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Florecillas de San Francisco - Parte Ib |
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| Las Florecillas de San Francisco, escrito por un autor desconocido en dialecto toscano en la segunda mitad del siglo XVI, es una antología de los hechos y milagros de San Francisco de Asís y sus Compañeros. | |||||||||||||||||||
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CAPÍTULO
XIII Cómo San Francisco y el hermano Maseo colocaron
sobre una piedra, junto a una fuente el pan que habían
mendigado, y San Francisco rompió en loores a la pobreza 13. El admirable siervo y seguidor
de Cristo messer San Francisco, para conformarse en todo
perfectamente a Cristo, quien, como dice el Evangelio ,
envió a sus discípulos de dos en dos a todas las
ciudades y lugares a donde él debía ir, una vez que, a
ejemplo de Cristo, hubo reunido doce compañeros, los
mandó de dos en dos por el mundo a predicar. Y para
darles ejemplo de verdadera obediencia, se puso el
primero en camino, a ejemplo de Cristo, que comenzó a
obrar antes que a enseñar . Habiendo asignado a los
compañeros las otras partes del mundo, él tomó al
hermano Maseo por compañero y se dirigió a tierras de
Francia . 13. Al llegar un día muy
hambrientos a una aldea, fueron, según la Regla, a pedir
limosna el pan por amor de Dios. San Francisco fue por un
barrio y el hermano Maseo por otro. Pero como San
Francisco era de aspecto despreciable y pequeño de
estatura , por lo que daba la impresión, a quien no le
conocía, de ser un pordiosero vil, no recogió sino
algunos mendrugos y desperdicios de pan seco. Al hermano
Maseo, en cambio, por ser tipo gallardo y de buena
presencia, le dieron buenos y grandes trozos, y aun panes
enteros. 13. Terminado el recorrido, se
juntaron los dos en las afueras del pueblo para comer en
un lugar donde había una hermosa fuente, y cerca de la
fuente, una hermosa piedra, ancha, sobre la cual cada uno
colocó la limosna que había recibido. Y, viendo San
Francisco que los trozos de pan del hermano Maseo eran
más numerosos y grandes que los suyos, no cabía en sí
de alegría y exclamó: ¡Oh hermano Maseo, no somos
dignos de un tesoro como éste! 13. Y como repitiese varias veces
estas palabras, le dijo el hermano Maseo: Padre
carísimo, ¿cómo se puede hablar de tesoro donde hay
tanta pobreza y donde falta lo necesario? Aquí no hay ni
mantel, ni cuchillo, ni tajadores, ni platos, ni casa, ni
mesa, ni criado, ni criada. Esto es precisamente lo que
yo considero gran tesoro - repuso San Francisco - : el
que no haya aquí cosa alguna preparada por industria
humana, sino que todo lo que hay nos lo ha preparado la
santa providencia de Dios, como lo demuestran claramente
el pan obtenido de limosna, la mesa tan hermosa de piedra
y una fuente tan clara. Por eso quiero que pidamos a Dios
que nos haga amar de todo corazón el tesoro de la santa
pobreza, tan noble, que tiene por servidor al mismo Dios
. 13. Dichas estas palabras y
habiendo hecho oración y tomado la refección corporal
con aquellos trozos de pan y aquella agua, reanudaron el
camino hacia Francia. Llegados a una iglesia, dijo San
Francisco al compañero: Entremos en esta iglesia para
orar. Y San Francisco fue a ponerse detrás del altar; se
puso en oración, y en ella recibió un fervor tan
intenso de la visitación de Dios, que encendió
fuertemente su alma en el amor a la santa pobreza;
parecía, por el resplandor del rostro y por su boca
desmesuradamente abierta, que despedía llamaradas de
amor. Y, marchando así encendido hacia el compañero, le
dijo: ¡Ah, ah, ah!, hermano Maseo, entrégate a mí. 13. Lo repitió por tres veces, y,
a la tercera, San Francisco levantó en alto al hermano
Maseo con el aliento y lo lanzó hacia adelante a la
distancia de una lanza grande. Esto produjo gran estupor
al hermano Maseo, y más tarde contó a los compañeros
que, cuando San Francisco lo levantó y lo despidió con
el aliento, él sintió en el alma tal dulcedumbre y tal
consuelo del Espíritu Santo como nunca lo había sentido
en su vida. 13. Después de esto, dijo San
Francisco: Mi querido compañero, vamos a San Pedro y a
San Pablo a pedirles que nos enseñen y ayuden a poseer
el tesoro inapreciable de la santísima pobreza, ya que
es un tesoro tan noble y tan divino, que no somos dignos
de poseerlo en nuestros vasos vilísimos; es ésta una
virtud celestial por la cual vale la pena pisotear todas
las cosas terrenas y transitorias; por ella caen al suelo
todos los obstáculos que se ponen delante del alma para
impedirle que se una libremente con Dios eterno. 13. Esta es aquella virtud que hace
que el alma, viviendo en la tierra, converse en el cielo
con los ángeles; ella acompañó a Cristo en la cruz,
con Cristo fue sepultada, con Cristo resucitó, con
Cristo subió al cielo; las almas que se enamoran de ella
reciben, aun en esta vida, ligereza para volar al cielo,
porque ella templa las armas de la amistad, de la
humildad y de la caridad. Pediremos, pues, a los
santísimos apóstoles de Cristo, que fueron perfectos
amadores de esta perla evangélica, que nos alcancen esta
gracia de nuestro Señor Jesucristo: que nos conceda, por
su santa misericordia, hacernos dignos de ser verdaderos
amadores, cumplidores y humildes discípulos de la
preciosísima, amadísima y angélica pobreza. 13. Platicando de esta suerte,
llegaron a Roma y entraron en la iglesia de San Pedro;
San Francisco se puso en oración en un ángulo de la
iglesia, y el hermano Maseo en el otro. Permanecieron
largo rato en oración, con muchas lágrimas y gran
devoción; en esto se aparecieron a San Francisco los
santos apóstoles Pedro y Pablo rodeados de gran
resplandor y le dijeron: 13 Puesto que pides y deseas
observar lo que Cristo y sus santos apóstoles
observaron, nos envía nuestro Señor Jesucristo para
anunciarte que tu oración ha sido escuchada, y te ha
sido concedido por Dios, a ti y a tus seguidores, en toda
perfección, el tesoro de la santísima pobreza. Y
todavía más: te comunicamos de parte suya que a todos
