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Al alba amaneció y nos
despertamos
con los cuerpos unidos todavía,
mi vientre en tu regazo aún apoyado,
tu mano sujetándome la mía.
Mis labios se posaron en tu boca,
comienzo de otra mágica agonía;
perdida la noción fue de las horas,
mas ya de separarnos era el día.
Pasamos la mañana trabajando,
con besos, con amor, con alegría;
y a la tarde te fuiste y, solitario,
tan sólo me quedó mi Poesía.
Un canto de esperanza elevo al Cielo,
rogando porque tornes, prenda amada;
un cántico vibrante, porque quiero
retornes a mis brazos, Alborada. |
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