En un Domingo de Ramos
yació allí, Miguel Hernández,
un poeta de la tierra,
acaso de los más grandes.
Allí le dejaron solo,
nadie veló su cadáver,
pues no estaba permitido,
ni su esposa ni su madre.
Luchó por la Libertad
sin saber que los magnates
temen más a la palabra
que a una tropa de gigantes.
Que más hieren unos versos
escritos con muy buen arte
que mil aviones juntos
o que una carga de tanques.
Los odios engendran odios
y Miguel quiso enfrentarse
al odio que dos Españas
se han de tiempos ancestrales.
Y te ofrecieron rendirte,
que ante ellos claudicases,
que traicionaras tu credo,
tus íntimos ideales.
Pero noble cual ninguno,
de valiente hiciste alarde,
y fuiste fiel a tu pueblo
aunque ello te matase.
Muy cerca de donde vivo
aún se levanta la cárcel
donde escribiste tus nanas,
inspiradas por el hambre
que padecía tu hijo,
que era sangre de tu sangre.
La lápida siempre miro
que dice que allí purgaste
el pecado de ser noble,
de ser un loco si cabe,
pero dejando constancia
de tu valor indomable.
Poeta entre los poetas,
entre cabras te criaste
y entre cabras escribiste
esos versos inmortales.
Después, allí en la trinchera,
a los tuyos animaste
con tus poemas ardientes,
con tu palabra excitante.
Pero ganaron los otros;
tú llevaste la peor parte
pues no te dieron dos tiros,
dejaron que te apagases.
En un Domingo de Ramos
yació allí Miguel Hernández,
asesinado por odio,
sin nadie que le velase. |