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Florecillas de San Francisco - Parte Ia |
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| Las Florecillas de San Francisco, escrito por un autor desconocido en dialecto toscano en la segunda mitad del siglo XVI, es una antología de los hechos y milagros de San Francisco de Asís y sus Compañeros. | |||||||||||||||||||
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PARTE PRIMERA En el nombre de nuestro Señor
Jesucristo crucificado y de su madre la Virgen María. Este
libro contiene ciertas florecillas, milagros y ejemplos
devotos del glorioso pobrecillo de Cristo messer San
Francisco y de algunos de sus santos compañeros. En
alabanza de Cristo. Amén CAPÍTULO I Los doce primeros compañeros de
San Francisco 1. Primeramente se ha de considerar
que el glorioso messer San Francisco, en todos los hechos
de su vida, fue conforme a Cristo bendito; porque lo
mismo que Cristo en el comienzo de su predicación
escogió doce apóstoles, llamándolos a despreciar todo
lo que es del mundo y a seguirle en la pobreza y en las
demás virtudes, así San Francisco, en el comienzo de la
fundación de su Orden, escogió doce compañeros que
abrazaron la altísima pobreza. 1. Y lo mismo que uno de los doce
apóstoles de Cristo, reprobado por Dios acabó por
ahorcarse , así uno de los doce compañeros de San
Francisco, llamado hermano Juan de Cappella, apostató y,
por fin, se ahorcó . Lo cual sirve de grande ejemplo y
es motivo de humildad y de temor para los elegidos, ya
que pone de manifiesto que nadie puede estar seguro de
perseverar hasta el fin en la gracia de Dios. Y de la
misma manera que aquellos santos apóstoles admiraron al
mundo por su santidad y estuvieron llenos del Espíritu
Santo, así también los santísimos compañeros de San
Francisco fueron hombres de tan gran santidad, que desde
el tiempo de los apóstoles no ha conocido el mundo otros
tan admirables y tan santos. 1. En efecto, alguno de ellos fue
arrebatado hasta el tercer cielo, como San Pablo, y éste
fue el hermano Gil; a otro, el hermano Felipe Longo, le
fueron tocados los labios con una brasa, como al profeta
Isaías; otro, el hermano Silvestre, hablaba con Dios
como lo hace un amigo con su amigo, como lo hacía
Moisés; otro volaba con la sutileza de su entendimiento
hasta la luz de la sabiduría divina como el águila, o
sea, Juan Evangelista, y éste fue el humildísimo
hermano Bernardo, que explicaba con gran profundidad la
Sagrada Escritura; otro fue santificado por Dios y
canonizado en el cielo cuando aún vivía en la tierra, y
éste fue el caballero de Asís hermano Rufino. Y así,
todos se distinguieron por singulares señales de
santidad, como se irá viendo seguidamente. CAPÍTULO II Cómo messer Bernardo, primer
compañero de San Francisco, se convirtió a penitencia 2. El primer compañero de San
Francisco fue el hermano Bernardo de Asís, cuya
conversión fue de la siguiente manera: San Francisco
vestía todavía de seglar, si bien había ya roto con el
mundo, y se presentaba con un aspecto despreciable y
macilento por la penitencia; tanto que muchos lo tenían
por fatuo y lo escarnecían como loco; sus propios
parientes y los extraños lo ahuyentaban tirándole
piedras y barro; pero él soportaba pacientemente toda
clase de injurias y burlas, como si fuera sordo y mudo.
Messer Bernardo de Asís, que era de los más nobles,
ricos y sabios de la ciudad, fue poniendo atención en
aquel extremo desprecio del mundo y en la gran paciencia
de San Francisco ante las injurias, y, viendo que, al
cabo de dos años de soportar escarnios y desprecios de
toda clase de personas, aparecía cada día más
constante y paciente, comenzó a pensar y decirse a sí
mismo: 2. Imposible que este Francisco no
tenga grande gracia de Dios. Y así, una noche lo
convidó a cenar y a dormir en su casa. Y San Francisco
aceptó; cenó y durmió aquella noche en casa de él.
Entonces, messer Bernardo quiso aprovechar la ocasión
para comprobar su santidad. Le hizo preparar una cama en
su propio cuarto, alumbrado toda la noche por una
lámpara. San Francisco, con el fin de ocultar su
santidad, en cuanto entró en el cuarto, se echó en la
cama e hizo como que dormía; poco después se acostó
también messer Bernardo y comenzó a roncar fuertemente
como si estuviera profundamente dormido. Entonces, San
Francisco, convencido de que dormía messer Bernardo,
dejó la cama al primer sueño y se puso en oración,
levantando los ojos y las manos al cielo, y decía con
grandísima devoción y fervor: "¡Dios mío, Dios
mío!" 2. Y así estuvo hasta el amanecer,
diciendo siempre entre copiosas lágrimas: "¡Dios
mío!", sin añadir más . y esto lo decía
San Francisco contemplando y admirando la excelencia de
la majestad divina, que se dignaba inclinarse sobre el
mundo en perdición, y se proponía proveer de remedio,
por medio de su pobrecillo Francisco, a la salud suya y
de tantos otros. Por esto, iluminado de espíritu de
profecía, previendo las grandes cosas que Dios había de
realizar mediante él y su Orden y considerando su propia
insuficiencia y poca virtud, clamaba y rogaba a Dios que
con su piedad y omnipotencia, sin la cual nada puede la
humana fragilidad, viniera a suplir, ayudar y completar
lo que él por sí mismo no podía. 2. Messer Bernardo veía, a la luz
de la lámpara, los actos de devoción de San Francisco,
y, considerando con atención las palabras que decía, se
sintió tocado e impulsado por el Espíritu Santo a mudar
de vida. Así fue que, llegado el día, llamó a San
Francisco y le dijo: Hermano Francisco: he decidido en mi
corazón dejar el mundo y seguirte en la forma que tú me
mandes. 2. San Francisco, al oírle, se
alegró en el espíritu y le habló así: Messer
Bernardo, lo que me acabáis de decir es algo tan grande
y tan serio, que es necesario pedir para ello el consejo
de nuestro Señor Jesucristo, rogándole tenga a bien
mostrarnos su voluntad y enseñarnos cómo lo podemos
llevar a efecto. Vamos, pues, los dos al obispado; allí
hay un buen sacerdote, a quien pediremos diga la misa, y
después permaneceremos en oración hasta la hora de
tercia, rogando a Dios que, al abrir tres veces el misal,
nos haga ver el camino que a El le agrada que sigamos. 2. Respondió messer Bernardo que
lo haría de buen grado. Así, pues, se pusieron en
camino y fueron al obispado . Oída la misa y
habiendo estado en oración hasta la hora de tercia, el
