La paz de Medio Oriente en manos de Ariel Sharon

 

El sabio no se sienta para lamentarse, sino que se pone alegremente
a hacer su tarea para reparar el daño hecho.
William Shakespeare

 

En el exterior Ariel Sharon sólo cuenta con el apoyo, incondicional e irresponsable, de la administración Bush, que renuncia públicamente a actuar como un intermediario honesto en la búsqueda de la paz entre los gobiernos de Israel y la autoridad Palestina, ni en el marco de la Hoja de Ruta, ni en ningún otro que permita encajar los elementos mínimos irrenunciables defendidos por ambas partes.

Bush es el primer presidente de Estados Unidos que legitima los asentamientos judíos en territorios Palestinos, declaró el primer ministro palestino al rechazar el plan de anexión de territorios de Cisjordania violando las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU. Bush negó a los refugiados palestinos su derecho a regresar al territorio de Israel sino al territorio del futuro Estado palestino.

Sharon formalizó en Washington su decisión de retirarse de asentamientos e instalaciones militares de la franja de Gaza. Para Bush es un gesto histórico y valiente porque puede acabar con uno de Sharon formalizó en Washington su decisión de retirarse de asentamientos e instalaciones militares de la franja de Gaza. Para Bush es un gesto histórico y valiente porque puede acabar con uno de los conflictos mundiales más duraderos.

Que puede conducir a la Tercera Guerra Mundial, como Sarajevo o Dantzig. También aprobó las acciones de Sharon como represalia a los atentados extremistas y prometió su apoyo para proteger la seguridad de Israel y reforzar su capacidad militar, incluido su derecho a defenderse contra el terrorismo.

Un acto que, de ningún modo, puede ocultar la sensación de impotencia de la iniciativa diplomática en la que Estados Unidos ha sido, desde el principio de su camino en 2002, quien ha impuesto el ritmo y los contenidos (no deja de resultar negativamente sorprendente que en el comunicado final del encuentro se acepte, ya sin condena alguna, la construcción del muro de separación, así como los asesinatos selectivos y masivos de palestinos, limitándose a esperar que la buena voluntad del gobierno de Sharon lo entienda como una medida temporal y no, como realmente es, una consolidación de una ocupación por la fuerza y un agravamiento de la crisis humanitaria para los centenares de miles de palestinos a los que afecta de manera muy directa). Por su parte, la Unión Europea, en su encuentro ministerial con sus socios en el marco del Proceso de Barcelona, celebrado en Dublín, se ha limitado prácticamente a repetir que las imposiciones militares israelíes están produciendo grandes bloqueos sobre las distintas agencias humanitarias que operan en los Territorios Ocupados.

En relación con las platicas de paz, en lo relativo a los territorios ocupados, Sharon mantiene cerrados todos los canales de diálogo, en medio de un panorama de tensa espera que apunta directamente a la reacción sangrienta que, con toda probabilidad, están ya preparando los grupos violentos palestinos que han clamado venganza tras los últimos asesinatos selectivos de sus máximos líderes y de cientos de inocentes que sufren los efectos de las represalias. En ningún momento se ha producido una invitación al dialogo y mucho menos de negociación, sobre la supuesta retirada israelí de Gaza y Cisjordania con quienes se entiende que son los principales afectados por las medidas. De nada sirve, como se encargan de proclamar no sólo los portavoces de Sharon sino incluso figuras del partido laborista de Israel, sostener que la posibilidad de negociar paz por territorios sería ya en sí misma una dolorosa renuncia que debería ser valoraba en su justa medida por los palestinos, por cuanto supondría el abandono de la idea del Gran Israel (un territorio únicamente israelí, desde el río Jordán hasta el mar Mediterráneo). Son los palestinos los que han sido ocupados por la fuerza (los acuerdos de Oslo parecen ahora algo irreal cuando se asiste a una reocupación tan evidente como la ordenada por Sharon), los que saben que nunca van a lograr la creación de un Estado ya no solamente en la zona que les señalaba el Plan de la ONU de Partición de Palestina de 1947, sino ni siquiera en la totalidad de Gaza y Cisjordania.

Son ellos también los que saben que en ningún caso se les reconocerá el derecho al retorno para los más de cuatro millones de palestinos que se ven obligados a vivir fuera de sus lugares de origen. Lo que debe reconocerse es que la solución sólo puede venir de una renuncia mutua a sueños irreales, en función de las circunstancias históricas actuales. A partir de ahí, la vía que conduce seriamente a la paz no puede ser otra más que la negociación directa entre las partes enfrentadas. En lugar de ello, Sharon insiste, y Bush acepta complacido, en que basta con su palabra ante su principal tutor internacional (como si los palestinos hubieran concedido en algún momento la representación de su causa a Bush, ¿es necesario recordar que es precisamente esta administración la que se ha ocupado con mayor interés en marginar a cualquier posible interlocutor del actual equipo dirigente de la Autoridad Palestina, que por ineficaz que sea, no deja de ser la legítima representante de los palestinos?

En el interior de su propio partido, la posición de Sharon no es muy sólida. Su reciente derrota (más del 60% de los militantes votaron en contra de una propuesta de retiro parcial de tropas de Gaza) refuerza claramente a su rival más directo, el actual ministro de finanzas Benjamin Netanyahu, así como a los sectores que agrupan a los colonos y los militantes ultra ortodoxos. Pretender que la derrota sólo debe explicarse en términos de que el plan no garantizaba la seguridad de Israel y que significaba recompensar a los violentos, es olvidar que el propio Sharon trató de forzar un resultado positivo, afirmando que votar a favor, equivalía a refrendar su liderazgo personal. Se trata, sin paliativos, de una derrota que acentúa su debilidad.

