Soñar en la vejez con el
triunfo
es como al olmo irle a pedir peras.
Ya pasaron los años de los sueños,
de la gran ilusión, de las quimeras.
Y no obstante, prosigo en el empeño
de lograr resurgir de las tinieblas.
No resigno mi orgullo de ser alguien,
de dejar en la Historia alguna huella.
Cuantos más años cumplo más me afano,
brotando sin querer de mi cabeza
una serie de rimas que se olvidan,
pero más tarde vuelven otras nuevas.
Escribo por amor, por simpatía,
por la causa que antes se aparezca.
No dirijo ya versos a la Luna;
por supuesto, no quiero hablar de guerra.
Y es que los años semejan ese lastre
que te impide volar a las esferas,
aquellas de los años juveniles.
Obligan a tener los pies en tierra.
Y no me siento viejo en absoluto.
A pesar de estar cercano a los sesenta
sigo tan infantil como a los veinte años;
si me apuran, aún más que entonces fuera.
Debo recomponer mis pensamientos,
madurar una a una mis ideas.
Saber por qué nací, por qué estoy vivo,
cuando tengo amistades que están muertas.
No sé si llegaré nunca a saberlo.
Tampoco es que me cause gran problema
vivir sin conocer cuál es la causa:
Solamente el vivir, vale la pena.
Sentir que hemos amado tantas veces;
recordar el vigor, aquella fuerza
que impulsaba a correr mil aventuras;
de alguna salías bien, de otras por piernas.
Recordar el pasado deslumbrante,
ver oscuro el futuro que me espera.
¡No importa! Llevo luz en mi frente,
una luz que ilumina las tinieblas.
Y cuando llegue el día señalado,
cuando llegue por fin la hora postrera,
quiero decirle a la vida que he vivido.
¡Y que venga después lo que Dios quiera!
Así que decidido ya lo tengo:
Escribiré siempre que me apetezca,
mas ¿soñar en la vejez con el triunfo?
Aplicaré el refrán: A la vejez... viruelas. |