sacerdote, a ruegos de San Francisco, tomó el misal y,
haciendo la señal de la cruz, lo abrió por tres veces
en el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Al abrirlo la
primera vez salieron las palabras que dijo Jesucristo en
el Evangelio al joven que le preguntaba sobre el camino
de la perfección: Si quieres ser perfecto, anda,
vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y luego ven
y sígueme . La segunda vez salió lo que Cristo dijo
a los apóstoles cuando los mandó a predicar: No
llevéis nada para el camino, ni bastón, ni alforja, ni
calzado, ni dinero , queriendo con esto hacerles
comprender que debían poner y abandonar en Dios todo
cuidado de la vida y no tener otra mira que predicar el
santo Evangelio. Al abrir por tercera vez el misal dieron
con estas palabras de Cristo: El que quiera venir en
pos de mí, renuncie a si mismo, tome su cruz y
sígame . Entonces dijo San Francisco a messer Bernardo: 2. Ahí tienes el consejo que nos
da Cristo. Anda, pues, y haz al pie de la letra lo que
has escuchado; y bendito sea nuestro Señor Jesucristo,
que se ha dignado indicarnos su camino evangélico. En
oyendo esto, fuese messer Bernardo, vendió todos sus
bienes, que eran muchos, y con grande alegría
distribuyó todo a los pobres, a las viudas, a los
huérfanos, a los peregrinos, a los monasterios y a los
hospitales. Y en todo le ayudaba, fiel y próvidamente,
San Francisco . 2. Viendo uno, por nombre
Silvestre, que San Francisco daba y hacía dar tanto
dinero a los pobres, acuciado de la codicia, dijo a San
Francisco: No me has terminado de pagar aquellas piedras
que me compraste para reparar las iglesias; ahora que
tienes dinero, págamelas. San Francisco se sorprendió
de semejante avaricia, y, no queriendo altercar con él,
como verdadero cumplidor del Evangelio , metió las manos
en la faltriquera de messer Bernardo y, llenándolas de
monedas, las hundió en la de messer Silvestre,
diciéndole que, si más quisiera, más le daría. 2. Messer Silvestre quedó
satisfecho y se fue con el dinero a casa. Pero por la
noche, al recordar lo que había hecho durante el día,
se arrepintió de su avaricia y se puso a pensar en el
fervor de messer Bernardo y en la santidad de San
Francisco; a la noche siguiente y por otras dos noches
recibió de Dios esta visión: de la boca de San
Francisco salía una cruz de oro, cuya parte superior
llegaba hasta el cielo, mientras que los brazos se
extendían del oriente al occidente. Movido por esta
visión, dio, por amor de Dios, todo lo que tenía y se
hizo hermano menor; y llegó en la Orden a tanta santidad
y gracia, que hablaba con Dios como un amigo habla con su
amigo, como lo comprobó repetidas veces San Francisco y
se dirá más adelante. 2. Asimismo, messer Bernardo
recibió de Dios tanta gracia, que con frecuencia era
arrebatado en Dios durante la contemplación; y San
Francisco decía de él que era digno de toda
consideración y que era él quien había fundado esta
Orden, porque fue el primero en abandonar el mundo sin
reservarse cosa alguna, sino dándolo todo a los pobres
de Cristo; él fue el iniciador de la pobreza evangélica
al ofrecerse a sí mismo, despojado totalmente, en los
brazos del Crucificado. El cual sea bendecido de nosotros
por los siglos de los siglos. Amen. CAPÍTULO III Cómo San Francisco, queriendo
hablar al hermano Bernardo, lo halló todo arrebatado en
Dios 3. El devotísimo siervo del
Crucificado, San Francisco, con el rigor de la penitencia
y el continuo llorar, había quedado casi cielo y no
veía apenas. Una vez, entre otras, partió del lugar en
que estaba y fue a otro lugar , donde se hallaba
el hermano Bernardo, para hablar con él de las cosas
divinas; llegado al lugar, supo que estaba en el bosque
en oración, todo elevado y absorto en Dios. San
Francisco fue al bosque y le llamó: ¡Ven y habla a este
ciego! 3. Y el hermano Bernardo no le
respondió. Es que estaba con la mente absorta y elevada
en Dios, por ser hombre de grande contemplación. Y por
lo mismo que tenía gracia particular para hablar de
Dios, como lo había comprobado muchas veces San
Francisco, deseaba hablar con él. Al cabo de un rato le
llamó segunda y tercera vez de la misma manera, pero
tampoco ahora le oyó el hermano Bernardo, por lo cual no
respondió ni vino a su encuentro. En vista de esto, San
Francisco se volvió un tanto desconsolado, muy
extrañado y quejoso en su interior de que el hermano
Bernardo, habiéndole llamado tres veces, no hubiera
venido a su encuentro. 3. Retiróse con este pensamiento
San Francisco, y cuando se hubo alejado un poco, dijo a
su compañero: Espérame aquí. Y se fue a un lugar
solitario próximo; se postró en oración, pidiendo al
Señor que le revelase por qué el hermano Bernardo no le
había respondido. Estando así, le vino una voz de Dios
que le dijo: iOh pobre hombrecillo! ¿Por qué te has
turbado? ¿Acaso debe dejar el hombre a Dios por la
creatura? El hermano Bernardo, cuando tú lo llamabas,
estaba conmigo, y por eso no podía ir a tu encuentro ni
responderte. No te extrañes, pues, de que no pudiera
hablarte, ya que estaba tan fuera de sí, que no oía
ninguna de tus palabras. 3. Recibida esta respuesta de Dios,
San Francisco volvió en seguida apresuradamente a donde
estaba el hermano Bernardo para acusarse humildemente del
pensamiento que había tenido acerca de él. Al verlo
venir hacia sí, el hermano Bernardo le salió al
encuentro y se echó a sus pies. San Francisco le obligó
a levantarse y le contó con gran humildad el
pensamiento y la gran turbación que había tenido contra
él y cómo el Señor le había reprendido por ello. Y
terminó: Te ordeno, por santa obediencia, que hagas lo
que voy a mandarte. 3. El hermano Bernardo, temiendo
que San Francisco le impusiera alguna cosa
demasiado fuerte, como solía hacerlo, quiso buenamente
evitar aquella obediencia, y le respondió: Estoy pronto
a obedecerte, si tú me prometes también hacer lo que yo
te mande. San Francisco se lo prometió. Y dijo el
hermano Bernardo. Di entonces, Padre, lo que quieres que
yo haga. 3. Te mando por santa obediencia -
dijo San Francisco - que, para castigar mi presunción y
el atrevimiento de mi corazón, al echarme yo ahora boca
arriba, me pongas un pie sobre el cuello y el otro sobre
la boca, y así pasarás tres veces de un lado al otro
insultándome y despreciándome; sobre todo, me dirás:
"¡Aguanta ahí, bellaco, hijo de Pedro Bernardone!
