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Bush pierde un aliado
Hace dos años el planeta contempló atónito un ataque terrorista en cadena que provocó el desmoronamiento de las Torres Gemelas de Nueva York y serios daños en el corazón militar norteamericano. Ese mismo acto terrorista y la respuesta de la administración republicana del presidente George Bush han hecho que el mundo permanezca hasta hoy, dos años después, completamente a la deriva. La guerra contra el terrorismo declarada por el presidente George Bush ha terminado por reventar los hilos que quedaban del orden internacional, heredado de la Segunda Guerra Mundial, ha provocado el distanciamiento de viejos aliados, ha erosionado los distintos mercados y economías internacionales y ha provocado el fortalecimiento de grupos radicales extremistas especialmente en Asia, Oriente Medio y África.
Tras la sorprendente y contundente victoria del Partido Socialista Obrero Español en las elecciones generales españolas, que todos los observadores califican de verdadero vuelco electoral, comienzan a ponerse de manifiesto algunas de las implicaciones y consecuencias que este cambio en el panorama político español va a tener en la escena internacional. El sistema parlamentario español permite la reelección ilimitada del jefe de gobierno. Por ello se ha dado el fenómeno de continuidad de los líderes de gobierno en varias Comunidades. Así fue reelegido seis veces Jordi Pujol al frente del gobierno de Cataluña para alcanzar poco menos de un cuarto de siglo como gobernante. El ex-ministro franquista Fraga Iribarne está al frente de la Junta de Galicia desde 1990. Los llamados barones del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) no se quedan atrás: Rodríguez Ibarra en Extremadura y José Bono en Castilla-La Mancha gobiernan desde hace más de veinte años y Manuel Chávez suma casi catorce años administrando Andalucía.
José María Aznar llegó a la jefatura del gobierno español gracias al triunfo del Partido Popular (PP) en 1996. Se comprometió a permanecer en ese cargo, si contaba con el favor del electorado, por sólo dos períodos de cuatro años cada uno. Y así lo ha hecho. Contando con los mejores augurios para repetir por una tercera vez, dio paso a la jefatura del PP a un dirigente que lo había acompañado como ministro y era de su mayor confianza, Mariano Rajoy. Elegido por unanimidad como candidato, a instancias de Aznar en un alarde de control partidista, Rajoy ha tenido que encarar la pérdida del poder.
Cualquiera que sea el análisis que se haga del resultado, parece evidente que la mala gestión de la información- la manipulación, incluso, que el gobierno del PP hizo tras el brutal atentado terrorista del 11 de Marzo y, en general, la falta de transparencia y la arrogancia y desprecio a la opinión pública con que el gobierno saliente abordó su apoyo a la guerra de ocupación de Irak, han estado en el animo de este cambio de actitud del electorado. Por tanto, una primera comprobación es que los españoles desean cambios sustanciales en materia de política exterior y formas y modos de gestión de la política en general menos autoritarios y más transparentes. Las causas de la derrota son varias. Pero evidentemente que el impacto creado por el terrible y sangriento atentado del 11 de marzo en Madrid ha tenido una influencia en gran parte del electorado. Las encuestas que se realizaron y cuyos resultados fueron publicados hasta que la ley lo permitió, daban una clara pero estrecha ventaja al Partido Popular sobre el PSOE. Nada hacia prever un contundente triunfo del PP, como repetían algunos de sus dirigentes, que significara renovar la mayoría absoluta en el Congreso de Diputados, cámara encargada de la elección del gobierno. Pero tampoco el PSOE confiaba en una victoria como la obtenida. Los pronósticos internos más favorables hablaban de una mayoría simple (mucho más frágil que la lograda) que lo obligaría a hacer un pacto burocrático con los partidos nacionalistas y los de izquierda, lo que constituiría una verdadera sopa de letras. El torpe manejo por parte del gobierno popular de la crisis acontecida con la explosión de las bombas en las estaciones ferrocarrileras y la inmoderación demostrada por Rajoy ante las manifestaciones frente a las casas del PP que se realizaron el día anterior a las elecciones, fueron hechos que tuvieron un efecto en los electores que hasta ese momento no se habían decidido por quién votar y en aquellos que hasta entonces habían pensado no asistir a las urnas (la participación ha sido de un 78%).
El explicable, pero no indiscutible señalamiento a la banda separatista vasca ETA que hiciera el gobierno inmediatamente después de la masacre, se convirtió en un verdadero bumerang contra su credibilidad al ir apareciendo indicios de que el atentado pudiera haber sido responsabilidad de Al Qaeda. A la indignación de gran parte del electorado se unió el recuerdo de las marchas contra la guerra de hace un año contra la soberbia de Aznar y su equipo de no dar marcha atrás en su compromiso bélico.
La prueba más notoria de este cambio deberá ser la posición respecto de la crisis de Irak. El candidato socialista había defendido durante toda la campaña la retirada de las tropas del contingente español el próximo 30 de junio, si no hay una nueva resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que otorgue mayor peso a la ONU en el proceso de rehabilitación posbélica y de construcción de la paz y que, por tanto, clarifique y legitime la presencia de tropas españolas bajo mandato ONU. Dicha resolución que parecía impensable hace algún tiempo, podría ahora abrirse paso con un George W. Bush acosado por un fuerte candidato como John Kerry y con un Tony Blair que ha sido testigo de el fracaso de su aliado Aznar.
