Estación de tren surgiendo de la boca del túnel, reflejos de luz torcida troceada por los arañazos caóticos de la ventana sucia, sucia de pintura, de tiempo, de humo y de mil capas de suspiros. El tren para, abres sus puertas, vomita parte del su carga de bípedos y se deja invadir, como al acecho, por la carga de relevo. Voces, detrás voces del este, voces de lejos que resuenan altas en el vagón casi desierto, como conjurando el exterior del tren, esa realidad huidiza, por un territorio común, pasto y feudo de las voces del este, que aún arrastra en la risa el recuerdo y el sabor de otro sol, de otro viento, de una sonrisa de mujer brillando en blanco, de ropas ásperas y pardas agitadas en un recuerdo que ya no se sabe muy bien si viene por el camino de la memoria o por el de la fantasía.

Traviesas, postes, cables (catenarias, catenarias, repetición implacable de cosenos hiperbólicos). Pilares. Sombras que saltan jugando a cámara lenta al escondite con el sol. Un cielo tímido, en alguna parte, sobre la costra negra de cemento, piedra, hormigón, cieno, fango y carne que es, en realidad, Madrid. Una realidad: La mía. La otra, el recuerdo oriental que aún flota en el vagón que tiembla inquieto, algo más silencioso ahora que el rato de tunel apaga el azul del recuerdo. Trenes que se cruzan, cargados de voces extrañas, de mundos inabordables, de recuerdos, pensamientos, ideas, sonrisas, tristezas, y sobre todo, sobre todo,

sobre todo de silencios

 

 

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