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97×190 mm. Óleo sobre lienzo. 1797-1800. Madrid, Museo del Prado. Título: La maja desnuda. |
| Si el visitante
del Museo del Prado se detiene un rato en la sala donde se exhiben La
maja vestida y La maja desnuda de Goya, verá ir pasando gente y el
cambio de expresión que experimentan sus facciones al descubrirlas:
¡por fin las veo! o ¡están aquí! parecen decir. Una amplia sonrisa
recorrerá su rostro, se quedarán un rato admirándolas y escuchando
las explicaciones de los guías y después se harán una foto con la ...
desnuda.
Sí, estos dos cuadros pintados con toda probabilidad para Godoy, son conocidos universalmente y constituyen uno de los grandes mitos de nuestro mundo contemporáneo. La leyenda se origina en el siglo pasado, cuando España se pone de moda en Europa y los viajeros románticos visitan nuestro país y escriben libros de viajes. El francés Viardot, traductor del Quijote, fue el primero en recoger la creencia de que Las majas representaban a la duquesa de Alba en Voyage en Espagne, publicado en 1843. Esto hizo soñar a muchas generaciones de amantes del arte y la cultura. El pintor amante de la duquesa, que la pinta desnuda en una época en la que el desnudo estaba prohibido. Un artista podía pintar una bellísima y erótica Venus en su baño, o naciendo de las aguas, pero pintar una mujer de carne y hueso era un escándalo, y más si era la más importante noble de España. Las majas se encuentran entre los más famosos desnudos de la Historia del Arte y el pintor pudo inspirarse en algunos de los mejores ejemplos que tenía la alcance en Madrid. Pero en Goya no vemos una Venus de refinado erotismo, sino una bella mujer de carne y hueso que muestra sus encantos sin pudor y mira a los ojos del espectador sin avergonzarse. Se trata de un desnudo directo, sin ningún aditamento, sin alegorías, sin mito. Las majas traen a la mente otras composiciones del artista. En primer lugar La marquesa de Santa Cruz de pose similar. Después dos obras, ambas de gran sensualidad, El sueño y Dama adormecida, que junto con Mujeres conversando serían las sobrepuertas pintadas por Goya, que el Conde de Maule vio en casa de Sebastián Martínez. Y por último, la belleza sin par de La marquesa de Lazán, que pudo inspirarle para la Alegoría del amor. |
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