XXXII

Apagadas las brasas se encontraban
por el hielo formado en el ayer;
de la hoguera que el humo destilaba
no brotaban las llamas de la fe.

Tú has dejado la fragua al rojo vivo,
tú le has dado la brisa para arder.
Yo el metal he vertido en sus entrańas
que, fundiendo, ha forjado mi querer.

 

 

 

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