¿De dónde te viene a ti semejante soberbia, siendo una
vilísima creatura?" 3.Oyendo esto el hermano Bernardo,
aunque le resultaba muy duro ejecutarlo, para no
sustraerse a la santa obediencia, cumplió con la mayor
delicadeza que pudo lo que San Francisco le había
mandado. Cuando terminó, le dijo San Francisco: Ahora
mándame lo que quieres que yo haga, ya que he prometido
obedecerte. Te mando, por santa obediencia - dijo el
hermano Bernardo - , que siempre que estemos juntos me
corrijas y reprendas ásperamente de mis defectos. 3. San Francisco se asombró de
esto, ya que el hermano Bernardo era de tanta santidad,
que le inspiraba grande respeto y no lo encontraba digno
de reprensión en ninguna cosa. Por esta razón, en
adelante San Francisco procuraba no estar mucho con él,
a causa de dicha obediencia, a fin de no verse obligado a
decir palabra alguna de corrección a quien reconocía
adornado de tanta santidad; cuando le venía el deseo de
verlo o de oírle hablar de Dios, se apartaba de él lo
antes que podía y se iba. Causaba grandísima devoción
ver con qué caridad, miramiento y humildad el padre San
Francisco trataba y hablaba al hermano Bernardo, su hijo
primogénito. En alabanza y gloria de Cristo. Amén. CAPÍTULO IV Cómo un ángel propuso una
cuestión al hermano Elías, y, respondiéndole éste con
orgullo, fue a referírselo al hermano Bernardo 4. En los comienzos de la
fundación de la Orden, cuando aún eran pocos los
hermanos y no habían sido establecidos los conventos,
San Francisco fue, por devoción, a Santiago de Galicia,
llevando consigo algunos hermanos; entre ellos, al
hermano Bernardo . Yendo así juntos por el
camino, encontraron en un país a un pobre enfermo; San
Francisco, compadecido, dijo al hermano Bernardo: Hijo
mío, quiero que ¿e quedes aquí a servir a este
enfermo. 4. El hermano Bernardo,
arrodillándose humildemente e inclinando la cabeza,
recibió la obediencia del Padre santo y se quedó en
aquel lugar, mientras San Francisco siguió con los
demás compañeros para Santiago. Llegados allí, se
hallaban durante la noche en oración en la iglesia de
Santiago, cuando le fue revelado por Dios a San Francisco
que tenía que fundar muchos conventos por el mundo, ya
que su Orden se había de extender y crecer con una gran
muchedumbre de hermanos. Esta revelación movió a San
Francisco a fundar conventos en aquellas tierras. Y,
volviendo San Francisco por el mismo camino, encontró al
hermano Bernardo, y con él al enfermo, con el que lo
había dejado, perfectamente curado. Por lo cual, San
Francisco, al año siguiente, dio permiso al hermano
Bernardo para ir a Santiago. 4. San Francisco se retiró al
valle de Espoleto, y estaba en un eremitorio juntamente
con el hermano Maseo, el hermano Elías y algunos otros,
todos los cuales tenían buen cuidado de no molestarle ni
distraerle mientras oraba; y esto por la gran reverencia
que le profesaban y porque sabían que Dios le revelaba
cosas grandes en la oración. 4. Sucedió un día que, estando
San Francisco orando en el bosque, llegó a la puerta del
eremitorio un joven apuesto y hermoso con atuendo de
viaje, que llamó con tanta prisa, tan fuerte y tan
largo, que los hermanos se alarmaron ante tan extraño
modo de llamar. Fue el hermano Maseo a abrir la
puerta y dijo al joven: ¿De dónde vienes, hijo, que
llamas de esa forma? Parece que no has estado nunca
aquí. Pues ¿cómo hay que llamar? - respondió el
mancebo. Da tres golpes pausadamente, uno después de
otro - le dijo el hermano Maseo - ; después espera hasta
que el hermano haya tenido tiempo para rezar el
padrenuestro y llegue; si en este intervalo no viene,
llama otra vez. 4. Es que tengo mucha prisa -
repuso el mancebo - , y he llamado tan fuerte porque
tengo que hacer un viaje largo. He venido aquí para
hablar con el hermano Francisco, pero él está ahora en
contemplación en el bosque y no quiero molestarlo; pero
anda y haz venir al hermano Elías, que quiero hacerle
una pregunta, pues he oído decir que es muy sabio. Fue
el hermano Maseo y dijo al hermano Elías que aquel joven
quería estar con él. Pero el hermano Elías se
incomodó y no quiso ir. 4. El hermano Maseo quedó sin
saber qué hacer ni qué respuesta dar al joven: si
decía que el hermano no podía ir, mentía; y si decía
cómo se había incomodado y no quería ir, temía darle
mal ejemplo. Viendo que el hermano Maseo tardaba en
volver, el joven llamó otra vez lo mismo que antes. A
poco llegó el hermano Maseo a la puerta y dijo al
mancebo: No has llamado como yo te enseñé. El hermano
Elías - replicó él - no quiere venir; vete, pues, y
dile al hermano Francisco que yo he venido para hablar
con él; pero, como no quiero interrumpir su oración,
dile que me mande al hermano Elías. 4. Entonces, el hermano Maseo fue a
encontrar al hermano Francisco, que estaba orando en el
bosque con el rostro elevado hacia el cielo, y le
comunicó toda la embajada del joven y la respuesta del
hermano Elías. Aquel mancebo era un ángel de Dios en
forma humana. Entonces, San Francisco, sin cambiar de
postura ni bajar la cabeza, dijo al hermano Maseo: Anda y
dile al hermano Elías que, por obediencia, vaya en
seguida a ver a ese joven. Al oír el hermano Elías el
mandato de San Francisco, fue a la puerta muy molesto, la
abrió estrepitosamente y dijo al joven: ¿Qué es lo que
quieres? 4. Apacíguate primero - le dijo el
joven - , porque veo que estás alterado. La ira oscurece
la mente y no le permite discernir la verdad. Dime de una
vez lo que quieres! - insistió el hermano Elías. Te
pregunto - continuó el joven- si es lícito a los
seguidores del santo Evangelio comer de lo que les ponen
delante, como lo dijo Cristo a sus discípulos . Y te
pregunto, además, si le está permitido a nadie disponer
algo en contra de la libertad evangélica. ¡Eso bien me
lo sé yo! - respondió el hermano Elías altivamente - ;
pero no quiero responderte. Métete en tus cosas. 4. No sabría responder a esa
pregunta mejor que tú - dijo el Joven. A este punto, el
hermano Elías, encolerizado, cerró la puerta con rabia
y se fue. Pero luego comenzó a pensar en la pregunta y
dudaba dentro de sí, sin saber qué respuesta dar, ya
que, siendo como era vicario de la Orden, había
prescrito por medio de una constitución, en desacuerdo
con el Evangelio y con la Regla de San Francisco, que
ningún hermano de la Orden comiese carne. La cuestión
que le había sido planteada iba, pues, expresamente
contra él . No acertando a ver claro por sí mismo y
reflexionando sobre la modestia del joven al decirle que
él sabría responder a la cuestión mejor que él,
volvió a la puerta y abrió para pedir al joven la
respuesta a dicha pregunta; pero ya se había marchado.
