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Llanto de
amor
I
Es mi existencia falsedad inconcebible.
Jamás he dicho la verdad que hay en mi vida,
sólo he fingido cantando alegremente
mientras lloraba en mi interior el alma mía.
A todos he mentido en mis relatos,
tan sólo tres verdades habré dicho:
Que tengo tres amores que me abrasan
que son tres realidades, no caprichos.
Es el primero cariño terrenal
que puede, como humano, también ser pasajero.
Aunque su fuego en cálidos abrazos me consuma,
cuenta me doy que amor no es verdadero.
Es el segundo amor ya más excelso;
amor al escenario que, ténebro, me impone;
amor a los acordes que brotan de las cuerdas,
amor a las romanzas, amor a las canciones.
El último es divino. Divino el Ser amado.
Por siempre quiero amarle y no perderle
mas, como humano, también resulto débil
y ante la vida mi corazón se pierde.
Mis tres amores en uno se confunden
pues el segundo proviene del tercero,
el cual del terrenal también se sigue,
siendo el segundo la causa del primero.
De mis amores, el uno me ilumina;
el otro me da fuerzas para seguir viviendo.
Y el otro me atormenta viniendo a mi memoria,
hiriéndome en el alma el fuego del recuerdo.

II
Cielo gris observan mis ojos,
cielo gris me inspira lamentos,
cielo gris que también lo ve ella
al igual que yo lo estoy viendo.
Mas ella lo ve muy lejana
de donde me encuentro.
Yo lo veo sufriendo en el alma
dolores y penas sin cuento.
Yo acercarme a su lado quisiera
pero ella en sus iras no ceja.
Cuanto más yo me acerco a besarla
tanto más de mi lado se aleja.
¡Quién pudiera esquivar el camino
y en mis brazos tenerla de nuevo,
mientras besos sus labios hermosos
y acaricio sus lindos cabellos!

III
La espada yo tuve en la mano.
La espada que muerte me diera.
Con hoja de plata tan rica
que habría de herirme, ¿quién lo supusiera?
Ceñida a mi cuerpo la tuve algún tiempo...
¡Tan blanda y tan débil allí parecía..!
Yo la acariciaba, besándola dulce;
ella se callaba, nada me decía.
He aquí, de repente, su filo que, fiero,
mi cuerpo traspasa en hondas heridas,
manando la sangre que diere por ella,
perdiendo a sus manos, tan blancas, la vida...

IV
Dos rosas parecían
dos niñas que pasaron;
dos rosas que por siempre
mis penas renovaron.
La rubia fuera dulce,
de líneas atrayentes;
la pelirroja amarga.
Yo las querré por siempre.
Aquella es dulce rosa
que simpatía dióme.
Ésta rosal de espinas,
que me rasgó en jirones.
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