Otra vez la barbarie y la
metralla
han herido mis calles tan queridas;
no han llevado consigo esta vez vidas
mas la inquietud ha sembrado esa canalla
entre el pueblo pacífico que calla,
que lame con paciencia sus heridas,
que sofoca mil iras contenidas
hasta un día tremendo en el que estalla.
El furor de los mansos es terrible,
el pacífico sufre hasta que aguanta.
Mas, cuando ya aguantar es imposible,
se lanza del cobarde a la garganta.
¡Temblad ante la cólera del manso!
Cuando por fin despierta no hay descanso
y castiga sin tregua al que, insolente,
la marca de Caín luce en su frente. |