LXXXII

De tu pedestal de diosa,
donde sonríes triunfante,
sé que caerás algún día
tras desdichado combate.

Y entonces que sin amigos
en la miseria te encuentres,
has de acudir sollozando
a dónde mi cuerpo duerme.

Para entonces será tarde,
que la muerte habrá apagado
la llama que daba vida
a los besos de mis labios.

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