La lluvia golpeando mi
cabina,
las horas van pasando lentamente;
veloz y presurosa va la gente,
doblando a toda prisa por la esquina.
El cielo muy a menudo se ilumina
con un tremendo rayo de repente.
¡Qué loco, qué indefenso y qué demente
aquél que ser un Dios va y se imagina!
Unas gotas de lluvia solamente
y el espíritu fiero se acoquina;
un relámpago brilla fugazmente
y la espalda, asustada, ya se inclina.
Queda en nada el valor del más valiente
ante el grande temor que le domina.
Que somos poca cosa es bien sabido.
Pensar que somos grandes, divertido. |