esto, emprendió el
viaje de vuelta con aquel venerable colegio de sus santos
compañeros. A los pocos años, San Francisco entregó su
alma a Dios por muerte corporal. El sultán, que había
caído enfermo, esperaba el cumplimiento de la promesa de
San Francisco, e hizo colocar guardias en ciertos puntos
con el encargo de que si aparecían dos hermanos con el
hábito de San Francisco, fuesen al punto conducidos a su
presencia. Por el mismo tiempo se apareció San Francisco
a dos hermanos y les ordenó que, sin perder tiempo,
marchasen al sultán y procurasen su salvación, como él
se lo había prometido. Aquellos hermanos pasaron en
seguida el mar y fueron conducidos por los guardias a la
presencia del sultán. Al verlos éste, se llenó de
alegría y les dijo: 24 Ahora sé verdaderamente que
Dios me ha enviado a sus siervos para mi salvación,
conforme a la promesa que me hizo San Francisco por
revelación divina. Recibió, pues, de aquellos hermanos
la enseñanza de la fe de Cristo y el santo bautismo; y,
regenerado así en Cristo, murió de aquella enfermedad y
su alma fue salva por las oraciones y los méritos de San
Francisco . En alabanza de Cristo. Amen. CAPÍTULO XXV Cómo San Francisco curó
milagrosamente de alma y cuerpo a un leproso 25 El verdadero discípulo de
Cristo San Francisco, mientras vivió en esta vida
miserable, ponía todo su esfuerzo en seguir a Cristo, el
perfecto Maestro. Así sucedía muchas veces, por obra
divina, que cuando él curaba a alguien el cuerpo, Dios
le sanaba al mismo tiempo el alma, tal como se lee de
Cristo . Por ello, no sólo servía él gustosamente a
los leprosos, sino que había ordenado a los hermanos de
su Orden que, cuando iban por el mundo o se detenían,
sirvieran a los leprosos por amor de Cristo, que por
nosotros quiso ser tenido por un leproso . 25 Sucedió una vez, en un lugar no
lejos de aquel en que entonces se hallaba San Francisco,
que los hermanos servían a los leprosos y enfermos de un
hospital; y había allí un leproso tan impaciente,
insoportable y altanero, que todos estaban persuadidos,
como era en verdad, que estaba poseído del demonio,
porque profería palabras groseras y maltrataba a quienes
le servían, y, lo que era peor, blasfemaba tan
brutalmente de Cristo bendito y de su madre santísima la
Virgen María, que no se hallaba ninguno que quisiera y
pudiera servirle. 25 Y por más que los hermanos se
esforzaban por sobrellevar con paciencia, por acrecentar
el mérito de esta virtud, sus villanías e insultos,
optaron por dejar abandonado al leproso, porque su
conciencia no les permitía soportar las injurias contra
Cristo y su madre. Pero no quisieron hacerlo sin haber
informado antes a San Francisco, que se hallaba en un
eremitorio próximo. Cuando se lo hicieron saber, fue San
Francisco a ver al leproso. Acercándose a él, le
saludó diciendo: 25 Dios te dé la paz, hermano mío
carísimo. Y ¿qué paz puedo yo esperar de Dios -
respondió el leproso enfurecido -, si El me ha quitado
la paz y todo bien y me ha vuelto podrido y hediondo? Ten
paciencia, hijo - le dijo San Francisco - ; las
enfermedades del cuerpo nos las da Dios en este mundo
para salud del alma; son de gran mérito cuando se
sobrellevan con paciencia. 25 Y ¿cómo puedo yo llevar con
paciencia - respondió el leproso - este mal que me
atormenta noche y día sin parar? Y no es sólo mi
enfermedad lo que me atormenta, sino que todavía me
hacen sufrir esos hermanos que tú me diste para que me
sirvieran, y que no lo hacen como deben. Entonces, San
Francisco, conociendo por luz divina que el leproso
estaba poseído del espíritu maligno, fue a ponerse en
oración y oró devotamente por él. Terminada la
oración, volvió y le dijo: 25 Hijo, te voy a servir yo
personalmente, ya que no estás contento de los otros.
Está bien - dijo el enfermo -; pero ¿qué me podrás
hacer tú más que los otros? Haré todo lo que tú
quieras - respondió San Francisco. Quiero - dijo el
leproso - que me laves todo de arriba abajo, porque
despido tal hedor, que no puedo aguantarme yo mismo. 25 San Francisco hizo en seguida
calentar agua con muchas hierbas olorosas; luego desnudó
al leproso y comenzó a lavarlo con sus propias manos,
echándole agua un hermano. Y, por milagro divino, donde
San Francisco tocaba con sus santas manos desaparecía la
lepra y la carne quedaba perfectamente sana. Y según iba
sanando el cuerpo, iba también curándose el alma; por
lo que el leproso, al ver que empezaba a curarse,
comenzó a sentir gran compunción de sus pecados y a
llorar amarguísimamente; y así, a medida que se iba
curando el cuerpo, limpiándose de la lepra por el lavado
del agua, por dentro quedaba el alma limpia del pecado
por la contrición y las lágrimas. 25 Cuando se vio completamente sano
de cuerpo y alma, manifestó humildemente su culpa y
decía llorando en alta voz: ¡Ay de mí, que soy digno
del infierno por las villanías e injurias que yo he
hecho a los hermanos y por mis impaciencias y blasfemias
contra Dios! Estuvo así quince días, llorando
amargamente sus pecados y pidiendo misericordia a Dios, e
hizo entera confesión con el sacerdote. San Francisco,
al ver el milagro tan evidente que Dios había obrado por
sus manos, dio gracias a Dios y se fue de aquel
eremitorio a tierras muy distantes; debido a su humildad,
en efecto, trataba de huir siempre de toda gloria mundana
y en todas sus acciones buscaba el honor y la gloria de
Dios y no la propia. 25 Y quiso Dios que aquel leproso,
curado en el cuerpo y en el alma, enfermase de otra
enfermedad quince días después de su arrepentimiento,
y, fortalecido con los sacramentos eclesiásticos, murió
santamente. Al ir al paraíso por los aires su alma se
apareció a San Francisco cuando éste se hallaba orando
en un bosque y le dijo: ¿Me conoces? ¿Quién eres? -
dijo San Francisco. 25 Soy el leproso que Cristo
bendito curó por tus méritos - dijo él - , y ahora voy
a la vida eterna; de lo cual doy gracias a Dios y a ti.
Bendita sea tu alma y bendito tu cuerpo, benditas sean
tus palabras y tus acciones, porque por tu mano se
salvarán en el mundo muchas almas. Y sabe que en el
mundo no hay un sólo día en que los santos ángeles y
otros santos no estén dando gracias a Dios por los
santos frutos que tú y tu Orden realizáis en diversas
partes del mundo. ¡Cobrad ánimo, dad gracias a Dios y
seguid así con su bendición! Dichas estas palabras, se
fue al cielo; y San Francisco quedó muy consolado. En
alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXVI Cómo San Francisco
convirtió a tres ladrones homicidas 26 Yendo una vez San Francisco por
el territorio de Borgo San Sepolcro, al pasar por una
aldea llamada Monte Casale, se le presentó un joven muy
noble y delicado, que le dijo: Padre, me gustaría mucho
ser de vuestra fraternidad. Hijo - le respondió San
Francisco - , tú eres joven, delicado y noble; se te va
a hacer duro sobrellevar la pobreza y austeridad de
nuestra vida.
