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¿Nuevas familias para un nuevo siglo?
México al igual que el resto del mundo, se encuentra inserto en la globalización. Entre las principales características de este proceso se pueden sintetizar las siguientes: a) los grandes avances tecnológicos que hoy revolucionan las comunicaciones, la información y el transporte b) la mayor apertura del comercio internacional; y c) la existencia de redes de producción de carácter internacional. Estos procesos han generado nuevas formas de organización social que han sido denominadas de "sociedad en red" las que paradójicamente se acompañan con el aumento de las brechas sociales. El proceso de globalización tiene repercusiones no sólo en lo económico sino que está acompañado por grandes transformaciones en los ámbitos sociales, laborales y culturales.
La situación que vive en la actualidad nuestro país se le puede denominar de modernización frágil sin modernidad. Algunos de los elementos que impulsan la creciente modernización se han desarrollado de manera segmentada, sin ser acompañados por procesos de modernidad, que aluden principalmente a las dimensiones culturales de esos cambios.
Estas modificaciones de las condiciones básicas de vida por los grandes procesos asociados a la globalización y a la modernización (en especial, las migraciones, los nuevos patrones de consumo y las nuevas formas de inserción laboral) influyen de manera importante en la percepción que las familias tienen de sí mismas, así como de la percepción de los sujetos en tanto esposo(a), hijos(as) y respecto de el resto de su familia. Se examinan a continuación con más detalle algunos de los factores económicos y sociales asociados a estos procesos de modernización frágil sin modernidad.
Desde una perspectiva social y cultural podemos señalar algunos aspectos preocupantes del relativo deterioro económico y distributivo que afecta a las familias. A partir de la crisis de la deuda y de los programas de ajuste estructural aplicados en la región latinoamericana, la carga más pesada de estos cambios ha recaído de manera desproporcionada sobre las familias pobres. Aunque en América Latina entre 1994 y 1997 los hogares pobres en términos relativos disminuyeron de 38% a 36%, la población pobre latinoamericana aumentó en 2.5 millones de hogares(CEPAL, 1999). Esta situación ha aumentado las desigualdades sociales.
El sistema productivo ha generado una gran desigualdad y heterogeneidad en términos de acceso al consumo de bienes y servicios básicos como educación, salud y seguridad social producto de la desigual oferta ocupacional y de la concentración de ingresos, junto a procesos de creciente privatización y encarecimiento de servicios básicos. Actualmente en México se han desarrollado procesos de desregulación del mercado laboral, los que se han traducido en desempleo e inestabilidad laboral, ampliación de las jornadas laborales y disminución absoluta o relativa de los salarios. Ello ha significado un mayor número de personas que aportan al hogar (mujeres, jóvenes y niños) para cubrir las necesidades básicas de las familias, modificando la organización al interior del hogar. El sistema económico que se ha adueñado del mercado ha generado nuevas necesidades de consumo que para la mayoría de las familias no es posible satisfacer, ya que se acompaña de reducción de los salarios medios. Este crecimiento de las necesidades de consumo con dificultades para satisfacerlas, genera fenómenos de creciente frustración y promueve la búsqueda de alternativas no lícitas que se expresan en creciente delincuencia, tráfico de drogas y corrupción entre otros fenómenos de violencia y exclusión social.
La pérdida de sentido comunitario y familiar está deteriorando la convivencia de una parte importante de los mexicanos, los que enfrentan condiciones de alta inseguridad y precariedad. El cambio más fundamental ocurrido en las últimas décadas es la declinación de las bases de sustento de un modelo patriarcal de familia que se caracteriza por la autoridad ejercida por el padre sobre la esposa y los hijos. Esta declinación se asocia con los siguientes hechos: Incorporación masiva de las mujeres al mercado de trabajo que modifica los patrones habituales de funcionamiento del hogar, que significa una sobrecarga de trabajo para ellas. Agotamiento del sistema de aportación del padre al hogar y cambio en la valoración de los nuevos contribuyentes económicos del hogar (mujeres, jóvenes y niños).
En términos de ciclo de vida han ocurrido cambios muy importantes en la magnitud de familias que se ubican en cada etapa. Fenómeno atribuible a los importantes cambios demográficos, en especial el descenso de las tasas de natalidad de los años setenta. Disminuyendo así seriamente el tamaño de cada familia.
En suma, los cambios sociales, económicos y culturales afectan de manera importante las relaciones internas de las familias. Cabe indicar la importancia que ha adquirido en la ultima década un fenómeno muy antiguo pero de reciente presencia en el ámbito público, como es de la violencia intrafamiliar. En algunos casos esta violencia se ha acentuado por la oposición masculina que han encontrado las mujeres para ejercer los nuevos papeles económicos que la propia familia demanda y que se reflejan en conflictos para ejercer su derecho a trabajar. A pesar que las bases de sustentación del modelo patriarcal se han modificado fuertemente, persisten formas de representación e imágenes culturales de dominación que explican las distancias entre el discurso y la práctica. Se ha ido produciendo una nueva definición de responsabilidades conyugales donde el principio de igualdad se manifiesta lentamente y se relaciona con el aporte económico que realizan al hogar mujeres e hijos. Se aprecian nuevas relaciones padre - hijo con aumento de los derechos de los niños y pérdida de importancia de las relaciones de jerarquía y de sumisión. Se observan también aunque de manera incipiente procesos de individualización, con afirmación del derecho individual por sobre el familiar y énfasis en la realización personal por sobre los intereses familiares.
En síntesis, asistimos a lentos cambios de género en la distribución del poder y el trabajo al interior de la familia, pese a las grandes modificaciones en las prácticas laborales de las mujeres - divididas entre sus responsabilidades domésticas y su trabajo remunerado. No obstante la velocidad de ese cambio en la última década del siglo XX, hay sólo leves e intermitentes transformaciones en la participación de los varones en la asunción de sus responsabilidades familiares y domésticas. Aun quedan muchos cambios en las estructuras políticas, económicas y sociales para que podamos afirmar que juntos hombres y mujeres hemos entrado a la modernidad en este nuevo milenio.
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