Fragmentos

I

Sufre, pecador, a nadie implores,
pues con tu placer a Dios dañaste,
que al verle en el madero, allí enclavado,
¿acaso tú le amaste?


II

Noche oscura que la muerte cantas,
mi amor en ti se pierde, no la veo.
Cuando la luz se marcha de la tierra,
mi amor no corresponde a mis deseos.

Si lograrla pudiese, de sus labios
los amores bebiera yo a raudales
y en su cuerpo que me turba, tan lejano,
consiguiera poner fin a mis afanes.


 

III

La luz a las sombras derrota.
Las aguas las llamas apagan.
Amores, desdenes no menguan;
acaso aún más les inflaman.

Tus besos mis labios ansían.
Mirarse en los tuyos mis ojos.
Soñar sumido en tu pelo...
¡Tu pelo! ¡Tan bello y tan rojo!

IV

Si la muerte se llegara hasta mi lado
con placer concediérale mi vida.
Mas la muerte no se acerca y siguen vivos
en mi pecho los tormentos que tú inspiras.

El destino te interpuso en mi existencia
una tarde calurosa de verano.
Una tarde de alegría fuera entonces,
de tristeza y dolores fuera al cabo.

Yo no viera en tu persona nada extraño
y, contento, consiguiera conocerte.
Hoy, al pensarlo, observo dolorido:
- ¡Oh, cuán mejor hubiera sido ver la muerte!

Al cabo de dos días, de nuevo fui a buscarte.
Paseamos juntos y amable te portabas.
Después nos separamos con ánimo, felices;
tu amor no me dolía. Acaso... me gustabas.

Al otro día nos vimos nuevamente.
Que me marchaba, te dije, aquella tarde.
No contestaste. Dijiste apenas algo;
mas yo pensé que ya empezaba a amarte.

Apenas si pensé en aquellos días
que allí, a lo lejos, acaso me esperabas.
Me divertí, gocé de lo que había
y tu memoria apenas si fue traba.

Más yo volví al cabo de algún tiempo.
Sediento te busqué por donde pude.
Al encontrarte, amor pensé me dabas.
Hoy, escribiendo, perdona que lo dude.

Las circunstancias de ti me separaron
puesto que fuiste arisca e implacable,
mas puedes ver lo mucho que te adoro,
que considero que tú no eres culpable.
La culpa yo la tuve, lo confieso.
Yo sólo he de pagar ésta mi pena.
He de sufrir tus penas y las mías,
he de sufrir tu inhóspita condena.

Si consiguiera yo triunfar en vez alguna,
iré a buscarte allí donde te encuentres
y entonces, a pesar de tus desprecios,
yo mis triunfos a tus pies sabré ofrecerte.

Mas entretanto, mi espíritu se apaga.
Si no me inspiras... ¡adiós la poesía!
Si no me inspiras se agota mi esperanza;
la dulce vida daréla por perdida.


A poema anterior                                  A Menú                            A poema siguiente

Hosted by www.Geocities.ws

1