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En una de las charlas mantenidas con Alonso, hizo mención a la Primera Reunión de Arte Contemporáneo, organizada por la Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, en 1957, en la que Raúl Gustavo Aguirre terminó su conferencia citando un poema de Saint-John Perse: “Extranjero, sobre todas las playas de este mundo, sin audiencia ni testigo, lleva a la oreja del Poniente un caracol sin memoria:// Huésped precario en el umbral de nuestras ciudades, tú no franquearás la puerta de los Lloyds, donde tu palabra no tiene curso ni tu oro valor...// 'Yo habitaré mi nombre', fue tu respuesta a los cuestionarios del puerto. Y sobre la mesa del cambista, sólo produces asombro.// Como esas grandes monedas de hierro exhumadas por el rayo”. “Actualmente esta cita de Saint-John Perse -acotó Alonso- es más útil que nunca. Además de su belleza estética, el poema es una clara crítica al totalitarismo del mercado. Saint-John Perse imaginaba que el hombre tenía dos lámparas de ciego: una era la poesía y la otra la ciencia, que no tiene que ver con la tecnología dominante que hoy tenemos; es la ciencia, imaginaba él, relacionada con el viejo humanismo”. JUANELE: LA POESÍA ENCARNADA En aquellos años de “Poesía Buenos Aires”, frecuentaba a Juan L. Ortiz, ¿qué le generaba la actitud de este poeta frente a la poesía? Ese fue otro de los “regalos” de aquella relación. La amistad con Paco Urondo me trae los viajes a Santa Fe, la nueva amistad con Hugo Gola y un Juan José Saer casi niño pero, sobre todo, los cruces en lanchón a Paraná, sobre el lomo reluciente del gran río, y el contacto con Juan L. Ortiz, que en aquel entonces era prácticamente un desconocido. Él fue para mí, ante todo, la evidencia viva de lo que habíamos estado intuyendo: la poesía como una manera de vivir, encarnada, apartada de los relumbrones de la vida literaria, sin otra pretensión, sin otra devoción que ser fiel a una exigencia raigal, a una “sabiduría de intemperie”. Y no por imposición, incluso moral, sino por propia deriva de su ser más legítimo. Siempre recordaré, entre tantas otras cosas, una de las reveladoras intuiciones que Ortiz me transmitió, prácticamente la primera vez que nos vimos: “El poeta, cuando habla de una cosa, es la cosa.” Evidencia de fondo, entonces, no descripción apenas. Para todos nosotros Juanele, a quien visitábamos frecuentemente en su casa a orillas del río Paraná, era la poesía encarnada, por su manera de vivir. Consideraba que la poesía tenía que estar fuera de todo eso que se llama “vida literaria”. EL ARTE DE CALLAR ¿De dónde proviene el título de su libro, “El arte de callar”? Literalmente, lo descubrí mencionado en un artículo de Claudio Magris en un diario italiano. (Después de haber publicado mi libro, supe que es el título de una obra del abate Dinouart, un francés del siglo XVIII.) Me sentí tan profundamente llamado que lo sustituí al título anterior, que era Canto hondo. Ahora, si me preguntan exactamente a qué creo aludir con eso, no podría explicitarlo con precisión. Creo que en realidad es el tema alrededor del cual hemos estado girando. En este caso, también con la ineludible presencia del silencio, que valoriza con su halo a la palabra. Ese silencio que hoy, en esta sociedad del ruido ensordecedor, se ha vuelto casi subversivo. Sin silencio no se puede pensar, no se puede meditar, no se puede oír lo más profundo de uno mismo, lo que es a la vez individuo y especie. Yno se pueden oír tampoco las voces, la voz de la Naturaleza, de nuestra naturaleza. Sin silencio, intuyo, es imposible que pueda haber gran poesía. El título encierra una contradicción, sobre todo que su poesía se ha tornado cada vez más explícita. De eso se trata, tal vez. Precisamente de conmover, incluso de inquietar. Ni lo que parece explícito es solamente explícito, ni las palabras dejan de surgir en un contexto, que no es sólo histórico, sino también verbal, lingüístico. Y, recordemos, que la palabra humana es ineludiblemente ambigua, polisémica. Esos poemas, ese libro, ese título, me hablan, me siguen hablando, incluso a mí. Y todavía no agotan su valor de cambio, como dijo de la prosa el gran Valéry. Lo que parece explícito puede surgir de una irresistible potencia del lenguaje, y no de meros razonamientos. |
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