Una
súplica asomó
a mis labios lacerados.
- ¡No me abandones, mi vida!
- le rogué, la voz temblando.
Me contempló con un deje
de desprecio y de ambición.
Rodó por mis pies el alma
al mirar su desamor.
Y después... rodé de hinojos
mientras el llanto bañaba
todo el suelo en derredor.
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