Un día volví a mi casa...

  Un día volví a mi casa
tras una loca alegría,
la encontré llena de gente
mas se encontraba vacía.

Volví otra vez, la hallé sola.
Mas yo la encontré repleta
de mil vivencias, mil sueños,
de toda mi vida inquieta.

¿Cómo habré de hallarla ahora
que sé que no espera nadie?
Pues como siempre, muy ansiosa,
igual que espera una madre.

Es lo que importa de cierto,
volver y encontrar cobijo,
sentir que alberga el silencio
aún las risas de mis hijos.

Hoy ya se han ido y sus risas
ya no perturban mi calma.
¡A ver si logro a su abrigo
Que encuentre la paz mi alma!

Tranquilo, siempre tranquilo...
Yo sé que ya a nadie espero.
Mis versos, mis ilusiones,
son mi mejor compañero.

Que son hijos de mi mente,
no del amor ni el deseo.
Los escribí con apuro,
hoy con orgullo los leo.

Orgullo siento de todos,
de mis hijos y mi obra:
Aquellos son mi futuro,
ésta me lleva a la gloria.

Y si la gloria no alcanzo,
no me importa demasiado.
Lo que importa es dejar huella.
Sé que honda la he dejado.

Ya llego, ya falta poco,
ya vuelvo alegre a mis lares,
en cuanto cruce su puerta
se acabaron mis pesares.

Después volverá el silencio,
la quietud de cada día.
No importa, que mi garganta
vibrará con alegría.

Que entonando una romanza,
que sosteniendo un agudo,
sabré decirles a todos
que, aunque calle, no estoy mudo.

Que nada importa el silencio
cuando se adora la vida,
que mi alma está despierta,
que no se encuentra dormida.

Y verso a verso, adelante,
golpe a golpe, caminando,
proseguiré alegre marcha
hasta Dios sabe hasta cuando.

 

         

 

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