La evaluación: rumbo a la calidad educativa


Uno no se ilumina imaginando la luz, sino haciendo consciente la oscuridad;
un procedimiento bastante trabajoso y por tanto impopular.
- C. Jung -


La educación constituye una preocupación constante y un ámbito de acción preferente para los responsables políticos de cualquier país, pues de la formación que su sistema educativo sea capaz de proporcionar, depende en buena medida el futuro de sus ciudadanos; la educación que reciban será determinante para desarrollarse como personas, para su orientación profesional y para ejercer con madurez, en un marco de libertades, una serie de valores como la participación, la tolerancia o la solidaridad.

Hace ya algún tiempo que en los países desarrollados los problemas educativos han dejado de ser de tipo cuantitativo, para convertirse en cuestiones de naturaleza cualitativa. La discusión, sin embargo, sobreviene cuando es necesario ponerse de acuerdo para precisar qué es calidad en educación. Dada la subjetividad y la controversia que el término suscita, para simplificar sería más conveniente hablar de mejora, porque mejorar significa, en definitiva cambiar en positivo y en eso sí que no suele haber discusiones estériles, sino más bien unanimidad.

Alejandro Tiana (1996), tratadista español en el tema, destaca tres condiciones que han favorecido la emergencia de los Sistemas de Evaluación Educativa: 1) el cambio registrado en los mecanismos de administración y control de los sistemas educativos; 2) la demanda social de información y rendición de cuentas y 3) un nuevo modelo de conducción de los sistemas educativos. La primera se refiere a que las instancias administrativas en los niveles central y local deben adoptar medidas que posibiliten a las instituciones educativas mayor autonomía para dar respuesta a las demandas del entorno sin renunciar a la responsabilidad de ejercer la función de control que la sociedad les ha encomendado. La segunda, tiene que ver con el control y gestión participativos que deben ejercer todos los ciudadanos sobre la educación, es decir, con la "rendición de cuentas" para vincular la educación al desarrollo, asumir la competencia creciente y establecer prioridades en la asignación de recursos. La última, alude a la gestión basada en la información sobre el estado, funcionamiento y productos del sistema educativo.

Entre los aportes que puede realizar la evaluación para la mejora cualitativa de la educación se han seleccionado cuatro, considerados los más significativos: 1) Conocimiento y diagnóstico del sistema educativo; 2) Conducción de los procesos de cambio; 3) Valoración de los resultados de la educación; y 4) Mejora de la organización y funcionamiento de los centros educativos. El Sistema de Evaluación es un dispositivo administrativo para la conducción del sistema educativo. Su función es ofrecer información sobre los resultados de la educación, el funcionamiento de distintos niveles del sistema, las condiciones que afectan los procesos en las distintas instancias y el aporte de distintos actores. Esto con el propósito de definir las políticas educativas, orientar el desarrollo de planes de mejoramiento y rendir cuentas sobre la respuesta del sistema a las demandas de la sociedad. Por ejemplo Chile ha estado involucrado desde hace largo tiempo en el desarrollo de evaluaciones educacionales. Su programa fue concebido en 1978, cuando el Ministerio de Educación solicitó a la Pontificia Universidad Católica que diseñara e implementara un sistema de información para la educación. En 1988, con la transferencia de las escuelas públicas a las municipalidades, el programa recibió el nombre de Sistema de Medición de la Calidad de la Educación (SIMCE). La función del SIMCE es ayudar al Ministerio de Educación y a las autoridades regionales y provinciales a supervisar el sistema de educación, a evaluar a las escuelas y a apoyar la capacitación docente en el servicio.

A partir de 1988, el programa se ha vuelto más eficaz y eficiente, luego de la introducción de mejoramientos en la capacidad técnica, el sistema de procesamiento computarizado y la administración. El costo del programa es de aproximadamente $5 dólares por alumno (el dato para México fue de 35 dólares en 1990), lo que es comparable con los estándares internacionales. Las pruebas del SIMCE revelan lo siguiente: aquellas escuelas que tienen niños que proviene de familias pobres y con un bajo nivel de educación o de áreas rurales obtienen los peores puntajes, las escuelas municipales públicas y las escuelas rurales obtienen puntajes más bajos que las escuelas privadas y, finalmente, los puntajes de las 900 escuelas evaluadas muestran un mejoramiento significativo durante los últimos años. En general, Chile cuenta en la actualidad con el sistema de evaluación más amplio y mejor administrado de América Latina y el SIMCE ha servido como una poderosa herramienta para la ejecución de un programa de reforma que promueve la descentralización, la responsabilidad por los resultados y el aumento del aprendizaje y la escolaridad. Las autoridades del gobierno buscan mejorar aun más el sistema. En particular, actualmente están considerando agregar pruebas de desarrollo en las evaluaciones (hoy en día todas las pruebas son del tipo selección múltiple).

