Tus ojos lucen traviesos
lo mismo que siendo joven,
aunque el pasar de los años
veja dejando su azote.
En tu cuerpo cada día
hacen mella los dolores
y no me extraña que, al cabo,
tus mágicos ojos lloren.
Mas aquel gracioso duende
que dije en aquel entonces
que en ellos se refugiaba,
aún percibo que se esconde
y que resuena su risa,
llena de mágicos sones,
como preludio ardoroso
de tus cálidos amores.
Quiero escuchar ya su música,
quiero bailar a su acorde,
que aunque los años pasaran
hoy tocan nuevas canciones.
Ya no son las de Los Brincos,
con su Flamenco y el ole
que exclamé cuando pasabas.
Hoy no hay música tan noble.
El niño que entonces era
a tu lado se hizo un hombre
y aquella chiquilla hermosa
floreció y aquellas flores
son tres hijos que me diste,
una chica y dos varones.
Como ellos ya crecieron,
también tenemos ya a Noe,
otra chiquilla preciosa
con unos ojos enormes;
mas no como los de su abuela,
puesto que Dios rompió el molde.
Y así pasarán los tiempos
e iremos no sé hacia dónde,
mas donde quiera que sea
seguro que el duende escondes.
¿Pues qué mejor escondite
puede hallar ni aun en el bosque
que en el fondo de tus ojos,
verdes como sus colores?
Por eso escucho sus risas,
aunque a veces también llore;
procura que esté contento
y que allí siempre se aloje.
No le cobres alquileres
ya que los duendes son pobres,
aunque digan que escondido
guardan de joyas un cofre.
Deja que viva tranquilo,
que para siempre allí more,
que puede ser que mis versos
inspire aunque no lo note.
Que su cascabel alegre
un ritmo alegre compone,
una dulce melodía
que alegra los corazones.
Y cuando yo me haya muerto,
déjale que alegre toque
mil cánticos de alegría
que hasta en mi tumba redoblen. |