Estaba ella a mi lado reclinada,
acariciando mi rostro sus cabellos.
La chispa de la Musa brotó entonces
y, feliz, de esta forma, escribí un cuento.

"Érase alguna vez una patrona
que alegre patroneaba su velero.
Felicidad decía que buscaba,
surcando en su bajel el universo.

Mil mares ya se había recorrido,
conocía de sobra los océanos,
jamás en ningún puerto recalaba,
siempre seguía eterna navegando.

Su vida transcurría en armonía.
Alegre era y su risa melodiosa
a todo el que la oía contagiaba.
Y es que reía feliz, por cualquier cosa.

Mas su sonrisa alegre no era franca.
En sus adentros el alma no reía.
Ella buscaba con ardor un algo,
pasando así sus noches y sus días.

El ancla de su nave nunca quiso
fondear en ningún sitio diferente
a aquél en el cuál se había criado,
en medio de su entorno y de sus gentes.

Pero un día feliz retomó el rumbo,
hinchiéndose sus velas de aire nuevo.
Dejándose ya de recorrer el orbe,
directa encaminóse a un nuevo puerto.

Y allí clavó sus anclas, presurosa,
oyendo que del muelle le llamaba
una voz cariñosa, virilmente,
una voz de algún alma enamorada.

Bajó a tierra y se entregó en los brazos
del poeta que concibió mil versos.
Así juntos vivieron una vida,
una vida feliz llena de ensueño.

Y el barco envejeció. Nunca sus velas,
arriadas ya, bebieron otros vientos.
Las olas le agitaban suavemente,
pero el prefirió quedarse quieto."

"- ¿Te ha gustado la historia, amada mía?
Pues te juro que es cierta y verdadera.
Comenzó en una tarde de verano
y siempre ha de durar, por siempre eterna."

Eso escribió mi pluma enamorada,
pero ocurrió en la vida como en todo.
Ella volvió a su tierra con los suyos
y yo volví a quedarme otra vez solo.

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