También en el ámbito europeo el cambio de gobierno español puede tener positivas repercusiones. Tanto Francia como Alemania y la propia Irlanda, actualmente en turno de la Presidente de la Unión Europea, han saludado el cambio en España. La única duda ahora es Italia, donde todos los medios ligados al Primer Ministro Berlusconi han presentado la victoria socialista como el triunfo de Al Qaeda y fruto del voto del miedo. Respecto al Reino Unido, su posición va a estar cada vez más aislada en el ámbito comunitario y los medios británicos no han dudado en calificar lo sucedido en España como una seria lección para Blair. El desinterés de Blair en el proceso de construcción europea y, en especial, de una política exterior y de seguridad común es algo más que una incógnita.
Mientras que en Estados Unidos el legislador republicano Dennis Hastert señaló que España es una nación que sucumbió a las amenazas del terrorismo y cambió su gobierno. Este comentario refleja en cierto sentido la sorpresa que causó la victoria del Partido Socialista Obrero Español y la inquietud de que EE.UU. haya perdido un aliado, aunque ningún funcionario haya hecho comentarios oficiales en este sentido. Además, para los republicanos es difícil aceptar que precisamente esta alianza, y el apoyo de José María Aznar a la guerra cuando la mayoría de la población la rechazó, fue una de las causas que ocasionó la caída del Partido Popular, incluso Paul Wolfowitz, el subsecretario de defensa norteamericano, señaló de manera enfática que una retirada de Irak de los españoles enviaría un mensaje terrible a los terroristas. Sin embargo para millones de españoles esta manera de interpretar su proceso electoral es inconcebible.
Con toda certeza se aprecia fue una protesta de la sociedad española por la forma en que fue manejado el acontecimiento terrorista por el gobierno de España, y por ello aseguran que la derrota se debió a cómo actuó el gobierno del Partido Popular tras los atentados del 11 de marzo en Madrid y terminan afirmando que José María Aznar llevo a ese país la guerra al patio de su casa por el afán de aparecer en la foto con Bush.
Por eso, para estos españoles, fue un alivio cuando este miércoles 17 de marzo, el subsecretario de Estado norteamericano Richard Armitage dejo de usar el argumento de los terroristas y señaló que el partido de José María Aznar fue derrotado, en parte, por haber culpado inicialmente a la ETA por los atentados y por no hacer pública la información disponible. Fue una protesta del pueblo por la forma en que fue manejado el acontecimiento terrorista por su gobierno. Pese a las declaraciones de este funcionario, no se puede negar que la Casa Blanca está preocupada por el efecto en otros aliados que pueden causar el cambio de actitud del gobierno español y la posible retirada de sus tropas cuyo numero de aproximadamente 1,300 soldados españoles en Irak son más bien simbólicos y ya menciono Rodríguez Zapatero que solo espera que el Consejo de Seguridad de la ONU apruebe una nueva resolución de hacerse responsable del proceso de paz en Irak. substituyendo a los norteamericanos.
Aunque de momento, la Administración Bush parece más bien interesada en enfriar la tensión con el nuevo gobierno español y por eso Washington se ha limitado ha pedir "unidad" a sus aliados en Irak. Incluso, la Casa Blanca comenzó a analizar el texto para una nueva resolución de la ONU, que pueda calmar la inquietud de países como España, Australia, Japón, Polonia y otros aliados a fin de que accedan quedarse en Irak. Asimismo, los editoriales de los más importantes diarios de España recordaron el papel que jugó José María Aznar, quien apoyó la guerra a pesar que el 90% de los españoles estuviera en contra de un ataque a Irak. Incluso el presidente George W. Bush elogió varias veces a Aznar por su ayuda y colaboración en la guerra a pesar de las encuestas de opinión, y lo puso como ejemplo para defenderse de las críticas por llevar a cabo un ataque sin apoyo internacional. La administración Bush deberá ahora combatir la percepción, exacta o no, de que los actos de terror contra los aliados de Estados Unidos pueden influir en que los países se replanteen si es acertado estar muy cerca de Bush.
La victoria socialista pone fin a ocho años de gobierno conservador y deja a Washington sin uno de sus aliados más cercanos, complicando la agenda internacional política y militar de la administración Bush.
Así, los editoriales de prensa hacen hincapié en que la derrota del Partido Popular español tiene que ver con el apoyo a la guerra, aunque también incluyen el factor de la credibilidad y el voto protesta que influyó en el resultado final. Sin embargo, pese a la pérdida del aliado y la sorpresa que causaron las elecciones en España, los analistas opinan que el efecto se minimizará a largo plazo. Los observadores políticos dudan que en EE.UU. se pueda esperar un efecto similar al de España, ya que el electorado en este país reacciona de una manera completamente distinta.
Sin embargo, este cambio de opinión de la mayoría del electorado español no constituye un “vuelco histórico” como algunos exagerados han dicho. Sólo representa la alternabilidad en el gobierno como corresponde a toda democracia que honre su nombre. El PP continuará siendo un partido fuerte y le toca ahora dirigir a la oposición. Y el PSOE vuelve al gobierno después de ocho años de una marcha llena de fracasos, como la renuncia de un candidato electo en primarias y la vergonzante derrota en las elecciones de hace cuatro años que tuvieron como estratega principal a Joaquín Almunia. No han ocurrido mayores transformaciones en el sistema de partidos español. Los partidos mayoritarios siguen siendo los mismos: entre el PSOE y el PP han obtenido el 80 % de los votos.
El número de escaños logrado por el PSOE le permite formar gobierno sin entregar cargos a sus aliados circunstanciales que votarán por su joven líder José Luis Rodríguez Zapatero en la sesión de investidura. Será un gobierno de una sola línea que se valdrá de pactos puntuales para aprobar sus iniciativas legales y otras diligencias parlamentarias.
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