Debió ser desconcertante que la
luminosa sonrisa de esta imagen, el elegante
vestido que posee, el collar de perlas
que cuelga haciendo juego, no pertenezcan
a una dama, sino a un hombre que se ha
disfrazado con estas prendas, ha cubierto
su rostro de maquillaje, ha depilado sus
gruesas cejas imitando a alguna de las
estrellas de cine de la época,
digamos Dietrich o Garbo, y, ante todo,
ha mantenido una absoluta ecuanimidad
en su rostro, para dar cabida a la intrusión
de la cámara.
Esta es una de las cosas que a los burgueses
autocontrolados llenaba de indignación.
Es justamente el travestismo, el género
masculino enmascarado, la principal afrenta
contra los estándares morales.
Brassaï decidió remecer estos
estándares mostrando en una imagen
tan usual como cualquiera, un testimonio
diferente, travieso y controversial.
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