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Sí, pero llega un momento en el que los anillos dejan de ser promesas ajenas y barricadas para convertirse en los habitantes de una jungla de dedos bailarines, siempre cubiertos por el brillo una mirada brillante y una sonrisa de lluvia que viste al tiempo de autómata sin pilas y a los paseos de vuelta a casa en un confuso levitar, en un reconocimiento tal vez todavía y siempre brutal, y los anillos dejan de ser eslabones de cadena para convertirse en los seres junto a los que yo querría habitar esta eternidad dulce y transitoria, abrazada de farolas y erizada de reflejos cálidos, de ecos de miradas y de voces que juegan a reaparecer entre los coches aparcados, bajo los setos, por mis venas que, sorpresa, de pronto dicen no estar cansadas.
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