26 Padre, ¿no sois vosotros hombres como yo? - repuso él. Lo mismo que vosotros la sobrelleváis, la podré sobrellevar también yo con la gracia de Cristo. Agradó mucho a San Francisco esta respuesta; por lo que, bendiciéndolo, lo recibió, sin más, en la Orden y le puso por nombre hermano Ángel. Este joven se portó tan a satisfacción, que, al poco tiempo, San Francisco lo hizo guardián del convento del mismo Monte Casale . Por aquel tiempo merodeaban por aquellos parajes tres famosos ladrones, que perpetraban muchos males en toda la comarca. 26 Un día fueron al eremitorio de
los hermanos y pidieron al guardián, el hermano Ángel,
que les diera de comer. El guardián les reprochó
ásperamente: ¿No tenéis vergüenza, ladrones y
asesinos sin entrañas, que, no contentos con robarles a
los demás el fruto de sus fatigas, tenéis cara,
además, insolentes, para venir a devorar las limosnas
que son enviadas a los servidores de Dios? No merecéis
que os sostenga la tierra, puesto que no tenéis respeto
alguno ni a los hombres ni a Dios que os creó. ¡Fuera
de aquí, id a lo vuestro y que no vuelva a veros aquí! 26 Ellos lo llevaron muy a mal y se
marcharon enojados. En esto regresó San Francisco de
fuera con la alforja del pan y con un recipiente de vino
que había mendigado él y su compañero. El guardián le
refirió cómo había despedido a aquella gente. Al
oírle, San Francisco le reprendió fuertemente,
diciéndole que se había portado cruelmente, porque
mejor se conduce a los pecadores a Dios con dulzura que
con duros reproches; que Cristo, nuestro Maestro, cuyo
Evangelio hemos prometido observar, dice que no tienen
necesidad de médico los sanos, sino los enfermos, y
que El no ha venido a llamar a los justos, sino a los
pecadores a penitencia ; y por esto El comía muchas
veces con ellos. 26 Por lo tanto - terminó - , ya
que has obrado contra la caridad y contra el santo
Evangelio, te mando, por santa obediencia, que, sin
tardar, tomes esta alforja de pan que yo he mendigado y
esta orza de vino y vayas buscándolos por montes y
valles hasta dar con ellos; y les ofrecerás de mi parte
todo este pan y este vino. Después te pondrás de
rodillas ante ellos y confesarás humildemente tu culpa y
tu dureza. Finalmente, les rogarás de mi parte que no
hagan ningún daño en adelante, que teman a Dios y no
ofendan al prójimo; y les dirás que, si lo hacen así,
yo me comprometo a proveerles de lo que necesiten y a
darles siempre de comer y de beber. Una vez que les hayas
dicho esto con toda humildad, vuelve aquí . 26 Mientras el guardián iba a
cumplir el mandato, San Francisco se puso en oración,
pidiendo a Dios que ablandase los corazones de los
ladrones y los convirtiese a penitencia. Llegó el
obediente guardián a donde estaban ellos, les ofreció
el pan y el vino e hizo y dijo lo que San Francisco le
había ordenado. Y plugo a Dios que, mientras comían la
limosna de San Francisco, comenzaran a decir entre sí:
¡Ay de nosotros, miserables desventurados! ¡Qué duras
penas nos esperan en el infierno a nosotros, que no sólo
andamos robando, maltratando, hiriendo, sino también
dando muerte a nuestro prójimo; y, en medio de tantas
maldades y crímenes, no tenemos remordimiento alguno de
conciencia ni temor de Dios! 26 En cambio, este santo hermano ha
venido a buscarnos por unas palabras que nos dijo
justamente reprochando nuestra maldad, se ha acusado de
ello con humildad, y, encima de esto, nos ha traído el
pan y el vino, junto con una promesa tan generosa del
Padre santo. Estos sí que son siervos de Dios
merecedores del paraíso, pero nosotros somos hijos de la
eterna perdición, merecedores de las penas del infierno;
cada día agravamos nuestra perdición, y no sabemos si
podremos hallar misericordia ante Dios por los pecados
que hasta ahora hemos cometido. 26 Estas y parecidas palabras
decía uno de ellos; a lo que añadieron los otros dos:
Es mucha verdad lo que dices; pero ¿qué es lo que
tenemos que hacer? Vamos a estar con San Francisco - dijo
el primero - , y, si él nos da esperanza de que podemos
hallar misericordia ante Dios por nuestros pecados,
haremos lo que nos mande; así podremos librar nuestras
almas de las penas del infierno. 26 Pareció bien a los otros este
consejo, y todos tres, de común acuerdo, marcharon
apresuradamente a San Francisco y le hablaron así:
Padre, nosotros hemos cometido muchos y abominables
pecados; no creemos poder hallar misericordia ante Dios;
pero, si tú tienes alguna esperanza de que Dios nos
admita a misericordia, aquí nos tienes, prontos a hacer
lo que tú nos digas y a vivir contigo en penitencia. 26 San Francisco los recibió con
caridad y bondad, los animó con muchos ejemplos, les
aseguró de la misericordia de Dios y les prometió con
certeza que se la obtendría de Dios, haciéndoles ver
cómo la misericordia de Dios es infinita. Y concluyó:
Aunque hubiéramos cometido infinitos pecados, todavía
es más grande la misericordia de Dios; según el
Evangelio y el apóstol San Pablo, Cristo bendito ha
venido a la tierra para rescatar a los pecadores . 26 Movidos de estas palabras y
parecidas enseñanzas, los tres ladrones renunciaron al
demonio y a sus obras; San Francisco los recibió en la
Orden y comenzaron a hacer gran penitencia. Dos de ellos
vivieron poco tiempo después de su conversión y se
fueron al paraíso. Pero el tercero sobrevivió, y,
recordando sin cesar sus pecados, se dio a tal vida de
penitencia, que por quince años seguidos, fuera de las
cuaresmas comunes, en que se acomodaba a los demás
hermanos, en los demás tiempos estuvo ayunando tres
días a la semana a pan y agua; andaba siempre descalzo,
vestido de una sola túnica; nunca se acostaba después
de los maitines. 27. CAPÍTULO XXVII Cómo San Francisco
convirtió en Bolonia a dos estudiantes 27. Al llegar una vez San Francisco
a Bolonia , todo el pueblo de la ciudad corrió para
verlo; y era tan grande el tropel de gente, que a duras
penas pudo llegar hasta la plaza. En medio de una gran
multitud de hombres, de mujeres y de estudiantes, que
llenaban la plaza, San Francisco se subió a un lugar
elevado y comenzó a predicar lo que el Espíritu Santo
le iba dictando. Y predicaba tan maravillosamente, que
parecía, más bien, un ángel que un hombre quien
predicaba; sus palabras celestiales eran como saetas
agudas que traspasaban el corazón de cada oyente, y, por
efecto de la predicación, se convirtieron a penitencia
una gran muchedumbre de hombres y de mujeres. 27. Entre ellos hubo dos nobles
estudiantes de la Marca de Ancona, uno por nombre
Peregrino y el otro Ricerio; ambos, tocados en su
corazón por una inspiración divina, como efecto del
sermón, se acercaron a San Francisco para decirle que
querían abandonar totalmente el mundo y ser de sus
hermanos. Y San Francisco, conociendo por revelación que
eran enviados por Dios y que habían de llevar una vida
santa en la Orden, los recibió con alegría,
diciéndoles: 27. Tú, Peregrino, seguirás en la
Orden el camino de la humildad, y tú, hermano Ricerio,
te pondrás al servicio de tus hermanos. Y fue así,
porque el hermano Peregrino rehusó ser sacerdote y se
quedó como lego, aunque era muy docto y grande
canonista. Debido a esta su profunda humildad, llegó a
gran perfección en la virtud, hasta el punto que el
hermano Bernardo, el primogénito de San Francisco, dijo
de él que era uno de los hermanos más perfectos de este
mundo. Finalmente, este hermano Peregrino pasó, lleno de
virtudes, de esta vida a la vida bienaventurada,
realizando muchos milagros antes y después de la muerte
. 27. Y el hermano Ricerio sirvió a
los hermanos con devoción y fidelidad, viviendo en gran
santidad y humildad; gozó de gran familiaridad con San
Francisco, quien le confió muchos secretos. Habiendo
sido nombrado ministro de la provincia de la Marca de
Ancona, la gobernó durante mucho tiempo con grandísima
paz y discreción. Al cabo de algún tiempo permitió
Dios que fuese objeto de una fuerte tentación interna;
se hallaba atribulado y angustiado, se maceraba con
ayunos, disciplinas, lágrimas y oraciones día y noche,
sin lograr ahuyentar aquella tentación; con frecuencia
se veía en grande desesperación, ya que por esta causa
se consideraba abandonado de Dios. 27. Al borde de la desesperación,
como último remedio, se decidió a ir a San Francisco,
discurriendo de esta manera: "Si San Francisco me
muestra buen semblante y me trata con familiaridad,
creeré que aún tendrá Dios piedad de mí; de lo
contrario, daré por cierto que estoy abandonado de
Dios". Se puso, pues, en camino para ir a encontrar
a San Francisco. El Santo se hallaba a la sazón
gravemente enfermo en el palacio del obispo de Asís, y
supo, por inspiración divina, toda la tentación y
desesperación del hermano, así como su determinación y
su venida. Al punto, San Francisco llamó a los hermanos
León y Maseo y les dijo: 27. Id en seguida al encuentro de
mi hijo carísimo hermano Ricerio, abrazadlo de mi parte
y saludadlo, y decidle que, entre todos los hermanos que
hay en el mundo, yo lo amo a él con afecto singular.
