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Identidad Latinoamericana: un desafío pendiente
Vivimos un tiempo en que estamos próximos a ser 6000 millones de seres humanos en este planeta, momento crítico que al inicio de un nuevo siglo comienza a demandarnos una revisión profunda acerca del tipo de mundo que hemos producido, del tipo de acciones que hemos hecho sobre él y nosotros mismos. De pronto la globalización y las transnacionales se han vuelto tema en boca de todos los actores sociales; temas que se centran en nuestra América en la problemática de la identidad. Filósofos e historiadores han llenado libros sobre este tema y en ellos podemos deducir inicialmente que el fondo de sus escritos es la denuncia y el diagnóstico y muy poco sobre las posibles propuestas. De ello surge la necesidad de poner y aventurar una mirada crítica sobre nuestra identidad, la forzosa construcción de ella, sus limitantes. Por tal razón, se hace un diagnóstico crítico e histórico sobre la construcción de nuestra identidad y los problemas que ello genera desde el mundo globalizado y mundializado; como fuente de construcción de conocimiento histórico y de formación de sentido de pertenencia.
En primer lugar, debemos decir que la discusión sobre nuestra identidad no es nueva. En la década de 1920, en Alemania, el Instituto para la Investigación Social (Institut für Sozialforschung), fundado en Frankfurt en 1923 por Adorno y Horkheimer consideran que el mundo en el que viven "es el mundo de la caída de la razón objetiva", en donde el hombre ya no cuestiona críticamente su devenir ni pasado, por lo tanto, se encamina hacia la pérdida de su identidad individual y colectiva. En la década de los 70’s, Michael Foucault trabaja la idea de que hay conceptos claves para el entendimiento de la sociedad; por ejemplo, la disciplina (que es una especie de lema en torno a la cual gira el modelo capitalista); el poder, el cual no es sólo prohibitivo o represivo, sino también reproductivo; produce por ejemplo, diferentes regímenes de verdades y de saberes, los cuales, por lo tanto, condicionan el apoderamiento de identidades culturales. En su obra Microfísica del poder, pone énfasis justamente en esa visión reticular del poder y en las manifestaciones en lo cotidiano, rayando con mucho cuidado y prolijo el tema de la construcción de la identidad. De la obra de Foucault se derivan también los escritos de Guattari, Deleuze, Derrida, Lyotard, etc., quienes hacen un repaso crítico a la posmodernidad. Contemporáneo a Foucault, Jürgen Habermas, discípulo alemán de la Escuela de Frankfurt, planteaba que la pérdida de la identidad social era el resultado de la desvinculación entre los sistemas técnicos y la vida actual, donde el hombre se ha vuelto presa fácil de la tecnificación, olvidando por ende su pasado y el compromiso con el futuro, volcándose hacia la individualidad y el abandono de sus tradiciones. Con motivo del cumplimiento de los 500 años del descubrimiento de América, la problemática se volcó hacia nuestro continente y si bien, ya se había escrito antes sobre identidad latinoamericana, la gran mayoría de esos manifiestos se hicieron públicos a partir de 1992. Los órganos y redes intelectuales de Latinoamérica buscaron con afán entre las obras como las de Todorov, Dussel, Kusch, Biagini, Roig, Montiel y Zea, por nombrar algunos, pequeñas señales que alimentasen la discusión en torno a nuestra identidad: la permanencia o el fortalecimiento de ella. Esta discusión en torno a la identidad latinoamericana no sólo involucró a pensadores, académicos e intelectuales, sino que además comprometió a políticos, etnias, grupos nacionalistas, reivindicadores, etc., quienes se apropiaron de determinados discursos para justificar o replantear nuestra identidad.
Conceptualmente, la identidad es "el núcleo de cada cultura. Es el modo de ser particular, la propia y singular peculiaridad de las variantes universales de cada cultura en el eje del tiempo y en la dimensión del espacio". Esta definición nos habla de identidad como muestra de un todo social, como el resultado de la cultura de cada sociedad en el tiempo y en el espacio; con al cual nos surge la primera interrogante: ¿El modo de ser de América ha sido siempre el mismo? Consideramos que no, aunque existan pequeños atisbos de continuidad, como el hecho de un pasado colonial, una obligada inserción al capitalismo y a la dependencia económica que dan como resultado una Latinoamérica en vías de desarrollo. Desde la llegada de los hispanos a nuestro continente, la población indígena fue brutalmente reducida a la fuerza. Los indios que resistieron eran exterminados o simplemente se adaptaron a la aculturación, la transculturación y a la evangelización, la cual no sólo acababa con su cultura sino también con su imaginario colectivo.
