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Él la abraza, la besa y la
soba
con furor, pesadez, anhelante.
No le importa si hay gente delante,
le murmura al oído y da coba.
De sus labios sabrosos le roba
el placer que su boca excitante
torna al macho brioso y galante
en despojo sin fuerzas. Le emboba
como saben hacer las mujeres
con los hombres más chulos y listos.
Les conceden sinfín de placeres
y les dejan al cabo hecho mixtos.
¡Qué asesinas que son, madre mía!
Mas que dulce y sabrosa agonía... |
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