Fueron ellos y lo hallaron en el camino. Lo abrazaron y
le dijeron lo que San Francisco les había ordenado. Con
esto él experimentó un consuelo tan grande, que casi
quedó fuera de sí; y, dando gracias a Dios de todo
corazón, se dirigió al lugar en que San Francisco
yacía enfermo. Y, aunque San Francisco se hallaba
gravemente enfermo, al oír que venía el hermano
Ricerio, se levantó y le salió al encuentro, lo abrazó
con gran ternura y le dijo: 27. Hijo mío carísimo, hermano
Ricerio, entre todos los hermanos que hay en el mundo, yo
te amo particularmente. Dicho esto, le hizo en la frente
la señal de la santa cruz, le besó y añadió: Hijo
carísimo, Dios ha permitido te sobreviniera esta
tentación para que fuese para ti fuente de grandes
merecimientos; pero, si tú quieres renunciar a esta
ganancia, no la tengas. ¡Cosa admirable! No bien hubo
dicho San Francisco estas palabras, le dejó por completo
la tentación, como si nunca en toda la vida la hubiera
tenido, y quedó completamente consolado. En alabanza de
Cristo. Amén. CAPÍTULO XXVIII Cómo el hermano Bernardo
tuvo un arrobamiento, en el que permaneció desde la
madrugada hasta la hora de nona 28. Cuánta gracia concede Dios
muchas veces a los pobres evangélicos que abandonan el
mundo por amor de Cristo, lo demuestra el caso del
hermano Bernardo de Quintavalle, el cual, desde que tomó
el hábito de San Francisco, era con mucha frecuencia
arrebatado en Dios al contemplar las cosas celestiales.
Sucedió una vez, entre otras, que, estando en la iglesia
oyendo la misa totalmente absorto en Dios, quedó tan
arrobado por la fuerza de la contemplación, que en el
momento de la elevación del cuerpo de Cristo no se dio
cuenta de nada y no se arrodilló ni se quitó la
capucha, como lo hacían los demás que estaban
presentes, sino que permaneció insensible, mirando
fijamente sin pestañear, desde la madrugada hasta la
hora de nona. 28. Y después de nona, vuelto en
sí, iba por el convento gritando en tono admirativo:
¡Hermanos, hermanos, hermanos! No hay nadie en esta
tierra tan grande ni tan noble que, si le prometieran un
palacio hermosísimo lleno de oro, no aceptase con gusto
llevar un saco de estiércol para ganar un tesoro tan
valioso. 28. En este tesoro tan celestial,
prometido a los amadores de Dios, fue introducido el
hermano Bernardo en tal grado con su espíritu, que
durante quince años anduvo siempre con la mente y el
rostro vueltos hacia el cielo. Durante ese tiempo, jamás
sació el hambre en la mesa, si bien tomaba un poco de lo
que le era puesto delante, porque decía que no es
perfecta la abstinencia que consiste en privarse de las
cosas que no se prueban, sino que la verdadera
abstinencia consiste en moderarse en las cosas que saben
buenas al gusto. 28. Así es como llegó a una tal
clarividencia y luz de la mente, que aun los hombres más
doctos acudían a él en busca de solución de cuestiones
difíciles y de pasajes intrincados de la Sagrada
Escritura; y él aclaraba toda dificultad. Puesto que su
mente se hallaba del todo liberada y abstraída de las
cosas terrenas, se remontaba a la altura como las
golondrinas, a impulsos dé la contemplación; y le
acaeció estar hasta veinte días, y a veces treinta,
solo en las cimas de las más altas montañas
contemplando las cosas celestiales. 28. Por esta razón solía decir de
él el hermano Gil que no a todos se concede este don
otorgado al hermano Bernardo de poder alimentarse
volando, como lo hacen las golondrinas. Y por esta gracia
extraordinaria que había recibido de Dios, San Francisco
gustaba muchas veces de hablar con él día y noche; así
que algunas veces fueron hallados juntos, arrebatados en
Dios durante toda la noche en el bosque, donde se habían
recogido para hablar de Dios. El cual sea bendecido por
los siglos de los siglos. Amén. CAPÍTULO XXIX Cómo el demonio se apareció
al hermano Rufino en figura de Cristo crucificado y le
dijo que estaba condenado 29. El hermano Rufino, uno de los
más nobles caballeros de Asís, compañero de San
Francisco y hombre de gran santidad, fue un tiempo
fortísimamente atormentado y tentado en su interior por
el demonio acerca de la predestinación. Esto le hacía
andar triste y melancólico, porque el demonio le hacía
creer que estaba condenado y que no era del número de
los predestinados a ir a la vida eterna, siendo inútil
todo lo que hacía en la Orden. Como esta tentación
perdurara varios días y él no se atreviera a
manifestarla a San Francisco por vergüenza, no omitiendo
por ello las oraciones y las abstinencias que
acostumbraba, el demonio comenzó a añadirle tristeza
sobre tristeza, combatiéndolo, además de con la batalla
interior, también con falsas apariciones exteriores. Una
vez se le apareció en la forma del Crucificado y le
dijo: 29. ¡Oh hermano Rufino! ¿A qué
viene macerarte con penitencias y rezos, si tú no estás
predestinado a ir a la vida eterna? Créeme, yo sé muy
bien a quiénes he elegido y predestinado, y no creas a
ese hijo de Pedro Bernardone si te dice lo contrario. Y
no le preguntes sobre esto, porque ni él ni ningún otro
lo sabe, sino yo, que soy el Hijo de Dios. Créeme, pues,
si te digo que tú eres del número de los condenados; y
el hijo de Pedro Bernardone, tu padre, como también su
padre, están condenados, y todos los que le siguen
están engañados. 29. Al oír estas palabras, el
hermano Rufino comenzó a verse tan entenebrecido por el
príncipe de las tinieblas, que estaba para perder por
completo la fe y el amor que había profesado a San
Francisco, y ya no se cuidaba de decirle nada. Pero lo
que el hermano Rufino no dijo al santo Padre, se lo
reveló a éste el Espíritu Santo. Viendo, pues, en
espíritu San Francisco el gran peligro en que se hallaba
el pobre hermano, mandó al hermano Maseo a buscarlo. El
hermano Rufino le respondió con brusquedad: ¡Qué tengo
que ver yo con el hermano Francisco! Entonces, el hermano
Maseo, todo lleno de sabiduría divina, entreviendo la
perfidia del demonio, le dijo: 29. Hermano Rufino, ¿no sabes tú
que el hermano Francisco es como un ángel de Dios, que
ha iluminado a tantas almas en el mundo y por medio del
cual hemos recibido nosotros la gracia de Dios? Quiero
absolutamente que vengas a él, porque veo claramente que
el demonio te está engañando. A estas palabras, el
hermano Rufino se puso en camino para ir a San Francisco.