aquellos que, a tu ejemplo, abracen con perfección este
ideal, El les asegura la bienaventuranza de la vida
eterna; y tú y todos tus seguidores seréis bendecidos
por Dios. 13. Dichas estas palabras,
desaparecieron, dejando a San Francisco lleno de
consuelo. Al levantarse de la oración, fue donde su
compañero y le preguntó si Dios le había revelado
alguna cosa; él respondió que no. Entonces, San
Francisco le refirió cómo se le habían aparecido los
santos apóstoles y lo que le habían revelado. Por ello,
llenos de alegría, los dos determinaron volver al valle
de Espoleto, dejando el viaje a Francia. En alabanza de
Cristo. Amén. CAPÍTULO XIV Cómo, mientras San Francisco
hablaba de Dios con sus hermanos, apareció Cristo en
medio de ellos 14. En los comienzos de la Orden,
estaba una vez San Francisco reunido con sus compañeros
en un eremitorio hablando de Cristo; en esto, impulsado
por el fervor de su espíritu, mandó a uno de ellos que,
en nombre de Dios, abriese la boca y hablase de Dios como
el Espíritu Santo le inspirase. Obediente al mandato
recibido, el hermano habló de Dios maravillosamente; San
Francisco le impuso silencio, y mandó lo mismo a otro;
éste obedeció, a su vez, y habló de Dios con mucha
penetración; San Francisco le impuso silencio de la
misma manera y mandó al tercero que hablase de Dios;
también éste comenzó a hablar tan profundamente de las
cosas secretas de Dios, que San Francisco conoció que,
al igual que los otros dos, hablaba bajo la acción del
Espíritu Santo. 14. Y esto quedó demostrado,
además, por una señal expresa, porque, mientras se
hallaban en esa conversación, apareció Cristo bendito
en medio de ellos con el aspecto y figura de un joven
hermosísimo, y, bendiciéndoles a todos, los llenó de
tanta dulcedumbre, que todos quedaron al punto fuera de
sí y cayeron a tierra como muertos, ajenos totalmente a
las cosas de este mundo. Cuando volvieron en sí, les
dijo San Francisco: 14. Hermanos míos amadísimos, dad
gracias a Dios, que ha querido, por la boca de los
sencillos, revelar los tesoros de la divina sabiduría,
!va que Dios es quien abre la boca a los mudos y hace
hablar sabiamente a los sencillos. En alabanza de Cristo.
Amén. CAPÍTULO XV Cómo Santa Clara comió en
Santa María de los Ángeles con San Francisco y sus
compañeros 15. Cuando estaba en Asís San
Francisco, visitaba con frecuencia a Santa Clara y le
daba santas instrucciones. Ella tenía grandísimo deseo
de comer una vez con él; se lo había pedido muchas
veces, pero él no quiso concederle ese consuelo. Viendo,
pues, sus compañeros el deseo de Santa Clara, dijeron a
San Francisco: 15. Padre, nos parece que no es
conforme a la caridad de Dios esa actitud de no dar gusto
a la hermana Clara, una virgen tan santa y amada del
Señor, en una cosa tan pequeña como es comer contigo; y
más teniendo en cuenta que por tu predicación abandonó
ella las riquezas y las pompas del mundo. Aunque te
pidiera otro favor mayor que éste, deberías
condescender con esa tu planta espiritual. 15. Entonces, ¿os parece que la
debo complacer? - respondió San Francisco. Sí, Padre -
le dijeron los compañeros - ; se merece recibir de ti
este consuelo. Dijo entonces San Francisco: Puesto que
así os parece a vosotros, también me lo parece a mí.
Mas, para que le sirva a ella de mayor consuelo, quiero
que tengamos esta comida en Santa María de los Ángeles,
ya que lleva mucho tiempo encerrada en San Damián, y
tendrá gusto en volver a ver este lugar de Santa María,
donde le fue cortado el cabello y donde fue hecha esposa
de Jesucristo. Aquí comeremos juntos en el nombre de
Dios. 15. El día convenido salió Santa
Clara del monasterio con una compañera y, escoltada de
los compañeros de San Francisco, se encaminó a Santa
María de los Ángeles. Saludó devotamente a la Virgen
María en aquel mismo altar ante el cual le había sido
cortado el cabello y había recibido el velo, y luego la
llevaron a ver el convento hasta que llegó la hora de
comer. Entre tanto, San Francisco hizo preparar la mesa
sobre el suelo, como él estaba acostumbrado. Y, llegada
la hora de comer, se sentaron a la mesa juntos San
Francisco y Santa Clara, y uno de los compañeros de San
Francisco, al lado de la compañera de Santa Clara; y
después se acercaron humildemente a la mesa todos los
demás compañeros. 15. Como primera vianda, San
Francisco comenzó a hablar de Dios con tal suavidad, con
tal elevación y tan maravillosamente, que, viniendo
sobre ellos la abundancia de la divina gracia, todos
quedaron arrebatados en Dios. Y, estando así arrobados,
elevados los ojos y las manos al cielo, las gentes de
Asís y de Bettona y las de todo el contorno vieron que
Santa María de los Ángeles y todo el convento y el
bosque que había entonces al lado del convento ardían
violentamente, como si fueran pasto de las llamas la
iglesia, el convento y el bosque al mismo tiempo; por lo
que los habitantes de Asís bajaron a todo correr para
apagar el fuego, persuadidos de que todo estaba ardiendo. 15. Al llegar y ver que no había
tal fuego, entraron al interior y encontraron a San
Francisco con Santa Clara y con todos los compañeros
arrebatados en Dios por la fuerza de la contemplación,
sentados en torno a aquella humilde mesa. Con lo cual se
convencieron de que se trataba de un fuego divino y no
material, encendido milagrosamente por Dios para
manifestar y significar el fuego del amor divino en que
se abrasaban las almas de aquellos santos hermanos y de
aquellas santas monjas. Y se volvieron con el corazón
lleno de consuelo y santamente edificados. Santa Clara,
junto con los demás, bien refocilados con el alimento
espiritual, no se cuidaron mucho del manjar corporal. Y,
terminado que hubieron la bendita refección, Santa Clara
volvió bien acompañada a San Damián. 15. Las hermanas, al verla, se
alegraron mucho, porque temían que San Francisco la
hubiera enviado a gobernar otro monasterio, como ya
había enviado a su santa hermana sor Inés a gobernar
como abadesa el monasterio de Monticelli, de Florencia .
