| |
Deduje, sopesando la jugada,
que habría mi rival mejor la suerte;
no es raro pensar eso, que la Muerte
nos gana sin dudar la muy malvada.
Y claro que ganó. De su morada
surgió sin compasión; muerta e inerte,
dormida y sin dejar ya que despierte,
dejó nuestra pasión, mi dulce amada.
¿Lograremos hacer que ésta reviva
un día, cual soñamos ayer noche?
Lo ignoro, mas quizás puede que escriba
la historia de ese amor. No habrá
reproche,
no tuvimos ninguna alternativa;
nos barrió sin piedad. Ya es medianoche;
ya es hora de dormir, que estoy cansado
de luchar y perder. ¡Sino malvado! |
|