La soberbia había hecho al hermano Elías indigno de
hablar con el ángel. 4. En esto volvió del bosque San
Francisco, a quien todo esto había sido revelado por
Dios, y reprendió fuertemente en alta voz al hermano
Elías, diciéndole: Haces mal, hermano Elías orgulloso,
echando de nosotros a los santos ángeles que vienen a
enseñarnos. A fe que temo mucho que esa soberbia te haga
acabar fuera de esta Orden. Y así sucedió, como San
Francisco se lo había predicho, ya que murió fuera de
la Orden. 4. Aquel mismo día y en la hora en
que el ángel se marchó, este mismo ángel se apareció
en aquella forma al hermano Bernardo, que volvía de
Santiago y estaba a la orilla de un grande río, y le
saludó en su lengua: ¡Dios te dé la paz, buen hermano!
No salía de su extrañeza el hermano Bernardo al ver la
apostura del joven y al escuchar el habla de su patria,
con el saludo de paz y el semblante festivo. ¿De dónde
vienes, buen joven? - le preguntó. 4. Vengo - le respondió el ángel
- de tal lugar, donde se halla San Francisco. He ido para
hablar con él; pero no he podido, porque estaba en el
bosque absorto en la contemplación de las cosas divinas,
y no he querido molestarle. En el mismo lugar están los
hermanos Maseo, Gil y Elías; y el hermano Maseo me ha
enseñado a llamar a la puerta según el estilo de los
hermanos. Pero el hermano Elías no ha querido
responderme a la pregunta que yo le he hecho; después se
ha arrepentido, ha querido escucharme, y no ha podido. 4. Luego dijo el ángel al hermano
Bernardo: ¿Por qué no pasas a la otra parte? Tengo
miedo, porque veo que hay mucha profundidad - respondió
el hermano Bernardo. Pasemos los dos juntos; no tengas
miedo - dijo el ángel. Y, tomándolo de la mano, en un
abrir y cerrar de ojos lo puso al otro lado del río.
Entonces, el hermano Bernardo cayó en la cuenta de que
era un ángel de Dios, y exclamó con gran reverencia y
gozo: ¡Oh ángel bendito de Dios!, dime cuál es tu
nombre. ¿Por qué me preguntas por mi nombre, que es
maravilloso? - respondió el ángel. 4. Dicho esto, desapareció,
dejando al hermano Bernardo muy consolado, hasta el punto
que hizo todo aquel viaje lleno de alegría. Se fijó en
el día y en la hora en que se le había aparecido el
ángel, y, llegando al lugar donde estaba San Francisco
con los compañeros mencionados, les refirió todo punto
por punto. Y conocieron con certeza que era el mismo
ángel el que aquel mismo día y en aquella hora se
había aparecido a ellos y a él. Y dieron gracias a
Dios. Amén. CAPÍTULO V Cómo el hermano Bernardo fue a
Bolonia y fundó allí un lugar 5. Puesto que San Francisco y sus
compañeros habían sido llamados y elegidos por Dios
para llevar la cruz de Cristo en el corazón y en las
obras y para predicarla con la lengua, parecían y eran,
hombres crucificados en la manera de vestir, en la
austeridad de vida y en sus acciones y obras; de ahí que
deseaban más soportar humillaciones y oprobios por el
amor de Cristo que recibir honores del mundo, muestras de
respeto y alabanzas vanas; por el contrario, se alegraban
de las injurias y se entristecían con los honores. Y
así iban por el mundo como peregrinos y forasteros, no
llevando consigo sino a Cristo crucificado. Y, puesto que
eran verdaderos sarmientos de la verdadera vid,
Jesucristo, producían copiosos y excelentes frutos en
las almas que ganaban para Dios. 5. Sucedió en los comienzos de la
Orden que San Francisco envió al hermano Bernardo a
Bolonia con el fin de que, según la gracia que Dios le
había dado, lograse allí frutos para Dios. El hermano
Bernardo, haciendo la señal de la cruz, se puso en
camino con el mérito de la santa obediencia y llegó a
Bolonia. Al verle los muchachos con el hábito raído y
basto, se burlaban de él y le injuriaban, como se hace
con un loco; y el hermano Bernardo todo lo soportaba con
paciencia y alegría por amor de Cristo. Más aún, para
recibir más escarnios, fue a colocarse de intento en la
plaza de la ciudad. Cuando se hubo sentado, se agolparon
en derredor suyo muchos chicuelos y mayores; unos le
tiraban del capucho hacia atrás, otros hacia adelante;
quién le echaba polvo, quién le arrojaba piedras; éste
lo empujaba de un lado, éste del otro. Y el hermano
Bernardo, inalterable en el ánimo y en la paciencia, con
rostro alegre, ni se quejaba ni se inmutaba. Y durante
varios días volvió al mismo lugar para soportar
semejantes cosas. 5. Y como la paciencia es obra de
perfección y prueba de la virtud, no pasó inadvertida a
un sabio doctor en leyes toda esa constancia y virtud del
hermano Bernardo, cuya serenidad no pudo alterar ninguna
molestia ni injuria; y dijo entre sí: Imposible que este
hombre no sea un santo. Y, acercándose a él, le
preguntó: ¿Quién eres tú y por qué has venido aquí? 5. El hermano Bernardo, por toda
respuesta, metió la mano en el seno, sacó la Regla de
San Francisco y se la dio para que la leyese. Cuando la
hubo leído, considerando aquel grandísimo ideal de
perfección, se volvió a sus acompañantes lleno de
estupor y admiración y dijo: Verdaderamente éste es el
más alto estado de religión que he oído jamás. Este
hombre y sus compañeros son las personas más santas de
este mundo, y obra muy mal quien le injuria, siendo así
que merece ser sumamente honrado, porque es un verdadero
amigo de Dios. 5. Y dijo al hermano Bernardo: Si
tenéis intención de asentaros en un lugar donde poder
servir a Dios a vuestro gusto, yo os lo daría de buen
grado por la salud de mi alma. Señor - respondió el
hermano Bernardo - , yo creo que esto os lo ha inspirado
nuestro Señor Jesucristo; por lo tanto, acepto
gustosamente vuestro ofrecimiento a honor de Cristo.
Entonces, dicho juez, con gran alegría y caridad, llevó
al hermano Bernardo a su casa y después le donó el
lugar que le había prometido; todo lo acomodó y
completó a su costa; y en adelante se hizo padre y
defensor especial del hermano Bernardo y de sus
compañeros. 5. El hermano Bernardo comenzó a
ser muy honrado de la gente por su vida santa; en tal
grado, que se tenía por feliz quien podía tocarle o
verle. Pero él, verdadero y humilde discípulo de Cristo
y del humilde Francisco, temió que la honra del mundo
viniera a turbar la paz y la salud de su alma, y un buen
día se marchó, y, volviendo donde San Francisco, le
dijo: Padre, ya está hecha la fundación en Bolonia.