San Francisco había dicho algunas veces a Santa Clara:
"Prepárate, por si llega el caso de enviarte a
algún convento"; y ella como hija de la santa
obediencia, había respondido: "Padre, estoy siempre
preparada para ir a donde me mandes". Por eso se
alegraron mucho las hermanas cuando volvió. Y Santa
Clara quedó desde entonces muy consolada. En alabanza de
Cristo. Amén. CAPÍTULO XVI Cómo quiso San Francisco
conocer la voluntad de Dios, por medio de la oración de
Santa Clara y del hermano Silvestre, sobre si debía
andar predicando o dedicarse a la contemplación 16. El humilde siervo de Dios San
Francisco, poco después de su conversión, cuando ya
había reunido y recibido en la Orden a muchos
compañeros, tuvo grande perplejidad sobre lo que debía
hacer: o vivir entregado solamente a la oración, o darse
alguna vez a la predicación; y deseaba vivamente conocer
cuál era voluntad de Dios. Y como la santa humildad, que
poseía en sumo grado, no le permitía presumir de sí ni
de sus oraciones, prefirió averiguar la voluntad divina
recurriendo a las oraciones de otros. Llamó, pues, al
hermano Maseo y le habló así: 16. Vete a encontrar a la hermana
Clara y dile de mi parte que junto con algunas de sus
compañeras más espirituales, ore devotamente a Dios
pidiéndole se digne manifestarme lo que será mejor:
dedicarme a predicar o darme solamente a la oración
después a encontrar al hermano Silvestre y le dirás lo
mismo. 16. Era éste aquel messer
Silvestre que, siendo aún seglar, había visto salir de
la boca de San Francisco una cruz de oro que se elevaba
hasta el cielo y se extendía hasta los confines del
mundo. Era el hermano Silvestre de tal devoción y
santidad, que todo lo que pedía a Dios lo obtenía y
muchas veces conversaba con Dios; por esto, San Francisco
le profesaba gran devoción. 16. Marchó el hermano Maseo, y,
conforme al mandato de San Francisco, llevó la embajada
primero a Santa Clara y después al hermano Silvestre.
Este, no bien la recibió, se puso al punto en oración;
mientras oraba tuvo la respuesta divina, y volvió donde
el hermano Maseo y le habló así: 16. Esto es lo que has de decir al
hermano Francisco de parte de Dios: que Dios no lo ha
llamado a ese estado solamente para él, sino para que
coseche fruto de almas y se salven muchos por él.
Recibida esta respuesta, el hermano Maseo volvió donde
Santa Clara para saber qué es lo que Dios le había
hecho conocer Y Clara respondió que ella y sus
compañeras habían tenido de Dios aquella misma
respuesta recibida por el hermano Silvestre. 16. Con esto volvió el hermano
Maseo donde San Francisco, y San Francisco lo recibió
con gran caridad, le lavó los pies y le sirvió de comer
. Cuando hubo comido el hermano Maseo, San Francisco lo
llevó consigo al bosque, se arrodilló ante él, se
quitó la capucha y, cruzando los brazos, le preguntó:
¿Qué es lo que quiere de mí mi Señor Jesucristo? 16. El hermano Maseo respondió:
Tanto al hermano Silvestre como a sor Clara y sus
hermanas ha respondido y revelado Cristo que su voluntad
es que vayas por el mundo predicando, ya que no te ha
elegido para ti solo, sino también para la salvación de
los demás. Oída esta respuesta, que le manifestaba la
voluntad de Cristo, se levantó al punto lleno de fervor
y dijo: ¡Vamos en el nombre de Dios! 16. Tomó como compañeros a los
hermanos Maseo y Ángel, dos hombres santos, y se lanzó
con ellos a campo traviesa, a impulsos del espíritu.
Llegaron a una aldea llamada Cannara; San
Francisco se puso a predicar, mandando antes a las
golondrinas que, cesando en sus chirridos guardasen
silencio hasta que él hubiera terminado de hablar. Las
golondrinas obedecieron. Y predicó con tanto fervor, que
todos los del pueblo, hombres y mujeres, querían irse
tras él movidos de devoción, abandonando el pueblo.
Pero San Francisco no se lo consintió, sino que les
dijo: 16. No tengáis prisa, no os
vayáis de aquí; ya os indicaré lo que debéis hacer
para la salvación de vuestras almas. Entonces le vino la
idea de fundar la Orden Tercera para la salvación
universal de todos . y, dejándolos así muy
consolados y bien dispuestos para la vida de penitencia,
marchó de allí y prosiguió entre Cannara y Bevagna.
Iba caminando con el mismo fervor, cuando, levantando la
vista, vio junto al camino algunos árboles, y, en ellos,
una muchedumbre casi infinita de pájaros . San
Francisco quedó maravillado y dijo a sus compañeros: 16. Esperadme aquí en el camino,
que yo voy a predicar a mis hermanitos los pájaros. Se
internó en el campo y comenzó a predicar a los pájaros
que estaban por el suelo. Al punto, todos los que había
en los árboles acudieron junto a él; y todos juntos se
estuvieron quietos hasta que San Francisco terminó de
predicar; y ni siquiera entonces se marcharon hasta que
él les dio la bendición. Y, según refirió más tarde
el hermano Maseo al hermano Santiago de Massa, aunque San
Francisco andaba entre ellos y los tocaba con el hábito,
ninguno se movía. 16. El tenor de la plática de San
Francisco fue de esta forma: Hermanas mías avecillas, os
debéis sentir muy deudoras a Dios, vuestro creador, y
debéis alabarlo siempre y en todas partes, porque os ha
dado la libertad para volar donde queréis; os ha dado,
ademas, vestido doble y aun triple; y conservó vuestra
raza en el arca de Noé, para que vuestra especie no
desapareciese en el mundo. Le estáis también obligadas
por el elemento del aire, pues lo ha destinado a
vosotras. Aparte de esto, vosotras no sembráis ni
segáis, y Dios os alimenta y os regala los ríos y las
fuentes, para beber; los montes y los valles, para
guareceros, y los árboles altos, para hacer en ellos
vuestros nidos. Y como no sabéis hilar ni coser, Dios os
viste a vosotras y a vuestros hijos. Ya veis cómo
os ama el Creador, que os hace objeto de tantos
beneficios. Por lo tanto, hermanas mías, guardaos del
pecado de la ingratitud, cuidando siempre de alabar a
Dios. 16. Mientras San Francisco les iba
hablando así, todos aquellos pájaros comenzaron a abrir
sus picos, a estirar sus cuellos y a extender sus alas,
inclinando respetuosamente sus cabezas hasta el suelo, y
a manifestar con sus actitudes y con sus cantos el
grandísimo contento que les proporcionaban las palabras
del Padre santo. San Francisco se regocijaba y recreaba
juntamente con ellos, sin dejar de maravillarse de ver
semejante muchedumbre de pájaros, en tan hermosa
variedad, y la atención y familiaridad que mostraban.
