¿Dejas que te cuente un cuento
de esos que acaban felices,
donde los novios se casan
y se comen las perdices?
Pues érase que se era
una dama encantadora
que por las noches velaba,
llenos sus sueños de sombras.
A la mañana reía
de los labios para fuera.
Era feliz a su modo
pero buscaba una estrella.
Su Norte solía decir,
porque vagaba sin rumbo.
Hacía años se había muerto
el amor que algún día tuvo.
No se murió realmente,
se murió de aburrimiento.
En su corazón no había
calor, dicha ni tormento.
Se refugiaba en sus cosas,
en trabajos rutinarios,
en el amor a su hijo,
en los quehaceres diarios.
Su encanto se prodigaba
cuidando de los enfermos,
hasta que un día, ella misma,
enferma cayó de tedio.
Los médicos la trataron
y le sanaron el cuerpo,
pero el alma proseguía
enferma de aburrimiento.
Y una tarde, sin pensarlo,
se encontró que, de repente,
leyó una historia cual muchas,
de cómo sufre la gente.
Se interesó en lo más vivo,
quiso conocer al pobre
que expresaba de tal forma
el mal fin de unos amores.
Y así conoció la dicha,
ya que el dolido poeta
le hizo revivir el alma,
el alma que estaba muerta.
Y su risa brotó clara.
Esta vez sí era sincera.
Brotaba del corazón
como hacía años no hiciera.
Hablaron. Brotó la llama,
quemando en loca pasión
su cuerpo que no sentía
desde hacía tiempo el amor.
Él le escribió mil poemas,
ella su pecho le abrió.
Y él, que iba con engaños,
al ver su sana intención
varió su mente y se dijo:
"- Ésta es mi Musa soñada,
la que busqué tantas veces,
mi compañera del alma."
Ya ves cómo son las cosas.
Los dos estaban buscando
sin saber lo que querían,
pero en falta echaban algo.
Y esa mañana risueña
en la que él fue a buscarla
se dieron un dulce beso,
las manos entrelazadas.
Después se fueron muy juntos,
buscándose con afán
sus ojos en mil miradas,
mil quejidos de ansiedad.
¿Te ha gustado, princesita?
Llegó tu príncipe azul,
te miró, te entregó un beso
y mil le entregaste tú.
El resto ya lo conoces.
No hay que llegar al final.
No seré yo quién lo escriba.
Prefiero amarte sin más.
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