Ocho retazos poéticos

I

Áspero peñasco que en la cumbre miras
desde tus alturas todo alrededor,
dime si la encuentras en el verde valle
o entre la maraña de vegetación.

Ave que en el cielo vuelas tan veloz,
abarcando vistas que nadie verá,
dime si la encuentras entre las montañas,
dime si la encuentras en el verde mar.

Ágil pececillo de escama de plata
que en el agua vives de laguna gris,
dime si la has visto reflejar su cara,
dime si la has visto reflejarse en ti.

Monstruo submarino que existes sin luz,
cuéntame si has visto su cuerpo flotar
entre turbias algas de escondido nombre
que habitan los valles del mundo abisal.

Decidme vosotros, ángeles del cielo,
¿hacia dónde pudo la hermosa pasar?
Tras las blancas puertas que cierran el Reino,
ella, buena y pura, ¿seguro no está?

Dime tú, barquero de temible rostro
que la Estigia cruzas sin parar jamás,
dime si la has visto en tu barca ir,
dime... ¡Sí, la has visto! No me digas más.




II

Un cielo azulado repleto de nubes,
una casa enfrente moviendo sus formas,
una disciplina que atado me tiene,
haciéndome, dura, que cumpla sus normas.

Unos compañeros que atentos ni escuchan
la voz ya cascada del buen profesor,
que alegres, por bajo dibujan y juegan
no haciéndole caso casi a la lección.

Unos pensamientos que tristes me embargan,
mientras deseoso aguardo salir...
¿Esto de qué sirve al hombre que vive?
¿Esto de qué sirve a quien ha de morir?

¿Qué son los amores del mundo terreno?
¿Qué son las pasiones que el hombre consiente
y qué la alegría que en todos observo?
Todo será polvo después de la muerte.

¿Qué será del cielo que observo radiante?
¿Qué serán los rayos que alumbran las cosas?
Todo será negro después de la muerte.
¡Todo será negro metido en la fosa!





III

Tres actos que hiciste cavilar me hicieron
cuando tu desprecio vine a suscitar.
Tres actos que hirieron mi pecho con ansia
fue lo que causóme un daño mortal.

Aquella mirada que a mí, distraída,
lanzaban tus ojos, fingiéndome ver,
mientras tu memoria de mí te alejaba
ansiosa de amores, buscando el placer.

Aquella sonrisa que el alma ilumina,
que mi pecho engaña con vana ilusión
mas que, sin embargo, para mí no era
pero yo, obcecado, no vi la intención.

Aquella palabra con voz musical
que alegre brotaba de un alma tan bella
y que de ilusiones llenaba la mía,
que era por cumplido, ciego no vi en ella.

Tres actos me hicieron mi amor descubrir,
dormido en el pecho hasta aquella tarde.
Tres actos que hiciste me hicieron pensar
que, ¡jamás!, mujer, lograré besarte.


 

IV

Triste cementerio que en tus losas llanas
guardas los secretos de lo que fue vida,
muéstrame a mi bella cómo existe ahora,
quiero ver su cara si está corrompida.

Quiero ver su pelo que, en bucles de oro,
sus senos hermosos regaba en cascadas.
Quiero ver su cara, tan hermosa antaño,
quiero verla ahora fría y demacrada.

Quiero ver si es cierto que el alma persiste.
Deja que la vea y pronto sabré:
Si su cara veo que ya no sonríe,
su espíritu puro no tiene que ser.

¿Qué es lo que se hicieron de sus ojos verdes?
¿Qué es lo que se hizo de su boca roja?
¿Qué de sus encantos que al mundo admiraban?
Fue cómo los árboles que el viento deshoja.

Dime, cementerio, ¿por qué guardas, mudo,
los tantos secretos que en tumbas encierras?
¿Por qué guardas cuerpos que anhelan amados,
por qué los sujetas debajo la tierra?


 

V

(Al sarcófago fenicio de los libros de texto)

Observo tu cara cubierta de barba
que en la piedra fría grabaron las manos
de artistas ignotos que honores te hicieron
cuando conservaron tu efigie de humano.

Y al lado, en la piedra, contemplo tu cráneo
que, blanco, contuvo tus ojos en vida
mas hoy nada observan, porque ya no existen,
mas hoy nada observan, porque ya no miran.

Tus manos que, entonces, mujeres tocaron,
de caras hermosas, de pieles suaves,
de quienes gozaste prohibidos placeres,
¿de qué ya te sirven, de qué ya te valen?

Tus dedos de antaño, repletos de alhajas,
tan sólo son husos de blanco marfil.
Desnudos de carne tus huesos contemplo:
Tan sólo eso queda después de morir.

Pero dime tú, que en la muerte vives:
¿Qué ocurre después de nuestra existencia?
Claro, no contestas porque ya no puedes
mas, dime, ¿eran ciertas tus viejas creencias?


 

VI

Estoy en mi cuarto, mirándolo todo.
Observo el armario de recia madera
que tras de sus puertas, de aspecto tan débil,
de modo seguro mis ropas encierra.

Contemplo la silla que tengo aquí enfrente,
de negro color del tiempo gastado.
Su aspecto tan frágil, su aspecto impotente,
cual roca sostiene mi cuerpo cansado.

Mi mesa de estudio la tengo cercana.
En ella arrojados se encuentran los libros.
Su vieja madera, rugosa y maltrecha,
recoge el cuaderno en que versos escribo.

Mi cama de níquel me espera gustosa.
Mis ojos se cierran cansados, endebles,
pero pienso antes, ¿ellos cuándo duermen,
mi armario, mi silla, mi mesa, mis muebles?





VII

La flecha del arco voló por el aire.
El blanco, mi pecho, no dióse ni cuenta.
La herida que abrióme causóme gran daño
pero, ¡cosa rara!, la herida fue incruenta.

La muerte no vino. Dolores, más tarde.
¿Qué flecha lanzaste que muerte no dióme,
qué dardo afilado me trajo la pena?
¿Qué punta de acero templado así hirióme?

Acaso tus ojos que, verdes, miraban,
de desdén ahogados, mi persona pobre.
Acaso tu boca lanzando palabras
que herían mi pecho, de sentido doble.

¿Qué fueron? No sé. ¿Tú fuiste? Sabía,
mas dime por qué mis amores dañas,
por qué tus miradas me herían cruelmente,
clavándome crueles su dardo en mi entraña?


VIII

Luces que en el cielo brillan
de estrellas que observan la Tierra,
con guiños que mandan, llamando
al hombre que alcanzarlas quiera.

Sois mundos que oscuros vivís
lejanos y cerca, a la vez.
Lejanos, pues hay grande distancia.
Cercanos, porque os puedo ver.

Repletos seréis de habitantes
que vidas humanas tendrán
y amores y envidias iguales
que los que aquí abajo nuestra Humanidad.

Mujeres habrán en esos mundos
de cuerpos hermosos, brindando el amor.
Mujeres de labios de sangre
que enciendan la mía con cálido ardor.

Guerreros bizarros llevarán espadas.
Lucirán al aire sus hermosos yelmos
puesto que la guerra todo mundo agita,
puesto que la guerra placer es eterno.

¡Quién alcanzarlos pudiera
y en esos mundos vivir!
¡Quién pudiera allí quedarse
y no volver más aquí!


 

 

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