Adiós, Raquel

Eres para mí un tesoro
que deseo con ardor.
No tengo mayor codicia
que tus besos y tu amor.

Eres para mí lo excelso,
eres de mi vida el Dios.
Yo soy poco para amarte
e indigno de tu favor.

Es tu alma blanca y pura,
de inocente resplandor.
Soy yo, en cambio, un ser indigno,
un malvado pecador.

¡Adiós, Raquel de mi vida!
Me sumerjo en el dolor.
No quiero que por mí sufras.
No merezco tal honor.

Siempre amigos, como siempre.
No he perdido la ilusión.
Pues, por encima de todo,
no me dijiste que no.

 

 

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