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He arrancado
la flecha...
He arrancado la flecha
y al salir
ha brotado de sangre un gran caudal;
un suspiro cortó mi triste labio,
de cruel llanto bañóse la mi faz.
Mas después, con el fuego
consumí
de la sangre mi fértil manantial,
de mis ojos las lágrimas sequé,
segando con el llanto mi pesar.
¡Ah, Dios mío, no dejes
que el gemir
vuelva a darme calor ni a sofocar
de la mente serena la fluidez!
¡Que no logre, mi Dios, volver a amar!
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