Viéndole venir de lejos, San Francisco comenzó a
gritarle: ¡Oh hermano Rufino, tontuelo!, ¿a quién has
dado crédito? 29. Llevado el hermano Rufino, le
manifestó punto por punto toda la tentación que había
sufrido del demonio interior y exteriormente, haciéndole
ver que aquel que se le había aparecido era el demonio y
no Cristo, y que en manera alguna debía hacer caso de
sus insinuaciones. 29. Si vuelve otra vez el demonio a
decirte: "Estás condenado" - añadió San
Francisco - , no tienes más que decirle: "¡Abre la
boca, y me cago en ella!" y verás cómo huye en
cuanto tú le digas esto; señal de que es el diablo y
debías haber conocido que era del demonio al ver cómo
endurecía tu corazón para todo bien; éste, en efecto,
es su oficio. En cambio, Cristo bendito jamás endurece
el corazón del hombre fiel, antes, al contrario, lo
ablanda, como dice por la boca del profeta: Yo os
quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de
carne . 29. Entonces, el hermano Rufino, al
ver que San Francisco le decía punto por punto cómo
había sido su tentación, se compungió con sus
palabras, rompió a llorar a lágrima viva y cayó a los
pies de San Francisco, reconociendo humildemente la culpa
que había cometido ocultando su tentación. Quedó así
muy consolado y confortado con las recomendaciones del
Padre santo y totalmente cambiado para mejor. Por fin, le
dijo San Francisco: 29. Anda, hijo, confiésate y no
abandones el ejercicio acostumbrado de la oración; no
dudes que esta tentación te servirá de gran utilidad y
consuelo, como lo comprobarás muy pronto. Volvió el
hermano Rufino a su celda en el bosque, y, hallándose en
oración con muchas lágrimas, he aquí que vuelve a
venir el enemigo bajo la figura de Cristo, según la
apariencia exterior, y le dice: 29. ¡Oh hermano Rufino!, ¿no te
dije que no debías creer al hijo de Pedro Bernardone y
que es inútil que te fatigues en lágrimas y oraciones,
puesto que estás condenado sin remedio? ¿De qué te
sirve atormentarte cuando estás en vida, si al morir te
has de ver condenado? Al punto, le respondió el hermano
Rufino: ¡Abre la boca, y me cago en ella! 29. El demonio, enfurecido, se fue
inmediatamente, causando tal tempestad y cataclismo de
piedras que caían del monte Subasio a una y otra parte,
que por largo espacio de tiempo siguieron cayendo piedras
hasta abajo, y era tan grande el ruido de las piedras
chocando las unas con las otras al rodar, que se llenaba
el valle del resplandor de las chispas. Al ruido tan
espantoso que producían, salieron del eremitorio,
alarmados, San Francisco y sus compañeros para ver lo
que ocurría, y pudieron ver aquel torbellino de piedras. 29. Entonces, el hermano Rufino se
convenció claramente de que había sido el demonio quien
le había engañado. Volvió a San Francisco y se postró
otra vez en tierra, reconociendo su pecado. San Francisco
le animó con dulces palabras y lo mandó totalmente
consolado a su celda. Estando en ella devotamente en
oración, se le apareció Cristo bendito, le enardeció
el alma en el amor divino y le dijo: 29. Has hecho bien, hijo, en creer
a Francisco, porque el que te había llenado de tristeza
era el diablo; pero yo soy Cristo, tu Maestro, y, para
que no te quepa duda alguna, te doy esta señal: mientras
vivas no volverás a sentir tristeza ni melancolía.
Dicho esto, desapareció Cristo, dejándolo lleno de tal
alegría y dulzura de espíritu y elevación del alma,
que día y noche estaba absorto y arrobado en Dios. 29. Desde entonces fue de tal
manera confirmado en gracia y en la seguridad de su
salvación, que se halló cambiado en otro hombre, y
hubiera estado día y noche en oración contemplando las
cosas divinas si los demás le hubieran dejado. Por eso
decía de él San Francisco que el hermano Rufino había
sido ya canonizado en vida por Jesucristo y que él no
dudaría, excepto delante de él, en llamarlo "San
Rufino" aun estando vivo en la tierra . En alabanza
de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXX La hermosa predicación que
hicieron en Asís San Francisco y el hermano Rufino
cuando predicaron sin hábito 30. Este hermano Rufino estaba de
tal manera absorto en Dios por la continua
contemplación, que se había hecho como insensible y
mudo; hablaba muy poco; por otra parte, no poseía ni
gracia, ni valor, ni facilidad para hablar en público.
No obstante, San Francisco le ordenó un vez ir a Asís y
predicar al pueblo lo que Dios le inspirase. El hermano
Rufino replicó: 30. Padre reverendo, perdóname si
te suplico que no me mandes tal cosa; sabes muy bien que
yo no tengo gracia para predicar y soy simple e
ignorante. Entonces le dijo San Francisco: Ya que no has
obedecido en seguida, te mando, en virtud de santa
obediencia, que vayas desnudo a Asís, con sólo los
calzones; entres en una iglesia y, así desnudo,
prediques al pueblo. A esta orden, el hermano Rufino se
quitó el hábito y fue desnudo a Asís, entró en una
iglesia y, hecha la reverencia al altar, subió al
púlpito y comenzó a predicar. Al verlo, comenzaron a
reírse los muchachos y los hombres, y se decían: 30. Estos hombres, a fuerza de
penitencia, acaban por perder la razón y se vuelven
fatuos. Mientras tanto, San Francisco se puso a
reflexionar sobre la pronta obediencia del hermano
Rufino, que era de los primeros caballeros de Asís, y
sobre la orden tan dura que le había impuesto, y
comenzó a reprocharse a sí mismo: "¿De dónde te
viene semejante presunción, hijo de Pedro Bernardone,
hombrecillo vil, que te atreves a mandar al hermano
Rufino, de los primeros caballeros de Asís, que vaya
desnudo, como un loco, a predicar al pueblo? Por Dios,
que vas a experimentar en ti lo que mandas a otros". 30. Al punto, con fervor de
espíritu, se despojó del hábito y fue desnudo a Asís,
llevando consigo al hermano León, que llevaba el hábito
de él y el del hermano Rufino. Al verlo en tal guisa,
los de Asís hicieron burla de San Francisco, juzgando
que él y el hermano Rufino habían perdido el seso por
la mucha penitencia Entró San Francisco en la iglesia,
donde estaba predicando el hermano Rufino en estos
términos: 30. Amadísimos míos, huid del
mundo, dejad el pecado, devolved lo ajeno, si queréis
evitar el infierno. Guardad los mandamientos de Dios,
amando a Dios y al prójimo, si queréis ir al cielo.
Haced penitencia, si queréis poseer el reino del cielo. 30. Entonces, San Francisco subió
al púlpito y comenzó a predicar tan maravillosamente
sobre el desprecio del mundo, la santa penitencia, la
pobreza voluntaria, el deseo del reino celestial y sobre
la desnudez y el oprobio de la pasión de nuestro Señor
Jesucristo, que todos cuantos estaban presentes al
sermón, hombres y mujeres en gran muchedumbre,
comenzaron a llorar fuertemente con increíble devoción.
Y no sólo allí, sino en todo Asís, hubo aquel día
tanto llanto por la pasión de Cristo, como jamás lo
había habido. 30. Habiendo quedado el pueblo tan
edificado y consolado con ese modo de portarse de San
Francisco y del hermano Rufino, San Francisco vistió al
hermano Rufino y se vistió él mismo, y así vestidos
del hábito, regresaron al lugar de la Porciúncula,
alabando y glorificando a Dios, que les había dado la
gracia de vencerse mediante el desprecio de sí mismos,
para edificar con el buen ejemplo a las ovejas de Cristo
y poner de manifiesto cómo se debe despreciar el mundo.
