| |
Yo quisiera sentir en tu
mirada
aquel amor que por mí sentiste antes,
pero entiendo que llevas muy clavada
mi traición en tu pecho y mis desplantes.
No sé lo que daría porque nada
de aquello que ocurrió... Que esas amantes
no hubieran existido; pero, amada,
no puedo ya borrar esos instantes
en que te viste infeliz y traicionada,
cuando mis gestos altivos y arrogantes
quebraron ante ti la fe jurada
por unos ojos nuevos y brillantes.
Una traición atroz que fue asociada
a un abandono vil, a unos desplantes
que tú no mereciste. ¡Qué pesada
la carga suele ser de los farsantes!
Porque hoy siento el alma desgarrada
por angustias terribles que, constantes,
condenan la pasión enamorada
que siento yo por ti; que, lacerantes,
susurran mil murmullos en mi almohada,
diciéndome tenaces, machacantes,
que mi culpa de ayer no está olvidada,
que mis muestras de amor no son bastantes. |
|