Los besos que tú me has dado
los guardo como un tesoro.
El gemir de tus orgasmos,
uno tras otro, cual oro.

Y el placer de tus caricias,
muy adentro de mi ser
lo guardo con avaricia,
para cuando tú no estés.

Así podré consolarme,
como el avaro contando
cuánto su fortuna es grande,
aunque es rico y solitario.

Y es que yo quedaré así
cuando de mí tú te alejes:
El alma llena de ti
y tan vacía cual siempre.



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