Manda allá otros hermanos que lo mantengan y habiten,
porque yo no tenía ya allí ganancia; al contrario, por
causa de la demasiada honra que me daban, temía perder
más de lo que ganaba. 5. Entonces, San Francisco, al oír
al por menor todo cuanto Dios había obrado por medio del
hermano Bernardo, dio gracias a Dios, que de ese modo
comenzaba a acrecentar a los pobrecillos discípulos de
la cruz. Y luego envió a algunos de sus compañeros a
Bolonia y a Lombardía, los cuales fundaron muchos
lugares en diversas partes. En alabanza y reverencia del
buen Jesús. Amén. CAPÍTULO VI Cómo San Francisco bendijo al
hermano Bernardo antes de morir 6. Era tal la santidad del hermano
Bernardo, que San Francisco le profesaba gran respeto y
muchas veces lo alababa. Estando un día San Francisco en
devota oración, le fue revelado por Dios que el hermano
Bernardo, por permisión divina, habría de sostener
muchas y duras batallas de parte de los demonios; por lo
que San Francisco tuvo grande compasión de él, pues lo
amaba como a un hijo; y por muchos días oró con
lágrimas, rogando a Dios por él y recomendándolo a
Jesucristo para que obtuviera victoria contra el demonio.
Un día que oraba con esa devoción, le respondió el
Señor: 6. No temas, Francisco, porque
todas las tentaciones con que ha de ser combatido el
hermano Bernardo son permitidas por Dios para ejercicio
de su virtud y para corona de sus méritos. Y acabará
obteniendo victoria de todos los enemigos, ya que él es
uno de los comensales del reino de Dios. Esta respuesta
le dio a San Francisco grandísima alegría, y dio
gracias a Dios. Y desde entonces sintió hacia él cada
vez mayor amor y respeto. 6. Y bien se lo demostró, no sólo
durante la vida, sino también en el trance de la muerte.
Estando, en efecto, San Francisco para morir y viéndose,
como el santo patriarca Jacob, rodeado de sus hijos,
acongojados y llorosos por la partida de un padre tan
amable, preguntó: ¿Dónde está mi primogénito?
Acércate, hijo mío, para que te bendiga mi alma antes
de que yo muera. 6. Entonces, el hermano Bernardo
dijo al oído al hermano Elías, que era vicario de la
Orden: Padre, ponte a la mano derecha del Santo para que
te bendiga. Y, colocándose el hermano Elías a la mano
derecha, San Francisco, que había perdido la vista por
el demasiado llorar, posó la mano derecha sobre la
cabeza del hermano Elías y dijo: No es ésta la cabeza
de mi primogénito el hermano Bernardo. Entonces, el
hermano Bernardo se le acercó por la mano izquierda, y
San Francisco cruzó las manos, poniendo la derecha sobre
la cabeza del hermano Bernardo y la izquierda sobre la
cabeza del hermano Elías, y dijo al hermano Bernardo: 6. Bendígate el Padre de nuestro
Señor Jesucristo con toda bendición espiritual y
celestial, porque tú eres el primogénito elegido en
esta santa Orden para dar ejemplo evangélico en el
seguimiento de Cristo mediante la pobreza evangélica,
pues no sólo diste todo lo tuyo y lo distribuiste total
y libremente a los pobres por amor de Cristo, sino que te
ofreciste a ti mismo en esta Orden en sacrificio de
suavidad. Seas, pues, bendito de nuestro Señor
Jesucristo y de mí, siervo suyo pobrecillo, con
bendición eterna, en tu caminar y en tu reposar,
despierto y dormido, en vida y en muerte. Quien te
bendiga sea lleno de bendición y quien te maldiga no
quede sin castigo. Sé el jefe de tus hermanos y a tu
mandato obedezcan todos ellos; ten facultad para recibir
candidatos a la Orden y para expulsar a los que tú
quieras; y ningún hermano tenga potestad sobre ti y
tengas libertad para ir y estar donde te agrade . 6. Después de la muerte de San
Francisco, los hermanos amaron y respetaron al hermano
Bernardo como a venerable padre. Cuando estaba para
morir, acudieron muchos hermanos de diversas partes del
mundo; entre ellos, aquel angélico y divino hermano Gil,
el cual, al ver al hermano Bernardo, le dijo con
alegría: ¡Sursum corda, hermano Bernardo, sursum corda!
Y el santo hermano Bernardo encargó secretamente a un
hermano que preparase al hermano Gil un lugar apto para
la contemplación; y así se hizo. 6. Y cuando el hermano Bernardo se
halló en la hora de la muerte, hizo que lo incorporasen
y habló en estos términos a los hermanos que tenía
delante: Hermanos carísimos: no os diré muchas
palabras; pero quiero recordaros que vosotros vivís la
misma vida religiosa que yo he vivido; y un día os
hallaréis en el mismo estado en que yo ahora me hallo. Y
os digo, como lo siento en mi alma, que no querría, ni
por mil mundos como éste, haber dejado de servir a
nuestro Señor Jesucristo y a vosotros. Os suplico,
hermanos míos carísimos, que os améis los unos a los
otros. 6. Después de estas palabras y
otras buenas enseñanzas, se extendió en la cama, y su
rostro apareció resplandeciente y alegre en extremo, de
lo que todos los hermanos se maravillaron. En medio de
aquel gozo, pasó su alma santísima, coronada de gloria
de la vida presente a la vida bienaventurada de los
ángeles . En alabanza y gloria de Cristo. Amén. CAPÍTULO VII Cómo San Francisco pasó una
cuaresma en una isla del lago de Perusa con sólo medio
panecillo 7. Verdadero siervo de Dios San
Francisco, ya que en ciertas cosas fue como un segundo
Cristo dado al mundo para la salvación de los pueblos,
quiso Dios Padre hacerlo, en muchos aspectos de su vida,
conforme y semejante a su Hijo Jesucristo, como aparece
en el venerable colegio de los doce compañeros, y en el
admirable misterio de las sagradas llagas, y en el ayuno
continuo de la santa cuaresma, que realizó de la manera
siguiente: 7. Hallándose en cierta ocasión
San Francisco, el último día de carnaval, junto al lago
de Perusa en casa de un devoto suyo, donde había pasado
la noche, sintió la inspiración de Dios de ir a pasar
la cuaresma en una isla de dicho lago. Rogó, pues, San
Francisco a este devoto suyo, por amor de Cristo, que le
llevase en su barca a una isla del lago totalmente
deshabitada y que lo hiciese en la noche del miércoles
de ceniza, sin que nadie se diese cuenta. Así lo hizo
puntualmente el hombre por la gran devoción que
profesaba a San Francisco, y le llevó á dicha isla. San
Francisco no llevó consigo más que dos panecillos.