Por ello alababa en ellos devotamente al Creador. 16. Finalmente, terminada la
plática, San Francisco trazó sobre ellos la señal de
la cruz y les dio licencia para irse. Entonces, todos los
pájaros se elevaron en banda en el aire entre cantos
armoniosos; luego se dividieron en cuatro grupos,
siguiendo la cruz que San Francisco había trazado: un
grupo voló hacia el oriente; otro, hacia el occidente;
el tercero, hacia el mediodía; el cuarto, hacia el
septentrión, y cada banda se alejaba cantando
maravillosamente. 16. En lo cual se significaba que
así como San Francisco, abanderado de la cruz de Cristo,
les había predicado y había hecho sobre ellos la señal
de la cruz, siguiendo la cual ellos se separaron,
cantando, en dirección de las cuatro partes del mundo,
de la misma manera él y sus hermanos habían de llevar a
todo el mundo la predicación de la cruz de Cristo, esa
misma cruz renovada por San Francisco. Los hermanos
menores, como las avecillas, no han de poseer nada propio
en este mundo, dejando totalmente el cuidado de su vida a
la providencia de Dios. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XVII Cómo un niño quiso saber lo
que hacía San Francisco de noche 17. Un niño muy puro e inocente
fue admitido en la Orden cuando aún vivía San
Francisco; y estaba en un eremitorio pequeño, en el cual
los hermanos, por necesidad, dormían en el suelo. Fue
una vez San Francisco a ese eremitorio; y a la tarde,
después de rezar completas, se acostó a fin de poder
levantarse a hacer oración por la noche mientras
dormían los demás, según tenía de costumbre. 17. Este niño se propuso espiar
con atención lo que hacía San Francisco, para conocer
su santidad, y de modo especial le intrigaba lo que
hacía cuando se levantaba por la noche. Y para que el
sueño no se lo impidiese, se echó a dormir al lado de
San Francisco y ató su cordón al de San Francisco, a
fin de poder sentir cuando se levantaba; San Francisco no
se dio cuenta de nada. De noche, durante el primer
sueño, cuando todos los hermanos dormían, San Francisco
se levantó, y, al notar que el cordón estaba atado, lo
soltó tan suavemente, que el niño no se dio cuenta; fue
al bosque, que estaba próximo al eremitorio; entró en
una celdita que había allí y se puso en oración. 17. Al poco rato despertó el
niño, y, al ver el cordón desatado y que San Francisco
se había marchado, se levantó también él y fue en su
busca; hallando abierta la puerta que daba al bosque,
pensó que San Francisco habría ido allá, y se adentró
en el bosque. Al llegar cerca del sitio donde estaba
orando San Francisco, comenzó a oír una animada
conversación; se aproximó más para entender lo que
oía, y vio una luz admirable que envolvía a San
Francisco; dentro de esa luz vio a Jesús, a la Virgen
María, a San Juan el Bautista y al Evangelista, y una
gran multitud de ángeles, que estaban hablando con San
Francisco. Al ver y oír esto, el niño cayó en tierra
desvanecido. 17. Cuando terminó el misterio de
aquella santa aparición, volviendo al eremitorio, San
Francisco tropezó con los pies en el niño, que yacía
en el camino como muerto, y, lleno de compasión, lo
tomó en brazos y lo llevó a la cama, como hace el buen
pastor con su ovejita. Pero, al saber después, de su
boca, que había visto aquella visión, le mandó no
decirla jamás mientras él estuviera en vida. Este niño
fue creciendo grandemente en la gracia de Dios y
devoción de San Francisco y llegó a ser un religioso
eminente en la Orden; sólo después de la muerte de San
Francisco descubrió aquella visión a los hermanos. En
alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XVIII Cómo San Francisco reunió
un capítulo de cinco mil hermanos en Santa María de los
Ángeles 18. El fiel siervo de Cristo
Francisco reunió una vez un capítulo general en Santa
María de los Ángeles, al que asistieron cinco mil
hermanos. En él estuvo presente Santo Domingo, cabeza y
fundador de la Orden de los Hermanos Predicadores; se
dirigía de Borgona a Roma, y, habiendo sabido de aquella
asamblea capitular reunida por San Francisco en la
llanura de Santa María de los Ángeles, fue a verla con
siete hermanos de su Orden. 18. Se halló también presente a
este capítulo un cardenal devotísimo de San Francisco,
al cual él le había profetizado que sería papa, y así
fue 3. Este cardenal había llegado expresamente de
Perusa, donde se hallaba la corte pontificia, a Asís; y
todos los días iba a ver a San Francisco y a sus
hermanos; a veces cantaba la misa, otras veces predicaba
a los hermanos en el capítulo. 18. Experimentaba grande gozo y
devoción este cardenal, cuando iba a visitar aquella
santa asamblea, viendo en la explanada, en torno a Santa
María de los Angeles, sentados a los hermanos por
grupos; sesenta aquí, cien allá, doscientos o
trescientos más allá, todos a una ocupados en razonar
de Dios; unos llorando de consuelo, otros en oración,
otros en ejercicios de caridad; y en un ambiente tal de
silencio y de modestia, que no se oía el menor ruido.