Desde aquel día creció tanto la devoción del pueblo
hacia ellos, que se consideraba feliz quien podía tocar
el borde de su hábito. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXXI Cómo San Francisco conocía
puntualmente los secretos de las conciencias de todos sus
hermanos 31. Nuestro Señor Jesucristo dice
en el Evangelio: Yo conozco a mis ovejas, y ellas me
conocen, etc. I De la misma manera, el bienaventurado
padre San Francisco, como buen pastor, estaba al
corriente de todos los méritos y virtudes de sus
compañeros, por divina revelación, y conocía todos sus
defectos. Por eso sabía proveer del mejor remedio,
humillando a los orgullosos, ensalzando a los humildes,
vituperando los vicios, alabando las virtudes, como se
lee en las admirables revelaciones que él tuvo acerca de
aquella su primera familia . 31. Entre ellas se refiere que,
estando una vez San Francisco con el grupo platicando de
Dios, el hermano Rufino no se hallaba con ellos en la
conversación, porque estaba en contemplación en el
bosque. Mientras ellos continuaban hablando de Dios,
vieron al hermano Rufino que salía del bosque y pasaba a
cierta distancia de ellos. En aquel momento, San
Francisco, viéndole, se volvió a sus compañeros y les
preguntó: 31. Decidme, ¿cuál creéis
vosotros que es el alma más santa que tiene Dios en el
mundo? Ellos le respondieron que creían fuese la de él;
pero San Francisco les dijo: Yo, hermanos amadísimos,
soy el hombre más indigno y más vil que tiene Dios en
este mundo. Pero ¿veis a ese hermano Rufino que sale
ahora del bosque? Dios me ha revelado que su alma es una
de las almas más santas que Dios tiene en este mundo; y
yo os aseguro que no dudaría en llamarlo "San
Rufino" ya en vida, porque su alma está confirmada
en gracia, santificada y canonizada en el cielo por
nuestro Señor Jesucristo. 31. Estas palabras, sin embargo,
nunca las decía San Francisco en presencia del hermano
Rufino. Que San Francisco conocía de la misma manera los
defectos de sus hermanos, se ve claramente en el caso del
hermano Elías, a quien muchas veces reprendió por su
soberbia, y en el del hermano Juan de Cappella, a quien
predijo que llegaría a ahorcarse él mismo, y en el de
aquél hermano a quien el demonio tenía cogido por la
garganta cuando era corregido por desobediencia, en el de
muchos otros hermanos, cuyos defectos secretos y cuyas
virtudes él conocía claramente por revelación de
Cristo bendito. Amén. CAPÍTULO XXXII Cómo el hermano Maseo
obtuvo de Cristo la gracia de la humildad 32. Los primeros compañeros de San
Francisco se ingeniaban con todas sus fuerzas para ser
pobres de cosas terrenas y ricos de virtudes, por las
cuales se entra en posesión de las verdaderas riquezas
celestiales y eternas. Sucedió un día que, estando
reunidos para hablar de Dios, uno de ellos propuso este
ejemplo: 32. Había un hombre, gran amigo de
Dios, que poseía en alto grado la gracia de la vida
activa y contemplativa, y juntaba a esto una humildad tan
extrema y tan profunda, que creía ser un grandísimo
pecador; esta humildad lo santificaba y confirmaba en
gracia y le hacía crecer continuamente en la virtud y en
los dones de Dios, sin dejarle nunca caer en pecado. 32. Al oír el hermano Maseo cosas
tan maravillosas de la humildad y sabiendo que es un
tesoro de vida eterna, comenzó a sentirse tan inflamado
del amor y del deseo de esta virtud de la humildad, que,
dirigiendo el rostro al cielo con gran fervor, hizo voto
y propósito firmísimo de rehusar toda alegría en este
mundo mientras no hubiera experimentado esta virtud
perfectamente en su alma. Desde entonces se estaba
encerrado en su celda todo cuanto podía, macerándose
con ayunos, vigilias, oraciones, y lágrimas copiosas
delante de Dios para impetrar de El esta virtud, sin la
cual él se consideraba digno del infierno, y de la cual
estaba tan adornado aquel amigo de Dios de quien le
habían hablado. 32. Estuvo muchos días el hermano
Maseo con este deseo; un día fue al bosque, y andaba,
con gran fervor de espíritu, derramando lágrimas,
exhalando suspiros y lamentos, pidiendo a Dios con deseo
ardiente esta virtud divina. Y, puesto que Dios escucha
complacido las súplicas de los humildes y contritos,
hallándose así el hermano Maseo, se oyó una voz del
cielo que le llamó por dos veces, diciendo: 32. ¡Hermano Maseo, hermano Maseo!
El, conociendo en su espíritu que aquélla era la voz de
Cristo, respondió: ¡Señor mío, Señor mío! ¿Qué
darías tú a cambio de esta gracia que pides? - le dijo
Cristo. Señor, ¡los ojos de mi cara daría yo! -
respondió el hermano Maseo. Pues yo quiero - dijo Cristo
- que tengas la gracia y también los ojos. Dicho esto,
calló la voz. El hermano Maseo quedó lleno de tanta
gracia de la tan deseada virtud de la humildad y de tanta
luz de Dios, que desde entonces aparecía siempre lleno
de júbilo; y muchas veces, cuando estaba en oración,
dejaba escapar un arrullo gozoso semejante al de la
paloma: "uh, uh, uh", y con el rostro alegre y
el corazón rebosante de gozo permanecía así en
contemplación. 32. Así y todo, habiendo llegado a
ser humildísimo, se reputaba el último de todos los
hombres del mundo. Preguntado por el hermano Jacobo de
Falerone por qué no cambiaba de tema en aquella
manifestación de júbilo, respondió con gran alegría
que, cuando en una cosa se halla todo el bien, no hay por
qué cambiar de tema. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXXIII Cómo Santa Clara bendijo,
por orden del Papa, los panes, y en cada uno apareció la
señal de la santa cruz 33. Santa Clara, discípula
devotísima de la cruz de Cristo y noble planta de messer
San Francisco, era de tanta santidad, que no sólo
obispos y cardenales, sino aun el papa, deseaba, con
grande afecto, verla y oírla, y la visitaba con
frecuencia personalmente. 33. Una vez entre otras, fue el
santo padre al monasterio donde ella estaba para oírle
hablar de las cosas celestiales y divinas; y, mientras se
hallaban así entretenidos en divinos razonamientos,
Santa Clara hizo preparar las mesas y poner el pan en
ellas, para que el santo padre lo bendijera. Concluido el
coloquio espiritual, Santa Clara, arrodillada con gran
reverencia, le rogaba tuviera a bien bendecir el pan que
estaba sobre la mesa. Respondió el santo padre: 33. Hermana Clara fidelísima,
quiero que seas tú quien bendiga este pan y que hagas
sobre él esa señal de la cruz de Cristo, a quien tú te
has entregado enteramente. Santísimo padre, perdonadme -
repuso Santa Clara - ; sería merecedora de gran reproche
si, delante del vicario de Cristo, yo, pobre mujercilla,
me atreviera a trazar esta bendición. Para que no pueda
atribuirse a presunción - insistió el papa - , sino a
mérito de obediencia, te mando, por santa obediencia,
que hagas la señal de la cruz sobre estos panes y los
bendigas en el nombre de Dios. 33. Entonces, Santa Clara, como
verdadera hija de obediencia, bendijo muy devotamente
aquellos panes con la señal de la cruz. Y, ¡cosa
admirable!, al instante apareció en todos los panes la
señal de la cruz, bellísimamente trazada. Entonces
comieron una parte de los panes, y la otra parte fue
guardada en recuerdo del milagro. El santo padre, al ver
el milagro, tomó de aquel pan y se marchó dando gracias
a Dios, dejando a Santa Clara con su bendición. 33. Por entonces estaba en el
monasterio sor Ortolana, madre de Santa Clara, y sor
Inés, su hermana ; ambas, como Santa Clara, ricas de
virtudes y llenas del Espíritu Santo, y, asimismo, otras
muchas monjas. San Francisco les enviaba muchos enfermos,
y ellas con sus oraciones y con la señal de la cruz les
devolvían a todos la salud . En alabanza de Cristo.
