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La pobreza y los sesgos de género: el comienzo de un siglo
(Tercera parte)
La pobreza y la mujer
Las mujeres comprenden más de la mitad de la población mundial. Sin embargo, pese a que en el último medio siglo se han dado pasos importantísimos hacia la potenciación de su papel, se vive todavía en un mundo desigual para las mujeres, en el que "las puertas que conducen a las oportunidades económicas están apenas fijándose".
Condiciones desiguales de juego
El Estudio Mundial sobre el papel de la mujer en el desarrollo, 1999, afirma que la tradición discriminatoria es una de las razones de que la mujer tenga que soportar la mayor carga de la pobreza, especialmente en las zonas rurales, donde su acceso a la salud, la educación y a los recursos productivos, como son el capital, la tecnología y la tierra, están gravemente limitados. Como resultado de ello, la pobreza sigue estando obstinadamente "feminizada", con las mujeres representando el porcentaje mayor de la población del mundo que se encuentra en la pobreza absoluta.
Solamente en las zonas rurales, más de 550 millones de mujeres (más del 50% de la población rural mundial) viven por debajo del nivel de la pobreza. La mujer en los países industrializados está también en condiciones de desventaja. Además de la pobreza "heredada", las mujeres en número creciente están deslizándose inexorablemente por primera vez hacia una situación inferior al nivel de subsistencia. Solamente en los Estados Unidos, tres de cada cinco madres solteras subsisten en la pobreza, y su número ha pasado de 5,8 millones en 1980 a 7,7 millones en 1990.
Para el caso de Chiapas la condición de la mujer en el medio rural la ubica en un completo estado de indefensión al no poder ser receptora de ingresos, ya que la mayor parte de los trabajos los realiza en su hogar, en las labores del campo a nivel familiar. En las ciudades, estas posibilidades de ingreso son mejores que las del medio rural, sin embargo, en la escala de ingresos, aún la condición de la mujer la ubica en un plano secundario.
La creciente participación femenina
Para el conjunto de América Latina la gran mayoría de los nuevos puestos de trabajo generados en los últimos años ha sido en sectores de menor productividad: las pequeñas y microempresas y el trabajo por cuenta propia no profesional.
El crecimiento del empleo femenino se encuentra entre estos grupos y superó ampliamente el crecimiento del empleo masculino. De esta forma, entre principios de los ochenta y mitad de los noventa, las tasas de actividad urbanas masculinas se mantuvieron en alrededor del 78%, sin embargo, las tasas de actividad femenina crecieron de 37% a 45%. Este aumento se ha producido principalmente entre las mujeres de 25 y 49 años, es decir, aquéllas sobre las cuales recaen con mayor fuerza las tareas reproductivas. El crecimiento económico ha impulsado la demanda de empleo femenino en las áreas estructuradas de los sectores comercio y servicios. Dependiendo de los niveles educativos, y especialmente de las profesionales más jóvenes, se han ido insertando en las áreas más modernas de esos sectores con ingresos relativamente elevados, pero siempre inferiores a los correspondientes a los varones con similar calificación.
El mercado de trabajo de profesionales continúa siendo segregado por género, en parte como consecuencia de la segregación en la educación y capacitación y también por las aún vigentes pautas culturales sobre el papel de la mujer en la sociedad. Para la mayoría de los países se observa una mayor discriminación de ingresos en contra de las mujeres a medida que se avanza en los niveles educativos. Persisten también prácticas discriminatorias de contratación (abiertas y sutiles) dificultades en el acceso a la capacitación, el ascenso y la movilidad tanto horizontal como vertical.
Pese a ello, una elevada proporción de las mujeres con niveles educativos altos participa en el mercado laboral, aportando con su trabajo a la generación de bienes y servicios; y proporcionando ingresos indispensables para su grupo familiar, tanto para satisfacer las crecientes necesidades de consumo que impone el modelo económico, como para financiar el encarecimiento de los servicios de salud y educación resultado de los procesos de privatización de esos servicios en los países de la región.
Los ingresos de las mujeres al hogar
En la medida que un mayor número de mujeres viven solas o son jefas de hogar con dependiente, la responsabilidad por su sobrevivencia y la de su familia ha aumentado durante los últimos veinte años. A menudo, la maternidad adolescente no es apoyada por la pareja y los hijos no son cuidados por sus padres varones- tendencias que aumentan la carga femenina. Aunque las mujeres vivan con pareja, el ingreso masculino obtenido es a veces tan insuficiente que las mujeres y los niños deben asumir la doble carga del trabajo doméstico y el trabajo fuera del hogar para suplir el presupuesto familiar. Un estudio en México detectó que el 17,1% de los hogares, independientemente del sexo del jefe del hogar, mostraban un ingreso exclusivamente femenino o predominantemente femenino.
En el Panorama Social de la CEPAL de 1998 se realizó un ejercicio de simulación para establecer cuánto crecería la pobreza si las mujeres no aportaran al hogar. Los resultados son decidores: sin el ingreso de las mujeres que son cónyuges, la pobreza del hogar aumentaría entre 10% a 20%. Para el conjunto de los hogares las mujeres que son cónyuges aportan alrededor del 30% de los ingresos con variaciones según los países. Las mujeres en el año 1998 aportaron entre 26% y 39% de los ingresos del hogar, en los hogares indigentes los aportes económicos de las mujeres al hogar fueron mayores.
Estudios de casos muestran que los ingresos económicos de las mujeres de sectores más pobres -a diferencia del de los hombres- se distribuyen de manera más equitativa entre los miembros del hogar y se destinan en su totalidad al consumo de éste, lo que confirma la importancia del aporte de los ingresos de las mujeres a sus hogares.
Los aportes del trabajo doméstico
Todas las sociedades asignan a las mujeres la reproducción cotidiana que se ejecuta por medio del trabajo doméstico. Este se hace en forma aislada y parcelada en cada hogar, su valor económico no es reconocido y se distribuye en forma desigual según el nivel de desarrollo de cada país, clases sociales, ciclos de vida familiar, áreas geográficas. Hace algunos años se calculó que en países en desarrollo el 66% del trabajo de las mujeres se encuentra fuera del sistema de cuentas nacionales por lo que no se contabiliza, no se reconoce ni se valora (PNUD, 1998). Este mayor esfuerzo realizado por las mujeres se expresa en un mayor número de horas ocupadas en desempeñar su trabajo en el mercado y el trabajo doméstico.
Se requiere ampliar no sólo el apoyo que las instituciones sociales puedan hacer a la familia sino que también debe modificarse la participación de los demás miembros del hogar al interior de ésta, de manera de equilibrar de mejor forma los roles de género en la reproducción social.
En síntesis, los cambios culturales propios para modificar las percepciones respecto de las funciones y estructuras de las familias y sus interpelaciones con la economía, así como las modificaciones en las estructuras de género seguirán siendo una tarea pendiente para el actual siglo XXI. Es de esperar que el nuevo siglo equilibre mejor los aportes y carencias de hombres y mujeres, modificando de manera positiva sus roles en el ámbito social y político como laboral y familiar. La capacidad organizativa y propositiva de las mujeres podrían ser las dimensiones claves para acelerar este proceso.
El mensaje básico
Ninguna sociedad puede desarrollarse si esta liberada o esclavizada a medias. Cualquier otra alternativa es intolerable. El Desarrollo Humano está en peligro cuando no se incorpora en él la condición de la mujer. Se afirma, con una lógica irrefutable, que el desarrollo humano involucra TODAS las capacidades de cada individuo y potencializar la capacidad de TODOS los individuos.
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