Lleno de admiración al ver una multitud tan bien
ordenada, decía entre lágrimas de gran devoción: 18. ¡Verdaderamente éste es el
campamento y el ejército de los caballeros de Dios! En
toda aquella muchedumbre, a ninguno se le oía hablar de
cosas vanas o frívolas, sino que, dondequiera se hallaba
reunido un grupo de hermanos, se les veía o bien orando,
o bien recitando el oficio, o llorando los propios
pecados y los de los bienhechores, o platicando sobre la
salud del alma. Había por toda la explanada cobertizos
hechos con cañizos y esteras, agrupados según las
provincias a que pertenecían los hermanos; por eso este
capítulo fue llamado el capítulo de los cañizos o de
las esteras. De cama les servía la desnuda tierra;
algunos se acostaban sobre paja; por almohada tenían una
piedra o un madero. 18. Todo esto hacía que todos los
que los veían o escuchaban les mostraran gran devoción;
y era tanta la fama de su santidad, que de la corte del
papa, que estaba a la sazón en Perusa, y de otros
lugares del valle de Espoleto iban a verlos muchos
condes, barones y caballeros, y otros gentileshombres, y
mucha gente del pueblo, así como también cardenales,
obispos y abades, además de otros clérigos, ganosos de
ver una asamblea tan santa, tan grande, tan humilde, como
nunca la había conocido el mundo con tantos hombres
santos juntos. Pero, sobre todo, iban para ver al que era
cabeza y padre santísimo de toda aquella santa gente,
aquel que había arrebatado al mundo semejante presa y
había reunido una grey tan bella y devota tras las
huellas del verdadero pastor Jesucristo. 18. Estando, pues, reunido todo el
capítulo general, el santo padre de todos y ministro
general, San Francisco, a impulsos del ardor del
espíritu, expuso la palabra de Dios y les predicó en
alta voz lo que el Espíritu Santo le hacía decir.
Escogió por tema de la plática estas palabras: 18. Hijos míos, grandes cosas
hemos prometido, pero mucho mayores son las que Dios nos
ha prometido a nosotros; mantengamos lo que nosotros
hemos prometido y esperemos con certeza lo que nos ha
sido prometido. Breve es el deleite del mundo, pero la
pena que le sigue después es perpetua. Pequeño es el
padecer de esta vida, pero la gloria de la otra vida es
infinita . 18. Y, glosando
devotísimamente estas palabras, alentaba y animaba a los
hermanos a la obediencia y reverencia de la santa madre
Iglesia, a la caridad fraterna, a orar por todo el pueblo
de Dios, a tener paciencia en las contrariedades y
templanza en la prosperidad, a mantener pureza y castidad
angélica, a permanecer en paz y concordia con Dios, y
con los hombres, y con la propia conciencia; a amar y a
observar la santísima pobreza. Y al llegar aquí dijo: 18. Os mando, por el mérito de la
santa obediencia, a todos vosotros aquí reunidos que
ninguno de vosotros se preocupe ni ande afanoso sobre lo
que ha de comer o beber, ni de cosa alguna necesaria al
cuerpo, sino atended solamente a orar y alabar a Dios; y
dejadle a El cuidado de vuestro cuerpo, ya que El cuida
de vosotros de manera especial . 18. Todos ellos recibieron
este mandato con alegría de corazón y rostro feliz. Y,
cuando San Francisco terminó su plática, todos se
pusieron en oración. Estaba presente a todo esto Santo
Domingo, y halló muy extraño semejante mandato de San
Francisco, juzgándolo indiscreto; no le cabía que tal
muchedumbre pudiese ir adelante sin tener cuidado alguno
de las cosas corporales. Pero el Pastor supremo, Cristo
bendito, para demostrar que él tiene cuidado de sus
ovejas y rodea de amor singular a sus pobres, movió al
punto a los habitantes de Perusa, de Espoleto, de
Foligno, de Spello, de Asís y de toda la comarca a
llevar de beber y de comer a aquella santa asamblea. 18. Y se vio de pronto venir de
aquellas poblaciones gente con jumentos, caballos y
carros cargados de pan y de vino, de habas y de otros
alimentos, a la medida de la necesidad de los pobres de
Cristo. Además de esto, traían servilletas, jarras,
vasos y demás utensilios necesarios para tal
muchedumbre. Y se consideraba feliz el que podía llevar
más cosas o servirles con mayor diligencia, hasta el
punto que aun los caballeros, barones y otros
gentileshombres, que habían venido por curiosidad, se
ponían a servirles con grande humildad y devoción. 18. Al ver todo esto Santo Domingo
y al comprobar en qué manera era verdad que la
Providencia divina se ocupaba de ellos, confesó con
humildad haber censurado falsamente de indiscreto el
mandato de San Francisco, se arrodilló ante él diciendo
humildemente su culpa y añadió: No hay duda de que Dios
tiene cuidado especial de estos santos pobrecillos, y yo
no lo sabía. De ahora en adelante, prometo observar la
santa pobreza evangélica y maldigo, de parte de Dios, a
todos aquellos hermanos de mi Orden que tengan en esta
Orden la presunción de tener nada en propiedad . 18. Quedó muy edificado
Santo Domingo de la fe del santísimo Francisco, no menos
que de la obediencia, de la pobreza y del buen orden que
reinaba en una concentración tan grande, así como de la
Providencia divina y de la copiosa abundancia de todo
bien. 18. En aquel mismo capítulo tuvo
conocimiento San Francisco de que muchos hermanos
llevaban cilicios y argollas de hierro a raíz de la
carne, lo cual era causa de que muchos enfermaran,
llegando algunos a morir, y de que otros se hallaran
impedidos para la oración. Llevado, por lo tanto, de su
gran discreción paternal, ordenó, por santa obediencia,
que todos aquellos que tuviesen cilicios o argollas de
hierro se los quitasen y los trajeran delante de él.
Así lo hicieron. Y se contaron hasta quinientos cilicios
de hierro, y mayor número de anillas, que llevaban en
los brazos, en la cintura, en las piernas; en tal
cantidad, que se formó un gran montón; y todo lo hizo
dejar allí San Francisco . 18. Terminado el capítulo,
San Francisco animó a todos a seguir en el bien y les
instruyó sobre el modo de vivir sin pecado en este mundo
malvado, y los mandó, llenos de consoladora alegría
espiritual, a sus provincias con la bendición de Dios y
la suya propia. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XIX Cómo fue revelado a San
Francisco que su enfermedad era un don de Dios para
merecer el gran tesoro 19. Se hallaba San Francisco
gravemente enfermo de los ojos, y messer Hugolino,
cardenal protector de la Orden, por el tierno amor que le
profesaba, le escribió que fuera a encontrarse con él
en Rieti, donde había muy buenos médicos de los ojos .
