Y
lloraron los ojos de la niña
tierna y dulce, cual tallo de clavel,
y las lágrimas vertidas en su llanto
finos surcos grabaron en su tez.
Los suspiros brotaban de su pecho
que, aunque joven, mostraba a la mujer.
En sus manos sangrábanle las huellas
que aquel día dejaron las de él.
Y lloraron los ojos inocentes
por un joven que fue salvaje y cruel.
No solloces más, niña, ve a la vida,
que no todos serán igual que aquél.
A
poema anterior A
Menú A
poema siguiente |