LXXXI

Hemos bebido el licor,
apurando hasta las heces.
Tú te has quedado serena;
yo, sin poder sostenerme.

Mi copa llenó aquel llanto
que de mis ojos cayese,
porque el vino procedía
de las cavas de la Muerte.

Hoy te has ido y yo he quedado
tan solo como estuviese,
pensando en que aquellas lágrimas,
tal vez, tú no las mereces.

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