San Francisco, recibida la carta del cardenal, fue
primero a San Damián, donde estaba Santa Clara, esposa
devotísima de Cristo, con el fin de darle alguna
consolación y luego proseguir a donde el cardenal lo
llamaba. Pero, estando aquí, a la noche siguiente
empeoró de tal manera su mal de ojos, que no soportaba
la luz. Como por esta razón no podía partir, le hizo
Santa Clara una celdita de cañizos para que pudiera
reposar. Pero San Francisco, entre el dolor de la
enfermedad y por la multitud de ratones, que le daban
grandísima molestia, no hallaba modo de reposar ni de
día ni de noche. 19. Y como se prolongase por muchos
días aquel dolor y aquella tribulación, comenzó a
pensar y a reconocer que todo era castigo de Dios por sus
pecados; se puso a dar gracias a Dios con todo el
corazón y con la boca, y gritaba en alta voz: Señor
mío, yo me merezco todo esto y mucho más. Señor mío
Jesucristo, pastor bueno, que te sirves de las penas y
aflicciones corporales para comunicar tu misericordia a
nosotros pecadores, concédeme a mí, tu ovejita, gracia
y fortaleza para que ninguna enfermedad, ni aflicción,
ni dolor me aparte de ti. 19. Hecha esta oración, oyó una
voz del cielo que le decía: Francisco, respóndeme: si
toda la tierra fuese oro, y todos los mares, ríos y
fuentes fuesen bálsamo, y todos los montes, colinas y
rocas fuesen piedras preciosas, y tú hallases otro
tesoro más noble aún que estas cosas, cuanto aventaja
el oro a la tierra, el bálsamo al agua, las piedras
preciosas a los montes y las rocas, y te fuese dado, por
esta enfermedad, ese tesoro más noble, ¿no deberías
mostrarte bien contento y alegre? 19. Respondió San Francisco:
¡Señor, yo no merezco un tesoro tan precioso! Y la voz
de Dios prosiguió: ¡Regocíjate, Francisco, porque ése
es el tesoro de la vida eterna que yo te tengo preparado,
y cuya posesión te entrego ya desde ahora; y esta
enfermedad y aflicción es prenda de ese tesoro
bienaventurado! Entonces, San Francisco llamó al
compañero, con grandísima alegría por una promesa tan
gloriosa, y le dijo: ¡Vamos donde el cardenal! 19. Y, consolando antes a Santa
Clara con santas palabras y despidiéndose de ella, tomó
el camino de Rieti. Le salió al encuentro tal
muchedumbre. de gente cuando se acercaba, que no quiso
entrar en la ciudad, sino que se dirigió a una iglesia
distante de ella unas dos millas. 19. Al enterarse los habitantes de
que se hallaba en aquella iglesia, acudieron en tropel a
verlo, de forma que la viña de la iglesia quedó
totalmente talada y la uva desapareció. El capellán
tuvo con ello un gran disgusto y estaba pesaroso de haber
dado hospedaje a San Francisco. Supo San Francisco, por
revelación divina, el pensamiento del sacerdote; lo hizo
llamar y le dijo: 19. Padre amadísimo, ¿cuántas
cargas de vino te suele dar esta viña en los años
mejores? Doce cargas - respondió él. Te ruego, padre -
le dijo San Francisco - que lleves con paciencia mi
permanencia aquí por algunos días, ya que me siento muy
aliviado, y deja, por amor de Dios y de este pobrecillo,
que cada uno tome uvas de esta tu viña; que yo te
prometo, de parte de nuestro Señor Jesucristo, que te ha
de dar este año veinte cargas. 19. Esto lo hacía San Francisco
para seguir allí, por el gran fruto espiritual que se
producía palpablemente en la gente que acudía; muchos
se iban embriagados del amor divino y decididos a
abandonar el mundo. El sacerdote se fió de la promesa de
San Francisco, y dejó libremente la viña a merced de
cuantos iban a verlo. ¡Cosa admirable! La viña quedó
arrasada del todo y despojada, sin que quedara más que
algún que otro racimo. Llegó el tiempo de la vendimia;
el sacerdote recogió aquellos racimos, los echó en el
lagar y los pisó, obtuvo veinte cargas de excelente
vino, como se lo había profetizado San Francisco . 19. Este milagro dio
claramente a entender que así como, por los méritos de
San Francisco, produjo tal abundancia de vino aquella
viña despojada de uva, así el pueblo cristiano,
estéril de virtudes por el pecado, produciría muchas
veces abundantes frutos de penitencia por los méritos,
la virtud y la doctrina de San Francisco. En alabanza de
Cristo. Amén. CAPÍTULO XX Visión admirable de un joven
novicio que estaba en trance de salir de la Orden 20. Un joven muy noble y delicado
entró en la Orden de San Francisco; y al cabo de unos
días, por instigación del demonio, comenzó a sentir
tal repugnancia al hábito que vestía, que le parecía
llevar un saco vilísimo; las mangas, la capucha, la
largura, la aspereza del mismo, todo se le hacía una
carga insoportable. A esto se añadía el disgusto por la
vida religiosa. Tomó, pues, la decisión de dejar el
hábito y volver al mundo. 20. Había tomado la costumbre,
como le había enseñado su maestro, cada vez que pasaba
delante del altar del convento en que se conservaba el
cuerpo de Cristo, de arrodillarse con gran reverencia,
quitarse la capucha e inclinarse con los brazos cruzados
ante el pecho. Y sucedió que la misma noche en que iba a
marcharse y salir de la Orden, tuvo que pasar por delante
del altar del convento; conforme a la costumbre, al pasar
se arrodilló e hizo la reverencia. 20. En aquel momento fue arrebatado
en espíritu, y Dios le mostró una visión maravillosa:
vio delante de sí una muchedumbre casi infinita de
santos que desfilaban en forma de procesión, de dos en
dos, todos vestidos de brocados bellísimos y preciosos;
sus rostros y sus manos resplandecían como el sol y se
