| |
Funesta amaneció la
madrugada
de ese día de abril. Como agorero,
el cielo descargó gran aguacero
cual símbolo de llanto y, apenada,
tembló la multitud. Triste el concierto
que se entonó al saberse la noticia:
La Muerte, con su fúnebre caricia,
ha vencido al final. El Papa ha muerto.
Un hombre al fin y al cabo es lo que
era,
que alumbró una mujer, igual que a todos,
que había de morir como cualquiera
al igual que nació. De todos modos
me rebelo ante el hecho, ya que hay gente
que debiera vivir eternamente. |
|