El impacto de la captura de Saddam Husein


Cualquier tonto puede pelear, pero el prudente sabe no enredarse en peleas
Ken Follet


Como se conoce, hasta mediados de marzo del 2003 el presidente norteamericano, George Bush, no ocultaba su deseo de derrocar el régimen de Saddam Hussein. Según el mandatario estadounidense, Irak pertenecía al eje del mal, y su líder era un hombre que envenenaba a su propio pueblo, amenazaba a sus vecinos y desarrollaba armas de destrucción masiva. Antes del comienzo de la guerra contra Irak, una gran mayoría de los países miembros de la ONU opinaba que no había, hasta ese momento, justificación alguna para iniciar una guerra contra Irak; no había pruebas de que este país constituyera una verdadera amenaza y de cuáles eran los riesgos para Estados Unidos.

La labor de Naciones Unidas quedó truncada con la insistencia y presiones estadounidenses. Millones de personas salieron a las calles en todos los continentes, para decir "No a la guerra". Si bien estos esfuerzos fueron un freno a las intenciones belicistas de Bush, éste continuó amenazando con llevar a cabo una guerra contra Saddam, aún sin el apoyo de las Naciones Unidas, tal como finalmente lo hizo. El hallazgo de un Saddam Hussein diezmado en un refugio subterráneo, no le dice nada al mundo que modifique su indignación sobre los desastrosos resultados de una guerra a todas luces mal planificada.

Ante todo, la detención de Saddam Hussein es una buena noticia tanto para los iraquíes que han sufrido maltratos innumerables durante sus largos años de control dictatorial como para sus vecinos kuwaitíes o iraníes, atacados militarmente en función de sus ansias expansionistas por convertirse en el líder regional. También lo es, aunque desde otra perspectiva, para la Administración estadounidense y para sus socios en la cada vez más cuestionada aventura militarista en Irak.

Ahora, cuando no han aparecido las armas de destrucción masiva, ni se han constatado las conexiones con el terrorismo, ni se ha mejorado la situación del pueblo iraquí- existe una tentación irrefrenable de volver al principio, argumentando que la captura de Saddam significa el inicio de una nueva era para Irak.

Si cree el gobierno Bush que mostrar a un hombre descuidado significa un trofeo de guerra contra el sistema de inteligencia del terrorismo, está equivocado. Para George W. Bush, más en su calidad de candidato que de presidente, lo ocurrido es un magnífico regalo navideño que aclara, aunque no determina definitivamente, su reelección en el próximo mes de noviembre del 2004.

La conquista del laberinto del dictador ante los medios, es un paso importante para Bush. Saddam Hussein, finalmente no se convirtió en el Ché Guevara del desierto. Seguramente muchos de sus seguidores habrían preferido saber que Saddam murió defendiéndose fieramente o tal vez suicidándose antes de claudicar ante el invasor norteamericano.

En lo que afecta a su propia suerte personal, y una vez que ha logrado no ser eliminado físicamente en el momento de su detención, todo apunta a un largo proceso. Por una parte, EEUU está mucho más interesado en someterlo a interrogatorios sistemáticos de los que pueda obtener información relevante para resolver temas pendientes (desde las armas de destrucción masiva hasta sus posibles conexiones terroristas), que en entregarlo para ser sometido a un juicio. Seguramente muchos seguidores habrían preferido saber que Saddam murió defendiéndose fieramente, antes de claudicar ante el invasor norteamericano.

Las primeras imágenes de Saddam- premeditadamente difundidas para contribuir a su desprestigio entre su pueblo y para eliminar el miedo que todavía provoca en muchos iraquíes- presentan a un individuo asediado. No transmite en ningún caso la sensación de ser el líder que coordinaba y ordenaba las numerosas y crecientes acciones violentas que se registran diariamente en diversas zonas del país.

Interesa recordar ahora que cuando se produjo la eliminación de sus dos hijos también se afirmó que eso supondría una mejora sustancial de la seguridad para las tropas ocupantes y para los iraquíes. Igual que entonces, cabe pensar que hoy siguen activos muchos actores, en gran medida desconectados entre sí, con planes y objetivos muy diversos, aunque con un interés común por complicar la gestión de la ocupación a la Autoridad Provisional de la Coalición y al instrumento local que han creado, el Consejo de Gobierno Iraquí.

Sin oponer resistencia, para no vivir la misma suerte de sus hijos, sumiso y cooperador, desde los primeros instantes de su captura; el sobreviviente, negociador y hábil político que históricamente ha sido Saddam, deja entrever que buscará a cualquier precio ser sometido a un juicio, de los mas mediatizado posible, a través del cual utilizaría el banquillo de los acusados, como tribuna de reivindicación de sus ideas y sus posiciones.

Lo que permite especular que el hombre que mostraron las cámaras solo era el recuerdo del dictador Saddam Hussein, en su esplendor. Por este motivo el principal propósito de Bush, es darle al mundo un efecto psicológico. Masificar las imágenes de un hombre diezmado que abre su boca impotente ante el médico es parte del teatro. Tal vez sea conveniente ver más allá, detrás de las cámaras.

Estamos lejos de una estrategia por bloques de los comandos terroristas en las calles de Bagdad. Pero los golpes puntuales contra blancos estratégicos no pueden descartarse. Ahora veremos cómo las tropas aliadas pueden servirse de esta coyuntura para avanzar políticamente, y de qué manera, una injustificada invasión militar da lugar a la verdadera participación que deben tener los iraquíes sobre su propio destino. La guerra perdida políticamente expande ahora una oportunidad psicológica. Un paso en falso sobre la fase de reconstrucción que el propio pueblo iraquí debe dar, significaría postergar indefinidamente un conflicto infernal contra el terrorismo.

