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(Viene de la página 10)
retratado con maestría y Erasmo recordaba en carta a Ulrich von Hutten "sus ojos de un gris azulado, con manchas de diversos colores, lo cual demuestra según se dice un carácter bastante feliz, y que en Inglaterra es muy admirado, aunque nuestros compatriotas gusten más del color negro. Son los ojos, se dice, que nunca se ajan. Su condición se lee en la cara siempre bondadosa, amistosa y despierta, pronta a sonreír; en verdad se inclina más al regocijo que a una dignidad severa..." Y los ojos dice el refrán son verdadero espejo del alma.
En privado le había dicho al Rey que su divorcio de Catalina y sus pretensiones de constituirse en cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra por encima de Roma no eran válidas. En público evitaba los artilugios y las preguntas capciosas pero sus ojos confirmaban con la firmeza con la que Cristo miró a Pedro antes que el gallo cantara por tercera vez. El tipo de mirada que se clava cual espolón en el alma de aquel que se ha quebrado por el capricho del pecado. Tal vez fuera lo que cuenta Sargent, un Rey con espíritu sanguíneo y atropellado, arrebatado por el encanto tentador y tramposo de una fémina con "voluntad dominante" (mi abuela, que es calabresa, tiene un refrán bastante guarango para graficar estos caprichitos varoniles)
Política e históricamente este proceso fue un dislate, el quiebre artificial de la unidad cristiana por favorecer el interés de unos pocos es un hecho ilógico del que solo las plumas de historiadores como Belloc han podido dar cuenta de forma más o menos satisfactoria.
El enfoque sociológico moderno explica que estas persecuciones arbitrarias requieren de un proceso de autorización que dejen de lado las consideraciones morales habituales; para lo cual es menester deshumanizar a las víctimas privándolas de su identidad y comunidad, es decir de ser individuos independientes, diferenciados, capaces de elegir y pertenecientes a una red de individuos que respetan los derechos del prójimo. La elevación del monarca por encima del papado cumplía lo primero: ser "papista" significaba cargar un estigma de leproso, equivalía a ser un traidor; las confiscaciones infundadas, los arrestos y persecuciones reforzaban lo segundo.
Como fuera; su cartujo silencio (carisma con el que Moro se identificaba) pesaba sobre el reino como el testimonio vivo del peor de los alaridos. Thomas era la virtud; y la obscuridad es ausencia de luz. La coacción ejercida sobre los súbditos para que firmaran el Estatuto patentizaba su ilegitimidad. Thomas Cromwell reclamaba al rey que su "conducta"-al negarse Moro a jurar- "era causa de perdición y escándalo para el reino" Aun cuando el grupo del duque de Norfolk (parientes de Ana Bolena) hicieron presión sobre el Consejo, se inventaron cargos y se pagaron testigos, todo fue inútil, ni el obispo Fisher ni Lord Canciller bajaron la guardia, la verdad se imponía por sí misma: la firma no era más que la excusa para saciar de lujuria de uno y la avidez de riquezas de todos.
(Continúa en la página 12)
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