Al mismo tiempo, tratará probablemente de llevar el plan al parlamento, en el que le será más sencillo lograr un voto favorable que en su propio partido. Estados Unidos e Israel se colocan fuera del ordenamiento jurídico internacional y los palestinos ejercitarán su derecho de resistencia y de rebelión por todos los medios a su alcance, dentro y fuera de sus territorios. El débil puede compensar con astucia lo que el fuerte impone en un auténtico terrorismo de Estado. David ante Goliat no utilizó la espada propia de los combatientes sino la honda del pastor violando las reglas del juego militar. ¿A quién dio la razón la posteridad? Al vencedor, pues la historia la escriben siempre los vencedores. Tampoco fue juzgado Estados Unidos por el empleo de armas atómicas contra Japón ni de armas biológicas en Vietnam ni de bombas de racimo en Afganistán y en Irak. Todas de destrucción masiva.

Cuando un pueblo se considera elegido con pretextos raciales, económicos, religiosos, raciales, culturales o biológicos discrimina a los demás en contra de los derechos humanos más elementales. La reacción de los discriminados será legítima defensa y en ella pueden servirse de los medios a su alcance pues la prepotencia abrumadora del invasor conculca el derecho a la vida.

Las armas de destrucción masiva están legitimadas si las utilizan los estados fuertes y son peligro terrorista si disponen de ellas los débiles. ¿Quién dispone de los mayores arsenales de armas químicas, biológicas y nucleares? Los miembros del Grupo de los ocho, que pretenden controlar los destinos del mundo sin estar legitimados para ello. Pero disponen de los recursos financieros y económicos que les permiten decidir qué es legal o ilegal, como si esto coincidiera con lo justo o injusto.

Así como de los medios de comunicación que condicionan la opinión pública en un mundo sin fronteras para la prepotencia y con cortapisas para impedir la libre circulación de mano de obra, de recursos a justo precio, de nuevas tecnologías y de todo cuanto podría hacer de este mundo una sociedad más libre, más justa y con un mayor bienestar para todos.

Muchos se estremecen ante la foto en la Casa Blanca del general Sharon precediendo al presidente Bush, con las banderas de ambos países franqueando las puertas de un mundo diseñado por los intereses de los cabilderos fundamentalistas judío y cristiano.

Ya está bien de ser considerados antisemitas por estar en contra de la política de un gobierno con acciones de exterminio, de anexión y de un pueblo expulsado de sus territorios, confinado en campos de refugiados y a los que han talado sus árboles frutales, cegado sus pozos y encerrado en inhumanos reductos en los que sus helicópteros entran en la noche para asesinar selectivamente.

Por primera vez se han unido influyentes fundamentalistas judíos y cristianos para combatir juntos. En la Edad Media hubo colaboraciones entre judíos y musulmanes contra los cristianos y contra otros pueblos considerados infieles y de conquista. Y se dieron algunas alianzas entre ejércitos cristianos y musulmanes contra enemigos comunes de una u otra de sus religiones.

Pero la alianza entre el lobby más recalcitrante del cristianismo protestante anglosajón y del ala intolerante de un judaísmo sionista no se había producido hasta esta locura de la conquista de Oriente Medio por los Estados Unidos.

En el caso norteamericano, obedece a la lógica de asegurar recursos para sostener la carrera en un modelo de desarrollo a expensas de centenares de millones de vidas de seres humanos a los que esquilman sus riquezas y a quienes esclavizan como fuerza de trabajo. Los consideran recursos materiales y humanos, buenos para ser explotados y obtener beneficios. Para Israel es la expresión desesperada de una pretendida garantía en sus fronteras y en su intento de expansión mediante el control de los medios económicos y bélicos. El hecho de que ante las elecciones en Estados Unidos los votos de 6 millones de ciudadanos norteamericanos judíos que controlan importantes medios económicos y financieros permitan a sus representantes y cabilderos manejar al Gobierno norteamericano nos debe hacer considerar sino fueron similares las circunstancias que dieron lugar a sangrientas guerras y a crímenes horrendos.

Mientras que Sharon sigue a la espera de la decisión que finalmente adopte el fiscal general sobre su posible juicio, por sus implicaciones en turbios asuntos de tráfico de influencias, lo que cabe esperar es un nuevo intento por lograr la aprobación a su plan de separación de las áreas judías y las árabes. En función de los antecedentes de su forma de entender el ejercicio del poder y de su declarada intención de seguir en el cargo, sólo cabe pensar en una táctica que conduzca a una suavización mayor de las condiciones de la posible retirada (alargar los plazos para realizarla (más allá del 2005), reducir el número de asentamientos que serían finalmente abandonados, incrementar los incentivos económicos para quienes se vieran afectados por la medida, compensación con medidas de fuerza para confirmar definitivamente que ésa sería, en todo caso, la última y no la primera retirada de suelo ocupado).

Todo ello lo viene impulsando, promoviendo y capitalizando Ariel Sharon, en definitiva, con la intención clara de no desaprovechar la posibilidad que el plan le ofrece de seguir siendo el actor principal en la agenda nacional de Israel, aunque sea a costa de seguir poniendo en peligro la paz del medio oriente, la seguridad de sus conciudadanos y los verdaderos intereses de los Palestinos que tienen, tanto como cualquier otro pueblo, derecho a su existencia.

 

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