movían al compás de cantos y música de ángeles. Entre
aquellos santos había dos, vestidos con mayor elegancia
y más adornados que todos los otros, envueltos en tanta
claridad, que llenaban de estupor a quien los
contemplaba; y hacia el fin de la procesión vio uno
adornado de tanta gloria, que semejaba un novel caballero
con sus galas. 20. El joven no cabía de
admiración ante tal visión, sin entender qué podía
significar aquella procesión; y no osaba preguntar,
estupefacto como se hallaba por la dulcedumbre. Cuando ya
había pasado toda la procesión, cobró ánimo, corrió
detrás de los últimos y les preguntó lleno de temor:
¡Oh carísimos!, os ruego tengáis a bien decirme
quiénes son los maravillosos personajes que forman esta
procesión venerable. 20. Has de saber, hijo - le
respondieron - , que todos nosotros somos hermanos
menores, que en este momento venimos de la gloria del
paraíso. Y ¿quiénes son - preguntó - aquellos dos
que resplandecen mas que los otros? Aquellos dos - le
respondieron - son San Francisco y San Antonio; y ese
último que has visto tan honrado es un santo hermano que
ha muerto hace poco tiempo; a ése, por haber combatido
valerosamente contra las tentaciones y haber perseverado
hasta el fin, nosotros lo conducimos en triunfo a la
gloria del paraíso. 20. Estos vestidos de brocado, tan
hermosos, que llevamos, nos han sido dados a cambio de la
aspereza de las túnicas que llevábamos pacientemente en
la vida religiosa; y la gloriosa claridad en que nos ves
envueltos nos ha sido dada por Dios como premio a la
penitencia humilde y a la santa pobreza, obediencia y
castidad que hemos guardado hasta el fin. Por tanto,
hijo, no te debe resultar penoso llevar el saco de la
Orden, tan provechoso, ya que si, por amor de Cristo,
desprecias el mundo, y mortificas la carne, y luchas
valerosamente contra el demonio, tú también tendrás un
día un vestido igual e igual claridad de gloria. 20. Dichas estas palabras, el joven
volvió en sí mismo, y, animado con esta visión, echó
de sí toda tentación, reconoció su culpa ante el
guardián y los hermanos, y de allí en adelante deseó
la aspereza de la penitencia y de los vestidos; y
terminó su vida en la Orden en grandísima santidad. En
alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXI Cómo San Francisco amansó,
por virtud divina, un lobo ferocísimo 21. En el tiempo en que San
Francisco moraba en la ciudad de Gubbio, apareció en la
comarca un grandísimo lobo, terrible y feroz, que no
sólo devoraba los animales, sino también a los hombres;
hasta el punto de que tenía aterrorizados a todos los
habitantes, porque muchas veces se acercaba a la ciudad.
Todos iban armados cuando salían de la ciudad, como si
fueran a la guerra; y aun así, quien topaba con él
estando solo no podía defenderse. Era tal el terror, que
nadie se aventuraba a salir de la ciudad. 21. San Francisco, movido a
compasión de la gente del pueblo, quiso salir a
enfrentarse con el lobo, desatendiendo los consejos de
los habitantes, que querían a todo trance disuadirle. Y,
haciendo la señal de la cruz, salió fuera del pueblo
con sus compañeros, puesta en Dios toda su confianza.
Como los compañeros vacilaran en seguir adelante, San
Francisco se encaminó resueltamente hacia el lugar donde
estaba el lobo. Cuando he aquí que, a la vista de muchos
de los habitantes, que habían seguido en gran número
para ver este milagro, el lobo avanzó al encuentro de
San Francisco con la boca abierta; acercándose a él,
San Francisco le hizo la señal de la cruz, lo llamó a
sí y le dijo: 21. ¡Ven aquí, hermano lobo! Yo
te mando, de parte de Cristo, que no hagas daño ni a mí
ni a nadie. ¡Cosa admirable! Apenas trazó la cruz San
Francisco, el terrible lobo cerró la boca, dejó de
correr y, obedeciendo la orden, se acercó mansamente,
como un cordero, y se echó a los pies de San Francisco.
Entonces, San Francisco le habló en estos términos: 21. Hermano lobo, tú estás
haciendo daño en esta comarca, has causado grandísimos
males maltratando y matando las criaturas de Dios sin su
permiso; y no te has contentado con matar y devorar las
bestias, sino que has tenido el atrevimiento de dar
muerte y causar daño a los hombres, hechos a imagen de
Dios. Por todo ello has merecido la horca como ladrón y
homicida malvado. Toda la gente grita y murmura contra ti
y toda la ciudad es enemiga tuya. Pero yo quiero, hermano
lobo, hacer las paces entre ti y ellos, de manera que tú
no les ofendas en adelante, y ellos te perdonen toda
ofensa pasada, y dejen de perseguirte hombres y perros. 21. Ante estas palabras, el lobo,
con el movimiento del cuerpo, de la cola y de las orejas
y bajando la cabeza, manifestaba aceptar y querer cumplir
lo que decía San Francisco. Díjole entonces San
Francisco: 21. Hermano lobo, puesto que estás
de acuerdo en sellar y mantener esta paz, yo te prometo
hacer que la gente de la ciudad te proporcione
continuamente lo que necesitas mientras vivas, de modo
que no pases ya hambre; porque sé muy bien que por
hambre has hecho el mal que has hecho. Pero, una vez que
yo te haya conseguido este favor, quiero, hermano lobo,
que tú me prometas que no harás daño ya a ningún
hombre del mundo y a ningún animal. ¿Me lo prometes? 21. El lobo, inclinando la cabeza,
dio a entender claramente que lo prometía. San Francisco
le dijo: Hermano lobo, quiero que me des fe de esta
promesa, para que yo pueda fiarme de ti plenamente.
