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XIV
¡Si supieras, mi vida, cuánto daño
confesar mis errores me causó!
¡Si supieras qué amargo fue mi llanto
cuando, ardiente, mi párpado veló!
¡Si supieras la pena que me embarga
como un puño que aprieta el corazón,
puede ser que tus labios apagaran
la congoja terrible de mi amor!
¡Tú serás quién me vuelva a dar la vida,
despertando, contrito, del error!
¡Tú has de darme la calma y la delicia,
concediéndome amable tu perdón!
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