Amén. CAPÍTULO XXXIV Cómo San Luis, rey de
Francia, fue a visitar al hermano Gil en hábito de
peregrino 34. Yendo San Luis, rey de Francia,
visitando en peregrinación los santuarios del mundo y
habiendo llegado a sus oídos la fama de santidad del
hermano Gil, que había sido uno de los primeros
compañeros de San Francisco, se propuso y tomó la firme
determinación de visitarlo personalmente. A este fin
vino a Perusa, donde se hallaba a la sazón el hermano
Gil. 34. Llegando a la puerta del lugar
de los hermanos como un pobre peregrino desconocido, con
muy reducido acompañamiento, preguntó con gran
insistencia por el hermano Gil, sin dar a entender al
portero quién era el que preguntaba por él. Fue el
portero y dijo al hermano Gil que en la puerta había un
peregrino que preguntaba por él; y le fue revelado en
espíritu que se trataba del rey de Francia. Al punto,
con gran fervor, salió de la celda, corrió a la puerta
y, sin preguntar más, siendo así que nunca se habían
visto, se arrodilló ante él con gran devoción, y los
dos se abrazaron y se besaron con suma alegría, como si
desde muy atrás hubiera habido entre ellos estrecha
amistad. 34. Y a todo esto estaban sin
decirse palabra el uno al otro, siguiendo abrazados en
silencio entre señales de amor y de caridad. Habiendo
estado así por un espacio de tiempo, sin decirse una
palabra, se separaron el uno del otro, y San Luis
prosiguió su viaje, mientras el hermano Gil se volvía a
su celda. 34. Cuando hubo partido el rey, los
hermanos preguntaron a uno de los acompañantes quién
era aquel hombre que había estado tanto tiempo abrazado
con el hermano Gil; él respondió que era Luis, el rey
de Francia, que había venido para ver al hermano Gil. Al
enterarse los hermanos, llevaron muy a mal que el hermano
Gil no le hubiera dirigido la palabra, y le dijeron en
tono de queja: Hermano Gil, ¿cómo has podido ser tan
descortés que a rey tan grande, venido desde Francia
para verte y escuchar de ti alguna buena palabra, tú no
le has dicho nada? 34. Hermanos carísimos -
respondió el hermano Gil - , no os debe causar ello
extrañeza, ya que ni yo a él ni él a mí hemos podido
decirnos una palabra; en cuanto nos hemos abrazado, la
luz de la divina sabiduría me ha manifestado a mí su
corazón, y a él el mío; y así, por la acción divina,
mirándonos mutuamente en los corazones, hemos conocido
lo que yo quería decirle a él y lo que el quería
decirme a mí mucho mejor y con mayor consolación que si
nos hubiéramos hablado con la boca. Y, si hubiéramos
querido explicar con la voz lo que sentíamos en el
corazón, hubiera servido, más bien, de desconsuelo que
de consolación, por la limitación de la lengua humana,
que no es capaz de expresar los secretos misterios de
Dios. Así, pues, no dudéis que el rey se ha marchado
admirablemente consolado . En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXXV Cómo, estando gravemente
enferma Santa Clara, fue transportada milagrosamente, en
la noche de Navidad, a la iglesia de San Francisco 35. Hallándose una vez Santa Clara
gravemente enferma, hasta el punto de no poder ir a la
iglesia para rezar el oficio con las demás monjas,
llegó la solemnidad de la natividad de Cristo. Todas las
demás fueron a los maitines, quedando ella sola en la
cama, pesarosa de no poder ir con ellas y tener aquel
consuelo espiritual. Pero Jesucristo, su esposo, no quiso
dejarla sin aquel consuelo la hizo transportar
milagrosamente a la iglesia de San Francisco y asistir a
todo el oficio de los maitines y de la misa de media
noche, y además pudo recibir la sagrada comunión;
después fue llevada de nuevo a su cama. 35. Las monjas, terminado el oficio
en San Damián, fueron a ver a Santa Clara y le dijeron:
¡Ay madre nuestra, sor Clara! cuánto consuelo hemos
tenido en esta santa noche de Navidad! Pluguiera a Dios
que hubieras estado con nosotras. Y Santa Clara
respondió: 35. Yo doy gracias y alabanzas a mi
Señor Jesucristo bendito, hermanas e hijas mías
amadísimas, porque he tenido la dicha de asistir, con
gran consuelo de mi alma, a toda la función de esta
noche santa y ha sido mayor que la que habéis tenido
vosotras; por intercesión de mi padre San Francisco y
por la gracia de mi Señor Jesucristo, me he hallado
presente en la iglesia de mi padre San Francisco, y he
oído con mis oídos espirituales y corporales todo el
canto y la música del órgano, y hasta he recibido la
sagrada comunión. Alegraos, pues, y dad gracias a Dios
por esta gracia tan grande que me ha hecho. Amén . CAPÍTULO XXXVI Una visión hermosa y
admirable que tuvo el hermano León y cómo se la
declaró San Francisco 36. Una vez que San Francisco se
hallaba gravemente enfermo y el hermano León le servía,
éste estaba haciendo oración al lado de San Francisco,
y quedó arrobado y fue conducido en espíritu a un río
grandísimo, ancho e impetuoso. Se puso a mirar a todos
los que pasaban, y vio entrar en el río a algunos
hermanos que iban muy cargados; apenas llegados a la
corriente, eran arrastrados y se ahogaban; algunos
lograban llegar hasta la tercera parte del río; otros,
hasta la mitad, otros, hasta cerca de la otra orilla;
pero todos terminaban siendo derribados y se ahogaban
debido al ímpetu de la corriente y al peso que llevaban
encima. 36. Al ver esto, el hermano León
estaba muy apenado por ellos. Y en esto vio venir una
gran muchedumbre de hermanos sin ninguna carga ni
impedimento; en ellos resplandecía la santa pobreza. Y
vio cómo entraban en el río y pasaban al otro lado sin
peligro alguno. Terminada esta visión, el hermano León
volvió en sí. Entonces, San Francisco, conociendo en
espíritu que el hermano León había tenido alguna
visión, lo llamó a sí y le preguntó qué es lo que
había visto. Cuando el hermano León le hubo referido
toda la visión puntualmente, le dijo San Francisco: 36. Lo que tú has visto es
verdadero. El río grande es este mundo; los hermanos que
se ahogaban en el río son los que no siguen la
profesión evangélica, sobre todo en lo que se refiere a
la altísima pobreza; y los que pasaban sin peligro son
aquellos hermanos que no buscan ni poseen en este mundo
ninguna cosa terrestre ni carnal, sino que, teniendo
solamente lo imprescindible para comer y vestir, siguen
contentos a Cristo desnudo en la cruz, llevando con
alegría y de buen grado la carga y el yugo suave de
Cristo y de la santa obediencia; por eso pasan con
facilidad de la vida temporal a la vida eterna. En
alabanza de Cristo. Amén. CAPITULO XXXVII Cómo San Francisco recibió
en la Orden a un caballero cortés 37. San Francisco, siervo de
Cristo, llegó una tarde, al anochecer, a casa de un gran
gentilhombre muy poderoso. Fue recibido por él y
hospedado con el compañero con grandísima cortesía y
devoción, como si fuesen ángeles del cielo. Por
ello, San Francisco le cobró gran amor, considerando
que, al entrar en casa, le había abrazado y besado con
muestras de amistad, luego le había lavado los pies y se
los había secado y besado con humildad, había encendido
un gran fuego y había hecho preparar la mesa con
abundantes y buenos manjares, sirviéndole con el rostro
alegre mientras comía. Cuando hubieron comido San
Francisco y su compañero, dijo el gentilhombre: 37. Padre, aquí me tenéis a
vuestra disposición con todas mis cosas. Y si tenéis
necesidad de una túnica, un manto o de cualquier otra
cosa, compradla, que yo la pagaré. Y sabed que estoy
dispuesto a proveer a todas vuestras necesidades, pues,
por gracia de Dios, puedo hacerlo, ya que tengo en
abundancia toda clase de bienes temporales; y por amor de
Dios, que me los ha dado, yo hago uso de ellos con gusto
en favor de sus pobres. Viendo San Francisco en él tal
cortesía, afabilidad y liberalidad en el ofrecimiento,
sintió hacia él tanto amor, que luego, después de la
partida, iba diciendo a su compañero: 37. En verdad que este caballero
sería bueno para nuestra compañía, ya que se muestra
tan agradecido y reconocido para con Dios y tan afable y
cortés para con el prójimo y para con los pobres. Has
de saber, hermano carísimo, que la cortesía es una de
las propiedades de Dios, que por cortesía da el sol y la
lluvia a buenos y malos. La cortesía es hermana de la
caridad, que extingue el odio y fomenta el amor. Puesto
que yo he encontrado en este hombre de bien en tal grado
esta virtud divina, me gustaría tenerlo por compañero.