En 1970, México estableció una oficina en la Unidad de Planificación Educacional de la Secretaría de Educación Pública, que finalmente se transformó en la Subdirección de Evaluación y Acreditación, con el propósito de estudiar las características y la calidad del sistema educacional del país. Durante el período 1976 a 1982, la subdirección investigó el aprendizaje en una muestra representativa de alumnos que cursaban el cuarto y quinto grado. Los resultados de esta evaluación aparecieron en publicaciones científicas y especializadas, no siendo divulgadas de ninguna otra manera, y las autoridades les prestaron poca atención. En efecto, la información con respecto a la evaluación se transformó en un “secreto de estado” sólo conocido por un reducido número de profesionales de la secretaría. Este enfoque dificultó el desarrollo técnico así como la utilización para el diseño de políticas.

En 1994, después de varias evaluaciones de la calidad de la educación en México, la Secretaría emitió un informe acerca de los conocimientos y las habilidades de 480.000 profesores como asimismo el rendimiento de 2,8 millones de niños de educación básica y secundaria. Sus principales conclusiones fueron que los niños que habían asistido a la educación preescolar obtenían puntajes más altos que aquellos que no lo habían hecho; los niños que habían repetido el sexto grado como asimismo aquellos que estaban trabajando exhibían un menor rendimiento que aquellos que nunca habían repetido y aquellos que no trabajaban; los niños que asistían a escuelas urbanas o privadas obtenían mucho mejores resultados que aquellos que asistían a escuelas rurales y públicas; los puntajes más bajos se encontraban entre los niños que asistían a escuelas indígenas y comunitarias, que contaban con instalaciones inadecuadas y profesores con menor nivel de capacitación, y los niños que obtenían los mejores puntajes asistían a escuelas urbanas y tenían padres que exhibían un mayor nivel de educación. Las autoridades mexicanas informaron también que era imposible medir sistemáticamente el desempeño de los profesores en la sala de clases, debido a que las poblaciones de alumnos eran extremadamente diversas y aún existían dificultades técnicas. De 1995 al 2000, la SEP ha aplicado exámenes cada año a aproximadamente 600 mil docentes y a 7 millones de alumnos (de tercer grado de educación primaria a tercer grado de educación secundaria, en casi la totalidad de las escuelas secundarias y en el universo completo de las escuelas primarias. En este periodo, los Consejos Técnicos Escolares, encargados de evaluar el desempeño profesional de los profesores otorgaron, en su gran mayoría, el máximo puntaje a todos sus docentes evaluados.

Lo anterior hace evidente las dificultades que enfrenta realizar un proceso de auto evaluación en los centros escolares sin la referencia de una evaluación externa. Es preciso incluir a los profesores en el proceso de evaluación desde el comienzo si se desea que las evaluaciones tengan impacto en la educación. Los programas de evaluación deben ser llevados adelante con decisión y no se debe permitir que sean suspendidos y luego reiniciados en forma intermitente ni que sus resultados sean ocultados a la opinión pública. Un compromiso con la transparencia también requiere un enfoque sistémico para abordar la supervisión y la evaluación. Al respecto, debe entenderse que las evaluaciones sólo miden el rendimiento de los educandos y es poco lo que nos dicen acerca de la magnitud y las causas de la deserción. Otras herramientas para medir el rendimiento de los alumnos y del sistema son, estudios de la deserción y la repetición, mediciones de los insumos escolares y estimaciones de los recursos mínimos que cada escuela debiera tener, observaciones sistemáticas de los procesos escolares y estudios del desempeño de los egresados de las escuelas en el mercado laboral. Tal vez la lección más importante a la fecha es que necesitamos establecer objetivos educacionales, determinar si los educandos, las instituciones y los sistemas escolares están cumpliendo sus objetivos y, luego, establecer programas tendientes a asegurar que dichos objetivos se cumplan finalmente. Las evaluaciones no servirán para mejorar la calidad de la educación a menos que todos concuerden en la importancia de mejorar la calidad y en la necesidad de informar los resultados de las evaluaciones de una manera amplia, oportuna y fácilmente comprensible a todos los participantes en el proceso (es decir, de manera “transparente”). Este consenso debe representar una coalición entre los profesores, los padres, los administradores y los líderes empresariales y políticos.

Aquel que intente encontrar la diferencia entre educación y entretenimiento
no tiene ni idea de ninguna de las dos cosas.
Marshall McLuhan

Nadie discute actualmente que la evaluación constituye un requisito fundamental para asegurar la calidad de cualquier producto o servicio. Aplicado este criterio casi axiomático al campo de la educación, la evaluación resulta un paso previo imprescindible cuando se habla de calidad educativa y, por consiguiente, se nos presenta hoy como garantía de acierto en cualquier toma de decisiones. Así pues, dado que evaluación y calidad se relacionan con tal grado de dependencia, no pueden concebirse por separado, aunque esto no debe llevarnos a una asociación mimética de sus identidades, porque conceptual y pragmáticamente evaluación es, entre otras cosas, evidencia, datos, certeza, conocimiento, mientras que calidad es finalidad, propósito, aspiración o meta a alcanzar. En cualquier caso, de la conjunción de ambos términos cabe inferir que en estos momentos la calidad de la educación tiene en la evaluación educativa su más valioso e inevitable asociado. En este sentido, podemos convenir en que, incluso, «la peor evaluación es siempre mejor que ninguna, ya que, al menos, permite empezar a hablar y puede ser discutida».

 

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