Haber encontrado a Saddam Hussein no es entonces suficiente. La campaña que tiene que darse en el terreno de la política está por verse. Ahora todas las tropas de las naciones aliadas tienen el compromiso de preparar con cálculo su retirada. Asunto más complejo que la invasión. Forjar unas condiciones adecuadas para confiar en un sistema político distinto al que reinaba con el dictador, y a la vez interiorizar la propiedad con que un pueblo fragmentado pueda rehacerse por si solo, o en una situación remota, entregar la total responsabilidad del proceso a la Organización de Naciones Unidas (ONU) en un decoroso retiro, ese es el verdadero desafío.

En el trasfondo de toda guerra hay poderosas razones que responden al celebre aforismo del prusiano Carl von Clausewitz: “la guerra es la continuación y una expresión de la política por otros medios” (1). Una concepción que supuestamente ha llevado a interpretar las dos caras de una moneda en este caso. Si la captura de Hussein puede tomarse como un logro militar, el siguiente paso es político.

El gobierno Bush ha demostrado insensatez desde el origen del conflicto irakí. Ese aire imperial le puede costar demasiado. Parte del pueblo iraquí experimenta rencores contra los países aliados. Contra la ONU, etc.

¿Cómo reorientar un adecuado manejo político sin manipulación? ¿Cómo integrar a los clanes minoritarios a fin de contener eventuales brotes de resentimiento colectivo que lleven a más terror? Si la peor parte de la guerra tiene fracasos de índole militar, ¿Pueden los militares ser los más influyentes en el destino de Irak?

En la extensa región del mundo árabe, confluyen variadas zonas distintas con semejantes convicciones. La tarea por delante en Irak impone cuanto menos tres tipos de orientación. Primero, el fortalecer progresivamente una gran inversión de capitales que puedan facilitar la reconstrucción de la infraestructura del país. Segundo, elevar los niveles básicos de empleo y, tres, fomentar una mayor estabilidad política e institucional. Los tres tipos de orientación corresponden a criterios válidos para el cambio político de sociedades en crisis. Algo observado recientemente por Samuel Huntington en su investigación” cambios en el entorno de seguridad e intereses nacionales estadounidenses". (2)

En términos de probabilidades, por tanto, nada indica que se vaya a producir de inmediato una reducción significativa del alto nivel de inseguridad que sufre Irak. Ni se ha producido una normalización de la vida social, política y económica para una gran mayoría de los ciudadanos iraquíes, ni se ha avanzado en la reconstrucción nacional, ni se atisba con claridad un calendario de transferencia del poder político. Antes al contrario, los líderes chitas están mostrando su creciente descontento ante un proceso que no les garantiza de momento el esperado control del país, en función de su peso demográfico. Esto puede inclinar a algunos de ellos a activar también a sus milicias para desarrollar acciones violentas, añadiéndose así a las de obediencia sunita o a los frustrados y desmovilizados miembros de las fuerzas armadas del anterior régimen, o a los nacionalistas que interpretan la presencia de tropas extranjeras como una ocupación intolerable, o a los ahora marginados por su conexión anterior con Saddam. Demasiados actores, en definitiva, interesados en instrumentalizar la violencia al servicio de sus objetivos políticos. La detención del sátrapa, desde esa perspectiva, llevaría a pensar que estamos más bien ante un punto y seguido en una historia de la que todavía quedan muchos capítulos por conocer.

Por todo lo que le ha sucedido hasta hoy a Hussein, y viendo la suerte que terminan corriendo personajes de su calidad; la ocasión es propicia para aquéllos presidentes incluyendo al mismo Bush y Blair demás dictadores, que tanto detestan la vida en democracia, y que son, a su vez admiradores y otrora peregrinos visitantes de Saddam, el momento ha llegado, para que pongan sus barbas en remojo; y los que son lampiños, pues que vayan poniendo sus hallacas en remojo, si no quieren correr la misma suerte que Saddam.

En lo que afecta a su propia suerte personal, y una vez que ha logrado no ser eliminado físicamente en el momento de su detención (lo que probablemente hubiera ahorrado futuros dolores de cabeza a algunos gobiernos occidentales), todo apunta a un largo proceso. Por una parte, EEUU está mucho más interesado en someterlo a interrogatorios sistemáticos de los que pueda obtener información relevante para resolver temas pendientes (desde las armas de destrucción masiva hasta sus posibles conexiones terroristas), que en entregarlo para ser sometido a un juicio. En este último caso, Saddam Hussein será un acusado muy molesto, puesto que puede sentirse tentado a contaminar a actores muy poderosos que contribuyeron a consolidar su poder y a dotarlo de armas como las utilizadas para castigar a su pueblo o a sus vecinos. Saddam, en consecuencia, dispone todavía de ciertas cartas para negociar con sus captores. Si Washington trata de evitar esa posibilidad, y se convence de que no logrará nada sustancial en sus interrogatorios, puede inclinarse por entregar al detenido a las actuales autoridades iraquíes (no legitimadas más que por el propio EEUU), para que sean ellas quienes lo juzguen, condenándolo a la pena capital. De otro modo, sería muy difícil evitar las críticas internacionales para ser sometido a juicio en EEUU o habría que enfrentarse a un tribunal internacional (sea la Corte Penal Internacional o uno creado ad hoc), menos manejable desde Washington.

1. Clausewitz Carlos von -DE LA GUERRA.. Ediciones Ejército, Madrid, 1980.
2.- Huntington Samuel P. ¿Choque de Civilizaciones? l Foreign Affaires En Español, 1993

 

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