Llegados a la isla, al dejarlo el amigo para volverse a
casa, San Francisco le pidió encarecidamente que no
descubriese a nadie su paradero y que no volviese a
recogerlo hasta el día del jueves santo. Y con esto
partió, quedando solo San Francisco. 7. Como no había allí habitación
alguna donde guarecerse, se adentró en una espesura muy
tupida, donde las zarzas y los arbustos formaban una
especie de cabaña, a modo de camada; y en este sitio se
puso a orar y a contemplar las cosas celestiales. Allí
se estuvo toda la cuaresma sin comer otra cosa que la
mitad de uno de aquellos panecillos, como pudo comprobar
el día de jueves santo aquel mismo amigo al ir a
recogerlo; de los dos panes halló uno entero y la mitad
del otro. Se cree que San Francisco lo comió por respeto
al ayuno de Cristo bendito, que ayunó cuarenta días y
cuarenta noches, sin tomar alimento alguno material.
Así, comiendo aquel medio pan, alejó de sí el veneno
de la vanagloria, y ayunó, a ejemplo de Cristo, cuarenta
días y cuarenta noches. 7. Más tarde, en aquel lugar donde
San Francisco había hecho tan admirable abstinencia,
Dios realizó, por sus méritos, muchos milagros, por lo
cual la gente comenzó a construir casas y a vivir allí.
En poco tiempo se formó una aldea buena y grande. Allí
hay un convento de los hermanos que se llama el convento
de la Isla . Todavía hoy los hombres y las
mujeres de esa aldea veneran con gran devoción aquel
lugar en que San Francisco pasó dicha cuaresma. En
alabanza de Cristo bendito. Amén. CAPÍTULO VIII Cómo San Francisco enseñó
al hermano León en qué consiste la alegría perfecta 8. Iba una vez San Francisco con el
hermano León de Perusa a Santa María de los Ángeles en
tiempo de invierno. Sintiéndose atormentado por la
intensidad del frío, llamó al hermano León, que
caminaba un poco delante , y le habló así: ¡Oh
hermano León!: aun cuando los hermanos menores dieran en
todo el mundo grande ejemplo de santidad y de buena
edificación, escribe y toma nota diligentemente que no
está en eso la alegría perfecta. 8. Siguiendo más adelante, le
llamó San Francisco segunda vez: ¡Oh hermano León!:
aunque el hermano menor devuelva la vista a los ciegos,
enderece a los tullidos, expulse a los demonios, haga
oír a los sordos, andar a los cojos, hablar a los mudos
y, lo que aún es más, resucite a un muerto de cuatro
días, escribe que no está en eso la alegría perfecta. 8. Caminando luego un poco más,
San Francisco gritó con fuerza: ¡Oh hermano León!:
aunque el hermano menor llegara a saber todas las
lenguas, y todas las ciencias, y todas las Escrituras,
hasta poder profetizar y revelar no sólo las cosas
futuras, sino aun los secretos de las conciencias y de
las almas, escribe que no es ésa la alegría perfecta. 8. Yendo un poco más adelante, San
Francisco volvió a llamarle fuerte: ¡Oh hermano León,
ovejuela de Dios!: aunque el hermano menor hablara la
lengua de los ángeles, y conociera el curso de las
estrellas y las virtudes de las hierbas, y le fueran
descubiertos todos los tesoros de la tierra, y conociera
todas las propiedades de las aves y de los peces y de
todos los animales, y de los hombres, y de los árboles,
y de las piedras, y de las raíces, y de las aguas,
escribe que no está en eso la alegría perfecta. 8. Y, caminando todavía otro poco,
San Francisco gritó fuerte: ¡Oh hermano León!: aunque
el hermano menor supiera predicar tan bien que llegase a
convertir a todos los infieles a la fe de Jesucristo,
escribe que ésa no es la alegría perfecta. Así fue
continuando por espacio de dos millas. Por fin, el
hermano León, lleno de asombro, le preguntó: Padre, te
pido, de parte de Dios, que me digas en que está la
alegría perfecta. Y San Francisco le respondió: 8.Si, cuando lleguemos a Santa
María de los Ángeles, mojados como estamos por la
lluvia y pasmados de frío, cubiertos de lodo y
desfallecidos de hambre, llamamos a la puerta del lugar y
llega malhumorado el portero y grita: "¿Quiénes
sois vosotros?" Y nosotros le decimos: "Somos
dos de vuestros hermanos". Y él dice:
"¡Mentira! Sois dos bribones que vais engañando al
mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Fuera de
aquí!" Y no nos abre y nos tiene allí fuera
aguantando la nieve y la lluvia, el frío y el hambre
hasta la noche. Si sabemos soportar con paciencia, sin
alterarnos y sin murmurar contra él, todas esas
injurias, esa crueldad y ese rechazo, y si, más bien,
pensamos, con humildad y caridad, que el portero nos
conoce bien y que es Dios quien le hace hablar así
contra nosotros, escribe ¡oh hermano León! que aquí
hay alegría perfecta. 8. Y si nosotros seguimos llamando,
y él sale fuera furioso y nos echa entre insultos y
golpes, como a indeseables importunos, diciendo:
"¡Fuera de aquí, ladronzuelos miserables; id al
hospital, porque aquí no hay comida ni hospedaje para
vosotros!" Si lo sobrellevamos con paciencia y
alegría y en buena caridad, ¡oh hermano León!, escribe
que aquí hay alegría perfecta. 8. Y si nosotros, obligados por el
hambre y el frío de la noche, volvemos todavía a
llamar, gritando y suplicando entre llantos por el amor
de Dios, que nos abra y nos permita entrar, y él más
enfurecido dice: "¡Vaya con estos pesados
indeseables! Yo les voy a dar su merecido". Y sale
fuera con un palo nudoso y nos coge por el capucho, y nos
tira a tierra, y nos arrastra por la nieve, y nos apalea
con todos los nudos de aquel palo; si todo esto lo
soportamos con paciencia y con gozo, acordándonos de los
padecimientos de Cristo bendito, que nosotros hemos de
sobrellevar por su amor, ¡oh hermano León!, escribe que
aquí hay alegría perfecta. 8. Y ahora escucha la conclusión,
hermano León: por encima de todas las gracias y de todos
los dones del Espíritu Santo que Cristo concede a sus
amigos, está el de vencerse a sí mismo y de sobrellevar
gustosamente, por amor de Cristo Jesús, penas, injurias,
oprobios e incomodidades. Porque en todos los demás
dones de Dios no podemos gloriarnos, ya que no son
nuestros, sino de Dios; por eso dice el Apóstol: ¿Qué
tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has
recibido de El, por qué te glorías como si lo tuvieras
de ti mismo? Pero en la cruz de la tribulación y de
la aflicción podemos gloriarnos, ya que esto es nuestro;
por lo cual dice el Apóstol: No me quiero
gloriar sino en la cruz de Cristo. A él sea siempre
loor y gloria por los siglos de los siglos. Amén. CAPÍTULO IX Cómo San Francisco y el
hermano León rezaron maitines sin breviario 9. En los comienzos de la Orden
estaba una vez San Francisco con el hermano León en un
eremitorio donde no tenían los libros para rezar el
oficio divino. Llegada la hora de los maitines, dijo San
Francisco al hermano León: Carísimo, no tenemos
breviario para rezar los maitines; pero vamos a emplear
el tiempo en la alabanza de Dios. A lo que yo diga, tú
responderás tal como yo te enseñaré; y ten cuidado de
no cambiar las palabras en forma diversa de como yo te
las digo. Yo diré así: "¡Oh hermano Francisco!,
tú cometiste tantas maldades y tantos pecados en el
siglo, que eres digno del infierno". Y tú, hermano
León, responderás: "Así es verdad: mereces estar
en lo más profundo del infierno". 9. De muy buena gana, Padre.
