|
Plegarias
Son tus ojos cual espejos
en que mis ojos se miran,
son esos ojos tan dulces
los que hacen dulce mi vida.
Son esas manos tan blancas,
que blanca nieve semejan,
las que se acercan en sueños
mas en la vida se alejan.
Son esos labios hermosos,
los que besaran altares,
quienes negándome besos
concédenme mil pesares.
Y son tus cabellos rubios,
quienes al oro suplantan,
los que enmarcando tu rostro
con su brillar te hacen santa.
Mas, ¡ay! que es tu pecho ingrato,
que sabiendo que yo peno
por tu querer y mi vida
no pones fin a mi duelo.
No contestas a mis ayes
de dolor que, entristecidos,
susurran mis labios tristes,
llegando nunca a tu oído.
Blandas las rocas parecen
junto a tu pecho de hielo.
¿Por qué, dime, me desprecias
sabiendo que yo te quiero?
¿Por qué tu desdén altivo
mi pecho hiere con ira?
¿Por qué me abandonas, dime,
por qué me quitas la vida?
¿Por qué te la llevas, dilo,
si tú la muerte no eres?
Aunque... la muerte conmigo
acaso más dulce fuere.
¡Yo te lo ruego de veras:
Desciende desde ese trono,
concédeme tu cariño
y no me des tu abandono!
Tus besos ya no te pido.
Tan sólo te pido verte,
pues con verte me conformo...
¡Ya ves qué pobre es mi suerte!
No quieras cual bella diosa
con los mortales ser dura.
Sé más bien cual nueva Virgen,
pues a su igual eres pura.
No quieras ser Maga Circe,
no quieras ser nueva Helena,
porque tan sólo consigues
hacer mayores mis penas.
Te pido tu amor divino.
Con ansia habré de quererte.
Y si tu amor no me dieras...
¡dame por menos la muerte!
A poema anterior
A
Menú
A poema siguiente
|