Hemos de volver, pues, algún día a su casa, para ver si
Dios le toca el corazón, moviéndole a venirse con
nosotros para servir a Dios. Entre tanto, nosotros
rogaremos a Dios que le ponga en el corazón ese deseo y
le dé la gracia de llevarlo a efecto. 37. ¡Cosa admirable! Al cabo de
unos días, como efecto de la oración de San Francisco,
puso Dios ese deseo en el corazón del gentilhombre; y
dijo San Francisco al compañero: Vamos, hermano, a casa
del hombre cortés, porque yo tengo esperanza cierta en
Dios de que él, siendo tan cortés en las cosas
temporales, se dará a sí mismo para hacerse compañero
nuestro . 37. Fueron, y, cuando estaban ya
cerca de la casa, dijo San Francisco al compañero:
Espérame un poco, que quiero antes suplicar a Dios que
haga fructuoso nuestro viaje y que esta noble presa que
tratamos de arrebatar al mundo nos la quiera conceder
Cristo a nosotros, pobrecillos y débiles, por la virtud
de su santísima pasión. 37. Dicho esto, se puso en oración
en un lugar donde podía ser visto de aquel hombre
cortés. Y plugo a Dios que, mirando éste a una y otra
parte, viera a San Francisco, que estaba en oración
devotísima delante de Cristo, que se le había aparecido
en medio de una grande claridad mientras oraba, y estaba
allí delante. Y vio cómo San Francisco permanecía
elevado corporalmente de la tierra por largo espacio de
tiempo. Como consecuencia fue de tal manera tocado por
Dios y movido a dejar el mundo, que al punto salió de su
palacio, corrió con fervor de espíritu a donde San
Francisco estaba en oración y, arrodillándose a sus
pies con gran devoción, le rogó que tuviera a bien
recibirlo para hacer penitencia juntamente con él. 37. Entonces, San Francisco, en
vista de que su oración había sido escuchada por Dios,
puesto que el gentilhombre solicitaba con gran
insistencia lo que él deseaba, levantóse con fervor y
alegría de espíritu, lo abrazó y le besó devotamente,
dando gracias a Dios, que había aumentado su compañía
con la agregación de un tal caballero. Y decía aquel
gentilhombre a San Francisco: 37. ¿Qué me mandas hacer, Padre
mío? Aquí me tienes, dispuesto a dar a los pobres, si
tú me lo mandas, todo lo que poseo y a seguir a Cristo
contigo, libre así de la carga de todo lo temporal. Así
lo hizo, distribuyendo, según el consejo de San
Francisco todo su haber a los pobres y entrando en la
Orden, en la cual vivió en gran penitencia, santidad de
vida y pureza de costumbres. En alabanza de Cristo.
Amén. CAPÍTULO XXXVIII Cómo San Francisco
conoció en espíritu que el hermano Elías estaba
condenado y que moriría fuera de la Orden 38. En cierta ocasión en que
estaban de familia juntos en un lugar San Francisco y el
hermano Elías, fue revelado por Dios a San Francisco que
el hermano Elías estaba condenado, que apostataría de
la Orden y que, finalmente, moriría fuera de la Orden.
Por esta razón concibió San Francisco hacia él tal
repulsión, que ni le hablaba ni conversaba con él; y,
si ocurría que el hermano Elías venía a su encuentro,
desviaba el camino y tiraba por otro lado para no
encontrarse con él. 38. Así que el hermano Elías fue
cayendo en la cuenta y comprendió que San Francisco
estaba disgustado con él. Queriendo saber el motivo, un
día se acercó a San Francisco para hablarle, y, cuando
San Francisco trató de evitarlo, el hermano Elías lo
detuvo cortésmente por la fuerza y comenzó a rogarle
discretamente que, por favor, le dijera por qué motivo
él esquivaba de aquel modo su compañía y su
conversación. San Francisco le respondió: 38. El motivo es éste: me ha sido
revelado por Dios que tú, por causa de tus pecados,
apostatarás de la Orden y morirás fuera de ella;
además Dios me ha revelado que tú estás condenado. Al
oír esto, dijo el hermano Elías: 38. Padre mío reverendo, te pido
por amor de Cristo que tú, por esta causa, no me
esquives ni eches de tu presencia, sino que, como buen
pastor, a ejemplo de Cristo, encuentres y acojas a la
pobre oveja que se pierde si tú no la ayudas. Pide a
Dios por mí, para que, si es posible, revoque El la
sentencia de mi condenación, ya que se halla escrito que
Dios perdona y cambia la sentencia si el pecador se
enmienda de su pecado; y yo tengo tanta fe en tu
oración, que, aunque estuviera en lo profundo del
infierno, si tú hicieras oración por mí a Dios, yo me
sentiría aliviado. Así que yo te suplico que
encomiendes a Dios a este pecador, puesto que El ha
venido para salvar a los pecadores, para que me reciba en
su misericordia. 38. Decía esto el hermano Elías
con gran devoción y muchas lágrimas, por lo que San
Francisco, como padre lleno de piedad, le prometió pedir
por él a Dios; y así lo hizo. Y, orando a Dios con
mucha devoción por él, conoció, por revelación, que
su oración era escuchada por Dios en lo referente a la
revocación de la sentencia de condenación del hermano
Elías y que, finalmente, su alma no sería condenada,
pero que ciertamente saldría de la Orden y moriría
fuera de la Orden. 38. Y así sucedió, ya que,
habiéndose rebelado contra la Iglesia el rey de Sicilia,
Federico, y siendo por ello excomulgado por el papa él y
todos los que le prestaran ayuda y consejo, el hermano
Elías, que era reputado como uno de los hombres más
doctos del mundo, requerido por el rey Federico, se puso
de su parte y se hizo rebelde a la Iglesia; por esta
razón fue excomulgado por el papa y privado del hábito
de San Francisco. 38. Hallándose así excomulgado,
enfermó gravemente. Enterado de ello un hermano suyo,
hermano laico que había seguido en la Orden y que era
hombre de vida ejemplar, fue a visitarle, y le dijo entre
otras cosas: Hermano mío carísimo, yo siento gran pesar
de verte excomulgado y fuera de la Orden y que vas
a morir en esta situación. Pero, si tú ves el camino y
el modo como yo pueda ayudarte y sacarte de este peligro,
gustosamente me tomaré cualquier trabajo por ti. 38. Hermano mío - respondió el
hermano Elías - , la única salida es que tú vayas al
papa y le supliques, por amor de Cristo y de su siervo
San Francisco, por cuyas enseñanzas yo abandoné el
mundo, que me absuelva de la excomunión y me devuelva el
hábito de la Orden. Su hermano le aseguró que de buen
grado haría todo lo que estuviera de su parte por la
salvación de su alma. Se despidió de él y fue a
postrarse a los pies del Santo Padre, suplicándole con
mucha humildad que concediera esa gracia a su hermano por
amor de Cristo y de San Francisco. 38. Y plugo a Dios que el papa le
concediera que volviese en seguida y, si encontraba al
hermano Elías aún con vida, lo absolviera, de parte
suya, de la excomunión y le devolviera el hábito. Con
esto partió muy contento y volvió apresuradamente al
hermano Elías; lo halló aún con vida, pero en trance
de morir; lo absolvió de la excomunión y le devolvió
el hábito. El hermano Elías pasó de esta vida; y su
alma fue salvada por los méritos y las oraciones de San
Francisco, en las que el hermano Elías había tenido
gran esperanza. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXXIX Cómo San Antonio,