Comienza en nombre de Dios - respondió el hermano León
con sencillez columbina. Entonces, San Francisco comenzó
a decir: ¡Oh hermano Francisco!: tú cometiste tantos
pecados en el mundo, que eres digno del infierno. Y el
hermano León respondió: Dios hará por medio de ti
tantos bienes, que irás al paraíso. 9. No digas eso, hermano León -
repuso San Francisco - , sino cuando yo diga: "¡Oh
hermano Francisco!, tú has cometido tantas cosas inicuas
contra Dios, que eres digno de ser arrojado por Dios como
maldito", tú responderás así: "Así es
verdad: mereces estar con los malditos". De muy
buena gana, Padre - respondió el hermano León.
Entonces, San Francisco, entre muchas lágrimas y
suspiros y golpes de pecho dijo en voz alta. 9. ¡Oh Señor mío, Dios del cielo
y de la tierra!: yo he cometido contra ti tantas
iniquidades y tantos pecados, que ciertamente he merecido
ser arrojado de ti como maldito. Y el hermano León
respondió: ¡Oh hermano Francisco!; Dios te hará ser
tal, que, entre los benditos, tu serás singularmente
bendecido. San Francisco, sorprendido al ver que el
hermano León respondía siempre lo contrario de lo que
él le había mandado, le reprendió, diciéndole: 9. ¿Por qué no respondes como yo
te indico? Te mando, por santa obediencia, que respondas
como yo te digo. Yo diré así "¡Oh hermano
Francisco granuja! ¿Crees que Dios tendrá misericordia
de ti? Porque tú has cometido tantos pecados contra el
Padre de las misericordias y el Dios de toda
consolación, que no mereces hallar misericordia". Y
tú, hermano León, ovejuela, responderás: "De
ninguna manera eres digno de hallar misericordia". 9. Pero luego, al decir San
Francisco: "Oh hermano Francisco granuja!...",
etc., el hermano León respondió: Dios Padre, cuya
misericordia es infinita más que tu pecado, usará
contigo de gran misericordia, y todavía añadirá muchas
otras gracias. A esta respuesta, San Francisco,
dulcemente enojado y molesto sin impacientarse, dijo al
hermano León: ¿Cómo tienes la presunción de obrar
contra la obediencia, y tantas veces has respondido lo
contrario de lo que yo te he mandado? 9. Dios sabe, Padre mío -
respondió el hermano León con mucha humildad y
reverencia - , que cada vez me disponía a responder como
tú me lo mandabas; pero Dios me hace hablar como a El le
agrada y no como yo quiero. San Francisco se maravilló
de esto y dijo al hermano León: Te ruego, por caridad,
que esta vez me respondas como te he dicho. Habla en
nombre de Dios, y te aseguro que esta vez responderé tal
como quieres - replicó el hermano León. 9. Y San Francisco dijo entre
lágrimas: "Oh hermano Francisco granuja! ¿Crees
que Dios tendrá misericordia de ti? Muy al contrario -
respondió el hermano León -, recibirás grandes gracias
de Dios, y El te ensalzará y te glorificará
eternamente, porque el que se humilla será ensalzado. Y
yo no puedo decir otra cosa, porque es Dios quien habla
por mi boca. Así, en esta humilde porfía, velaron hasta
el amanecer, con muchas lágrimas y consuelo espiritual.
En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO X Cómo el hermano Maseo quiso
poner a prueba la humildad de San Francisco 10. Se hallaba San Francisco en el
lugar de la Porciúncula con el hermano Maseo de
Marignano, hombre de gran santidad y discreción y dotado
de gracia para hablar de Dios; por ello lo amaba mucho
San Francisco. Un día, al volver San Francisco del
bosque, donde había ido a orar, el hermano Maseo quiso
probar hasta dónde llegaba su humildad; le salió al
encuentro y le dijo en tono de reproche: ¿Por qué a ti?
¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti? 10. ¿Qué quieres decir con eso? -
repuso San Francisco. Y el hermano Maseo: Me pregunto
¿por qué todo el mundo va detrás de ti y no parece
sino que todos pugnan por verte, oírte y obedecerte? Tú
no eres hermoso de cuerpo, no sobresales por la ciencia,
no eres noble, y entonces, ¿por qué todo el mundo va en
pos de ti? Al oír esto, San Francisco sintió una grande
alegría de espíritu, y estuvo por largo espacio vuelto
el rostro al cielo y elevada la mente en Dios; después,
con gran fervor de espíritu, se dirigió al hermano
Maseo y le dijo: 10. ¿Quieres saber por qué a mí?
¿Quieres saber por qué a mí? ¿Quieres saber por qué
a mí viene todo el mundo? Esto me viene de los ojos del
Dios altísimo, que miran en todas partes a buenos y
malos, y esos ojos santísimos no han visto, entre los
pecadores, ninguno más vil ni más inútil, ni más
grande pecador que yo. Y como no ha hallado sobre la
tierra otra criatura más vil para realizar la obra
maravillosa que se había propuesto, me ha escogido a mí
para confundir la nobleza, la grandeza, y la fortaleza, y
la belleza, y la sabiduría del mundo, a fin de que quede
patente que de El, y no de creatura alguna, proviene toda
virtud y todo bien, y nadie puede gloriarse en presencia
de El, sino que quien se gloría, ha de gloriarse en
el Señor , a quien pertenece todo honor y toda
gloria por siempre. 10. El hermano Maseo, ante una
respuesta tan humilde y dicha con tanto fervor, quedó
lleno de asombro y comprobó con certeza que San
Francisco estaba bien cimentado en la verdadera humildad.
