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Por
la vía que conduce
a Toledo, la Imperial,
se acercaba a la ciudad
un caminante sediento.
De ampollas llenos los pies,
la espalda curvada va
y su fatigada faz
es cortada por los vientos.
Reconozcamos en él
a nuestro mozo García
que, con la bolsa vacía
a causa de unos ladrones,
a pie viene desde el pueblo
a cumplir el juramento
que jurase en mal momento
por cumplir sus ilusiones.
Sólo le queda su espada
de fino acero templado
en talleres toledanos,
de su costado pendiente,
y su faca albaceteña
de hoja doble y afilada,
con sus cachas nacaradas
y su brillo reluciente.
En la ciudad ya es entrado
por las tortuosas calles;
preciso será que halle
lugar donde descansar.
Mas, sin dinero, ¿quién puede
acomodarse en posada
que piden, antes que nada,
dineros para pagar?
Un plan sorprendente viene
a acomodarse en su mente
y aunque gran miedo le tiente
no se acobarda el gañán:
Ir a buscar a Javier
y estando a solas hablando,
poco a poco tanteando,
pedirle dónde habitar.
A la casa se encamina
que conocía por señas
y de su pecho se adueña
la angustia de la inquietud;
aguarda inquieto a Javier,
con el corazón en llamas,
y en el pecho se le inflama
su sangre de juventud.
Javier le recibe alegre,
con la sonrisa cordial
que llevara en el lugar
cuando a Aurora deshonró.
- ¿Qué hay, muchacho? -. Dijo el noble.
- ¿Cómo tú por estos lares?
¿Qué pasó por tus lugares
que vienes a mi mansión?
Así hablando los dos hombres,
Javier le invita a cenar
y García ha de aceptar
por estar desfallecido;
además, de esta manera
y actuando con malicia,
alguna ocasión propicia
ha de hallarse en un descuido.
En larga mesa les sirven
los exquisitos manjares
y a pesar de los pesares
el gañán al noble admira:
Sus vestiduras tan finas,
la gorra de su cabeza
y su aspecto de riqueza
son cosas que el pobre ansía.
Y la ambición le domina.
Ya no piensa más que en oro
y se olvida del decoro
necesario y de fingir,
Ya le contesta agriamente,
ya su mirada le reta
y si fuérale saeta
Javier tuviera su fin.
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El
noble mira al gañán
y se le acerca, borracho:
- Oye, dime, buen muchacho,
¿Qué fue de aquella mujer..?
-Bien está. ¿Por qué, señor,
me preguntabais por ella?
- No, por nada. Las doncellas
siempre me dan que temer...
- Las doncellas, puede ser.
Mas, ¿las que ya no lo son?
- Ni me acuerdo de su amor.
-¿Y de Aurora os acordáis?
- De las doncellas me acuerdo.
- Pero Aurora no lo es;
se dejó de vos querer.
¿Es que no lo recordáis?
- ¿Quién te dijera a ti eso?
¿Quién lo sabe más que yo?
- La que gozara con vos
en aquellos malos días.
- ¿Y qué quiere de mí Aurora?
Si es dinero... se lo doy.
- ¡Presto a decíroslo voy,
como me llamo García!
Dos cosas os quiere Aurora:
Un objeto me ha entregado
para dárselo al malvado
que su honor le arrebató;
el otro objeto, señor,
en vuestras venas está.
Ella me dio este puñal
para entregároslo a vos.
De la forma que os lo dé,
Aurora no dijo nada
y... ¡cuidado con la espada
que vigilándoos estoy!
Aquí tenéis su presente.
Ahora, vos, ¡el vuestro dadme
e intentar, señor, matarme,
porque yo a mataros voy!
- Pero... gañán, ¡no seas loco!
Para dar muerte a Javier
de Robles es menester
que el acero sea blandido
con extrema maestría.
Y por ti no ha de morir
el mejor espadachín
que este mundo ha conocido.
- A espada podéis vencerme...
¡Pero no será a puñal!
Así que, ¡presto! ¡Tomad
y este puñal recibid!
El muchacho lanza el arma
después que el acero pesa,
y la garganta atraviesa
de Javier, que muere así.
Pero García se siente
poseído de ambición
y del muerto, con furor,
arranca los ricos bienes.
Le despoja del dinero
y con sigilo se escapa
embozándose en la capa,
como a su crimen conviene.
La conciencia le atormenta,
no por matar a Javier
sino por cebarse en él
como una ave de rapiña.
Ya ha salido de Toledo
y en negra noche camina;
y la angustia le domina,
viendo vivas pesadillas.
Demonios que le atormentan,
alimañas que le rugen
mientras que sus huesos crujen
entre los dientes de fieras;
soldadesca que le sigue,
caballeros que le embisten;
todas cosas que no existen
le parece que existieran. |
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