Como señala el sociólogo Jorge Larraín, "del encuentro original entre la cultura española e indígenas, emergió un nuevo modelo cultural fuertemente influenciado por la religión católica, íntimamente relacionado con el autoritarismo político y no muy abierto a la razón científica. Este modelo coexistió fácilmente con la esclavitud, el racismo, la inquisición y el monopolio religioso". La llegada de las emancipaciones latinoamericanas no provocó grandes cambios en este panorama; es más, la conformación de un mestizaje latino híbrido donde la preponderancia apunta a la no-pureza de nuestro criollaje. Las esferas de poder se trasladaron hacia los terratenientes y hacendados, los cuales reprodujeron el discurso político y económico colonial atentando contra el criollaje y las etnias, para justificar el poder y el sometimiento a una hegemonía cultural en toda Latinoamérica. La industrialización de las naciones occidentales provocó en Latinoamérica flujos de dependencia económica que posibilitaron el ingreso de capitales británicos y estadounidenses que se alojaron en el seno de nuestras economías, transformando las costumbres de la oligarquía, quienes seguían ostentando el poder interno, subyugando a los sectores populares a una reformulación de corte moderno del sistema colonia.
Sin embargo, el siglo XX para Latinoamérica es sinónimo de la expresión máxima de la desintegración cultural con la irrupción veloz de los medios de comunicación y el aumento de la brecha entre las esferas de poder y la sociedad. Es aquí, donde la obra de Rodolfo Kusch, América Profunda, cobra actualización en torno a sus postulados para la confrontación entre el mundo hispano y el indígena. Según Kusch, hay dos visiones en nuestro continente que no siempre conjugan el mismo verbo de identidad. En primer lugar habría una América periférica, austral que sería dominio de la tradición occidental, depositaria del individualismo, del mundo secularizado, de la racionalidad instrumental y la modernidad que simbolizaría la equivalencia entre "ser alguien" y la acción promotora del ser humano en el estandarte del control y el dominio. Por otro lado, al interior de América en su "profundidad", existiría una cosmovisión diferente y conservada a pesar de la conquista occidental. Esta visión no está orientado a la definición sino más bien dirigido hacia el "aquí y el ahora" como una perspectiva de encuentro, donde predominaría una dimensión colectiva de lo humano sobre una individual, la totalidad sobre la particularidad y una concepción de pertenencia al entorno ajustando el mundo a un sentido mítico y religioso, el sujeto "se vive" como domiciliado en su circunstancia, desde la cual se desprende su sentido ontológico particular referido "al estar". Al ya mencionado dilema de nuestra identidad, hay otros factores que por lo menos son necesarios nombrar, y que en definitiva (des)configuran nuestra Reflexión. Se debe tener en cuenta que "es innegable que la religión ha jugado un papel fundamental en la historia de la cultura en Latinoamérica en cuanto a que se ocupa de los valores supremos y que ha servido para fundamentar un orden social compartido". Es decir, que la religión ha servido de silenciador de muestras de reivindicación radical y que se ha encargado de justificar a quienes en estos momentos ostentan las esferas de poder. También, otro problema para nuestra identidad es sin duda alguna el afán de los sectores conservadores de mantener enterrado el florecimiento de la identidad latinoamericana, desean el poder que ellos ostentan actualmente y que, como un fantasma, la liberación de los mecanismos de opresión existentes, romperían el marco actual.
Otro problema para nuestra identidad apunta más bien a nuestras escuelas y a la didáctica de la enseñanza de la Historia, donde prevalece un enfoque tradicionalista y positivista basado en las fechas y los datos en vez de la comprensión y análisis real de nuestro pasado. Es bien conocido el desencanto juvenil frente a los discursos políticos actuales. Según Peter McLaren, como consecuencia de la condición postmoderna de nuestra sociedad actual, los jóvenes sienten repudio frente al "compromiso con el presente o a pensar históricamente", viven las identidades superficiales de las imágenes que les entregan los medios de comunicación, en las que la política de análisis interpretativo es reemplazada por la política del sentirse bien, del dejar pasar o bien del olvido de la memoria histórica. Esto atenta considerablemente contra nuestros jóvenes; puesto que la forma tradicional de enseñar nuestra historia no los lleva a entender el tejido y conjunto de los hechos de nuestro pasado, el cual "necesita ser remodelado periódicamente por la urgencia que cada generación tiene de construir el presente desde el pasado, y de producir su propia realidad social y cultural a partir del mundo que recibe como legado, superando de paso, los problemas vitales con que ese legado carga a la nueva generación". En este punto Kusch realiza un análisis acabado y genial de las diferencias existentes en nuestra América multicultural y sincrética que en definitiva se oponen a la homogenización y a la globalización de nuestra cultura social, impidiendo por razones "del ser latinoamericano" la homogenización de una identidad.
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