predicando ante el papa y los cardenales, fue entendido
por gentes de diversas lenguas 39. El admirable vaso del Espíritu
Santo, San Antonio de Padua, uno de los discípulos y
compañeros predilectos de San Francisco, que le llamaba
su obispo , predicó una vez en consistorio delante del
papa y de los cardenales; en este consistorio había
muchos hombres de diversas naciones: griegos, latinos,
franceses, alemanes, eslavos, ingleses y de otras
diversas lenguas del mundo. Inflamado por el Espíritu
Santo, expuso y desarrolló la palabra de Dios con tanta
eficacia, profundidad y claridad, que todos los que se
hallaban en el consistorio, aunque eran de lenguas tan
diversas, entendieron claramente todas sus palabras sin
perder una, como si hubiera hablado en el idioma de cada
uno de ellos; hasta tal punto, que todos quedaron
estupefactos, y les pareció que se había renovado el
antiguo milagro de los apóstoles en tiempo de
Pentecostés, cuando hablaron en todas las lenguas por la
virtud del Espíritu Santo . 39. Y se decían unos a otros con
admiración: ¿No es de España este que predica? Pues
¿cómo es que todos nosotros le oímos hablar en la
lengua de nuestro país? Y el mismo papa, lleno de
admiración por la profundidad de sus palabras, dijo: A
la verdad, éste es arca del Testamento y armario de la
divina Escritura . En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XL Cómo San Antonio predicó a
los peces, y por este milagro convirtió a los herejes 40. Queriendo Cristo poner de
manifiesto la gran santidad de su siervo San Antonio y
acreditar su predicación y su doctrina santa para que
fuese escuchada con devoción, se sirvió en cierta
ocasión de animales irracionales, como son los peces,
para reprender la necedad de los infieles herejes, del
mismo modo como en el Antiguo Testamento había
reprendido la ignorancia de Balaam . 40. Fue en ocasión que San Antonio
se hallaba en Rímini, donde había una gran muchedumbre
de herejes. Durante muchos días había tratado de
conducirlos a la luz de la verdadera fe y al camino de la
verdad, predicándoles y disputando con ellos sobre la fe
de Jesucristo y de la Sagrada Escritura. Pero ellos no
sólo no aceptaron sus santos razonamientos, sino que,
endurecidos y obstinados, no quisieron ni siquiera
escucharle; por lo que un día San Antonio, por divina
inspiración, se dirigió a la desembocadura del río
junto al mar y, colocándose en la orilla entre el mar y
el río comenzó a decir a los peces como predicándoles: 40. Oíd la palabra de Dios, peces
del mar y del río, ya que esos infieles herejes rehusan
escucharla. No bien hubo dicho esto, acudió
inmediatamente hacia él, en la orilla, tanta muchedumbre
de peces grandes, pequeños y medianos como Jamás se
habían visto, en tan gran número, en todo aquel mar ni
en el río. Y todos, con la cabeza fuera del agua,
estaban atentos mirando al rostro de San Antonio con gran
calma, mansedumbre y orden: en primer término, cerca de
la orilla, los más diminutos; detrás, los de tamaño
medio, y más adentro, donde la profundidad era mayor,
los peces mayores. Cuando todos los peces se hubieron
colocado en ese orden y en esa disposición, comenzó San
Antonio a predicar solemnemente, diciéndoles: 40. Peces hermanos míos: estáis
muy obligados a dar gracias, según vuestra posibilidad,
a vuestro Creador, que os ha dado tan noble elemento para
vuestra habitación, porque tenéis a vuestro placer el
agua dulce y el agua salada; os ha dado muchos refugios
para esquivar las tempestades. Os ha dado, además, el
elemento claro y transparente, y alimento con que
sustentaros. Y Dios, vuestro creador cortés y benigno,
cuando os creó, os puso el mandato de crecer y
multiplicaros y os dio su bendición. Después, al
sobrevenir el diluvio universal, todos los demás
animales murieron; sólo a vosotros os conservó sin
daño. 40. Por añadidura, os ha dado las
aletas para poder ir a donde os agrada. A vosotros fue
encomendado, por disposición de Dios, poner a salvo al
profeta Jonás, echándolo a tierra después de tres
días sano y salvo. Vosotros ofrecisteis el censo a
nuestro Señor Jesucristo cuando, pobre como era, no
tenía con qué pagar. Después servisteis de alimento al
rey eterno Jesucristo, por misterio singular, antes y
después de la resurrección. Por todo ello estáis muy
obligados a alabar y bendecir a Dios, que os ha hecho
objeto de tantos beneficios, más que a las demás
creaturas. 40. A estas y semejantes palabras y
enseñanzas de San Antonio, comenzaron los peces a abrir
la boca e inclinar la cabeza, alabando a Dios con esos y
otros gestos de reverencia. Entonces, San Antonio, a la
vista de tanta reverencia de los peces hacia Dios, su
creador, lleno de alegría de espíritu, dijo en alta
voz: Bendito sea el eterno Dios, porque los peces de las
aguas le honran más que los hombres herejes, y los
animales irracionales escuchan su palabra mejor que los
hombres infieles. Y cuanto más predicaba San Antonio,
más crecía la muchedumbre de peces, sin que ninguno se
marchara del lugar que había ocupado. 40. Ante semejante milagro comenzó
a acudir el pueblo de la ciudad, y vinieron también los
dichos herejes; viendo éstos un milagro tan maravilloso
y manifiesto, cayeron de rodillas a los pies de San
Antonio con el corazón compungido, dispuestos a escuchar
la predicación. Entonces, San Antonio comenzó a
predicar sobre la fe católica; y lo hizo con tanta
nobleza, que convirtió a todos aquellos herejes y los
hizo volver a la verdadera fe de Jesucristo; y todos los
fieles quedaron confortados y fortalecidos en la fe.
Hecho esto, San Antonio licenció los peces con la
bendición de Dios y todos partieron con admirables
demostraciones de alegría; lo mismo hizo el pueblo.
Después, San Antonio se detuvo en Rímini muchos días,
predicando y haciendo fruto espiritual en las almas . En
alabanza de Cristo. Amén CAPÍTULO XLI Cómo el hermano Simón,
hombre de gran contemplación, libró de una gran
tentación a un hermano que estaba para dejar la Orden 41. En los primeros tiempos de la
Orden, viviendo todavía San Francisco, entró en la
Orden un joven de Asís de nombre hermano Simón. Dios le
adornó y dotó de tanta gracia y de tanta contemplación
y elevación de espíritu, que toda su vida era un espejo
de santidad, como lo oí de quienes por largo tiempo
estuvieron con él. Muy raras veces era visto fuera de la
celda; y las pocas veces que estaba con los hermanos,
hablaba siempre de Dios. 41. No había estudiado nunca el
latín, y, con todo, hablaba tan profundamente y con
tanta sublimidad de Dios y del amor de Cristo, que sus
palabras parecían palabras sobrenaturales. Una noche
sucedió que, habiendo ido al bosque con el hermano
Jacobo de Massa para hablar de Dios, se entretuvieron
hablando dulcísimamente del amor divino durante toda la
noche, y por la mañana les parecía haber estado
poquísimo tiempo, como me lo refirió el mismo
hermano Jacobo. |
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