Marchito
el pensamiento se encontraba,
sin hálito bastante a mi existencia,
vagando sin ninguna consistencia,
con brillo ya apagado en la mirada.
Pisaba sin sentir, por puro instinto
cual fiera que asesina sin objeto.
Bebía de las nubes el aliento
por pura terquedad del muerto vivo.
Soñaba con fantasmas irreales
que existen, puede ser, en mi locura.
Les daba a cada cual una figura
de monstruos que no puede tallar nadie.
Y del amor ya muerto, surgiendo abrasadora,
la llama brotó viva de la tierra
consumiendo mis carnes temblorosas
que le prestaron sustancia pobre y yerma.
Tal vez fuera un momento tan pequeño
que no pudieron mis ojos contemplarlo:
Creía yo mirar entre las llamas,
llamándome con ansia dulces labios.
¿Ha sido sólo un sueño, una quimera?
Tal vez, contra mi suerte, mas no en vano
que ya no habito las cuevas de la sima,
que en el Olimpo etéreo otra vez vago.
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