En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XI Cómo San Francisco hizo dar
vueltas al hermano Maseo para conocer el camino que
debía seguir 11. Yendo de camino un día San
Francisco con el hermano, Maseo, éste caminaba un poco
adelantado, y, al llegar a un cruce del cual se podía ir
a Siena, a Florencia y a Arezzo, dijo el hermano Maseo:
Padre, ¿qué camino hemos de seguir? El que Dios quiera
- respondió San Francisco. Y ¿cómo podremos saber
cuál es la voluntad de Dios? - repuso el hermano Maseo. 11. Por la señal que ahora verás
- dijo San Francisco - . Te mando, pues, por el mérito
de la santa obediencia, que en ese cruce, en el mismo
sitio donde tienes los pies, te pongas a dar vueltas en
redondo, como hacen los niños, y no dejes de dar vueltas
hasta que yo te diga. 11. El hermano Maseo comenzó a dar
vueltas sobre sí mismo; y tantas dio, que cayó varias
veces al suelo por el vértigo de la cabeza, que es
común en semejante juego; pero como San Francisco no le
decía que parase y él quería obedecer puntualmente,
volvía a levantarse y seguía dando vueltas. Finalmente,
cuando giraba más aprisa, dijo San Francisco. Párate y
no te muevas. El se quedó quieto. Y San Francisco:
¿Hacia qué parte tienes vuelta la cara? Hacia Siena -
respondió el hermano Maseo. Ese es el camino que Dios
quiere que sigamos - dijo San Francisco. 11. Marchando por aquel camino, el
hermano Maseo no salía de su asombro, porque San
Francisco le había obligado a hacer, a la vista de la
gente que pasaba, lo que hacen los chiquillos; pero, por
respeto, no se atrevió a decir nada al Padre santo.
Cuando se hallaban cerca de Siena, los habitantes, al
saber la llegada del Santo, le salieron al encuentro y,
con muestras de devoción, los llevaron en volandas, a
él y a su compañero, hasta el palacio del obispo, sin
dejarles tocar la tierra con los pies. 11. En aquel mismo momento, algunos
hombres de Siena estaban combatiendo entre sí, y habían
muerto ya dos de ellos; llegando San Francisco, les
predicó con tal devoción y fervor, que los indujo a
hacer las paces y a vivir en grande unidad y concordia.
Sabedor el obispo de Siena de la santa obra que había
realizado San Francisco, le invito a su casa y le
recibió con grandísimo honor, reteniéndolo aquel día
y también la noche. A la mañana siguiente, San
Francisco, que, como verdadero humilde, no se buscaba a
sí mismo en sus acciones, sino la gloria de Dios, se
levantó temprano con su compañero y partió sin saberlo
el obispo. 11. Esto le hacía ir murmurando al
hermano Maseo en su interior por el camino: "¿Qué
es lo que ha hecho este buen hombre? Me ha hecho dar
vueltas como a un chiquillo, y luego al obispo, que lo ha
tratado con tanta honra, no le ha dirigido ni siquiera
una palabra de agradecimiento". Y le parecía al
hermano Maseo que San Francisco se había comportado con
poca discreción. 11. Pero luego, entrando dentro de
sí bajo la inspiración divina, comenzó a reprenderse
en su corazón: "Eres demasiado soberbio, hermano
Maseo, al juzgar las obras divinas, y mereces el infierno
por tu indiscreta soberbia; porque ayer hizo San
Francisco tan santas acciones, que no hubieran sido más
admirables si las hubiera hecho un ángel de Dios. Por lo
tanto, aunque te mandase tirar piedras, deberías
obedecerle; lo que él ha hecho en este viaje ha sido
efecto de la bondad divina, como lo demuestra el buen
resultado que se ha seguido, ya que, de no haber puesto
en paz a los que luchaban entre sí, no sólo habrían
perecido a cuchillo muchos cuerpos, como ya se había
comenzado, sino que el diablo habría arrastrado también
muchas almas al infierno. Así, pues, tú eres muy necio
y muy orgulloso al murmurar de lo que viene
manifiestamente de la voluntad de Dios". 11. Y todas estas cosas que iba
diciendo el hermano Maseo en su interior mientras
caminaba delante, fueron reveladas por Dios a San
Francisco. Por lo cual, acercándose a él, le dijo:
Procura atenerte a las cosas que estás pensando ahora,
porque son buenas y provechosas e inspiradas por Dios;
pero aquella primera murmuración que traías antes era
ciega, vana y orgullosa, y fue el demonio quien te la
puso en el ánimo. 11. Entonces, el hermano Maseo,
persuadido de que San Francisco penetraba los secretos de
su corazón, comprendió que el espíritu de la divina
sabiduría dirigía al Padre santo en todas sus acciones.
En alabanza de Cristo. Amén. CAPÍTULO XII Cómo San Francisco quiso
humillar al hermano Maseo 12. San Francisco gustaba de
humillar al hermano Maseo, con el fin de que los muchos
dones y gracias que Dios le daba no le hiciesen
envanecerse, sino, más bien, le hiciesen crecer de
virtud en virtud a base de la humildad. Una vez que se
hallaba en un eremitorio con sus primeros compañeros,
verdaderos santos, entre los que estaba el hermano Maseo,
dijo un día a éste delante de todos: 12. Hermano Maseo, todos estos
compañeros tuyos tienen la gracia de la contemplación y
de la oración; tú, en cambio, tienes la gracia de la
predicación y el don de agradar a la gente. Quiero,
pues, que, para que ellos puedan darse a la
contemplación, te encargues tú de atender a la puerta,
a la limosna y a la cocina. Cuando los demás hermanos
estén comiendo, tú comerás a la puerta del convento,
de manera que los que vengan, ya antes de llamar, reciban
de ti algunas buenas palabras de Dios, y así no haya
necesidad de que ningún otro vaya a recibirlos. Y esto
lo harás por el mérito de la santa obediencia . 12. El hermano Maseo se quitó la
capucha, inclinó la cabeza y recibió con humildad esta
obediencia, y la fue cumpliendo durante varios días,
atendiendo juntamente a la puerta, a la limosna y a la
cocina. Pero los compañeros, siendo como eran hombres
iluminados por Dios, comenzaron a sentir en sus corazones
gran remordimiento al ver que el hermano Maseo, hombre de
tanta o más perfección que ellos, tenía que correr con
todo el peso del eremitorio, mientras ellos estaban
libres. Movidos, pues, por un mismo impulso, fueron a
rogar al Padre santo que tuviera a bien distribuir entre
ellos aquellos oficios, ya que en manera alguna podían
soportar sus conciencias que el hermano Maseo tuviera que
sobrellevar tantas fatigas. Al oírles, San Francisco dio
crédito a sus conciencias y accedió a lo que pedían.
Llamó al hermano Maseo y le dijo: 12. Hermano Maseo, tus compañeros
quieren compartir los oficios que te he encomendado;
quiero, pues, que esos oficios se repartan entre todos.
Padre - dijo el hermano Maseo con gran humildad y
paciencia - , lo que tú dispones, en todo o en parte, yo
lo acepto como venido de Dios. 12. Entonces, San Francisco, viendo
la caridad de aquellos hermanos y la humildad del hermano
Maseo, les dirigió una plática admirable sobre la
santísima humildad, enseñándoles que cuanto mayores
son los dones y las gracias que Dios nos da, tanto más
humildes debemos ser; porque, sin la humildad, ninguna
virtud es acepta a Dios. Y, hecha la plática,
distribuyó los oficios con grandísima caridad. En
alabanza de Cristo. Amén. |
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