A mi hija

  Aquella chiquilla hermosa
que al nacer fue mi alegría,
que Miguita la llamamos
de blanca que parecía,

que con su voz y las teclas
de su piano, sabía
acompañar mis cantares
prestándoles su armonía,

que me regañó mil veces
porque mi voz no salía
tan brillante como ella
que reluciese quería,

hoy se encuentra en un cruel trance,
hoy yo estoy en la agonía
de verla que está angustiada,
de no mirar que se ría.

Espero que nada ocurra,
que pronto la melodía
de su teclado resuene
para alegrarnos el día.

Porque si no resonase,
por que si... ¡Dios! No querría
contemplar de su piano
las teclas mudas y frías.

Pues si no es ella quien toca,
a sonar no volverían.
Que me lleve a mí la muerte
pero no a ella, hija mía...

 

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