Tendióle San Francisco la mano para recibir la fe, y el
lobo levantó la pata delantera y la puso mansamente
sobre la mano de San Francisco, dándole la señal de fe
que le pedía. Luego le dijo San Francisco: Hermano lobo,
te mando, en nombre de Jesucristo, que vengas ahora
conmigo sin temor alguno; vamos a concluir esta paz en el
nombre de Dios. 21. El lobo, obediente, marchó con
él como manso cordero, en medio del asombro de los
habitantes. Corrió rápidamente la noticia por toda la
ciudad; y todos, grandes y pequeños, hombres y mujeres,
jóvenes y viejos, fueron acudiendo a la plaza para ver
el lobo con San Francisco. Cuando todo el pueblo se hubo
reunido, San Francisco se levantó y les predicó,
diciéndoles, entre otras cosas, cómo Dios permite tales
calamidades por causa de los pecados; y que es mucho más
de temer el fuego del infierno, que ha de durar
eternamente para los condenados, que no la ferocidad de
un lobo, que sólo puede matar el cuerpo; y si la boca de
un pequeño animal infunde tanto miedo y terror a tanta
gente, cuánto más de temer no será la boca del
infierno. "Volveos, pues, a Dios, carísimos, y
haced penitencia de vuestros pecados, y Dios os librará
del lobo al presente y del fuego infernal en el
futuro." 21. Terminado el sermón,
dijo San Francisco: Escuchad, hermanos míos: el hermano
lobo, que está aquí ante vosotros, me ha prometido y
dado su fe de hacer paces con vosotros y de no dañaros
en adelante en cosa alguna si vosotros os comprometéis a
darle cada día lo que necesita. Yo salgo fiador por él
de que cumplirá fielmente por su parte el acuerdo de
paz. Entonces, todo el pueblo, a una voz, prometió
alimentarlo continuamente. Y San Francisco dijo al lobo
delante de todos: 21. Y tú, hermano lobo,
¿me prometes cumplir para con ellos el acuerdo de paz,
es decir, que no harás daño ni a los hombres, ni a los
animales, ni a criatura alguna? El lobo se arrodilló y
bajó la cabeza, manifestando con gestos mansos del
cuerpo, de la cola y de las orejas, en la forma que
podía, su voluntad de cumplir todas las condiciones del
acuerdo. Añadió San Francisco: 21. Hermano lobo, quiero
que así como me has dado fe de esta promesa fuera de las
puertas de la ciudad, vuelvas ahora a darme fe delante de
todo el pueblo de que yo no quedaré engañado en la
palabra que he dado en nombre tuyo. Entonces, el lobo,
alzando la pata derecha, la puso en la mano de San
Francisco. Este acto y los otros que se han referido
produjeron tanta admiración y alegría en todo el
pueblo, así por la devoción del Santo como por la
novedad del milagro y por la paz con el lobo, que todos
comenzaron a clamar al cielo, alabando y bendiciendo a
Dios por haberles enviado a San Francisco, el cual, por
sus méritos, los había librado de la boca de la bestia
feroz. 21. El lobo siguió
viviendo dos años en Gubbio; entraba mansamente en las
casas de puerta en puerta, sin causar mal a nadie y sin
recibirlo de ninguno. La gente lo alimentaba
cortésmente, y, aunque iba así por la ciudad y por las
casas, nunca le ladraban los perros. Por fin, al cabo de
dos años, el hermano lobo murió de viejo; los
habitantes lo sintieron mucho, ya que, al verlo andar tan
manso por la ciudad, les traía a la memoria la virtud y
la santidad de San Francisco . CAPÍTULO XXII Cómo San Francisco
domesticó unas tórtolas silvestres 22. Cierto muchacho había
apresado un día muchas tórtolas y las llevaba a vender.
Encontróse con él San Francisco, que sentía especial
ternura por los animales mansos, y, mirando las tórtolas
con ojos compasivos, dijo al muchacho: ¡Oye, buen
muchacho; dame, por favor, esas aves tan inocentes, que
en la Sagrada Escritura representan a las almas castas,
humildes y fieles, para que no vengan a parar en manos
crueles que les den muerte! 22. El muchacho, impulsado
por Dios, le dio al punto todas a San Francisco, y él
las recibió en el seno y comenzó a hablar con ellas
dulcemente: ¡Oh hermanas mías tórtolas, sencillas,
inocentes y castas! ¿Por qué os habéis dejado coger?
Yo quiero ahora libraros de la muerte, y os haré nidos
para que os multipliquéis y deis fruto, conforme al
mandato de vuestro Creador. 22. Y San Francisco les
hizo nido a todas. Ellas se domesticaron, y comenzaron a
poner huevos y a empollar a la vista de los hermanos. Y
vivían y alternaban familiarmente con San Francisco y
los demás hermanos como si fueran gallinas alimentadas
siempre por ellos. Y no se marcharon hasta que San
Francisco les dio licencia para irse con su bendición.
Al muchacho que se las había dado dijo San Francisco:
Hijo mío, tú llegarás a ser hermano menor en esta
Orden y servirás en gracia a Jesucristo. Y así
sucedió: aquel joven se hizo religioso y vivió en la
Orden con grande santidad. En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XXIII Cómo San
Francisco, estando en oración, vio al demonio entrar en
un hermano 23. Estaba una vez San
Francisco en oración en el convento de la Porciúncula,
y vio, por divina revelación, todo el convento rodeado y
asediado por los demonios como por un grande ejército;
pero ninguno de ellos lograba entrar en el convento,
porque todos aquellos hermanos eran de tanta santidad,
que los demonios no hallaban por dónde penetrar. Pero
ellos perseveraban en su empeño; y he aquí que uno de
los hermanos tuvo un enfado con otro, y andaba maquinando
cómo poder acusarlo y vengarse de él. Y este mal
pensamiento fue la brecha que vio abierta el demonio;
así pudo penetrar en el convento y fue a ponerse en el
cuello de aquel hermano. 23. El pastor amante y
solícito, que velaba de continuo sobre su grey, viendo
que el lobo había entrado para devorar su ovejita, hizo
llamar en seguida a aquel hermano y le ordenó que
descubriera allí mismo el veneno del odio que había
concebido contra el prójimo, y que le había hecho caer
en las manos del enemigo. 23. Quedó él espantado al verse conocido por el Padre santo, declaró todo el veneno de su rencor, reconoció su culpa y pidió humildemente penitencia y misericordia. Hecho esto, una vez que él fue absuelto del pecado y recibió la penitencia, inmediatamente huyó el demonio ante San Francisco. El hermano, librado así de las manos de la bestia cruel por la bondad del buen pastor, dio gracias a Dios y, volviendo corregido y amaestrado a la grey del santo pastor, vivió en adelante en grande santidad. En alabanza de Cristo. Amén. |
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