III
La perversidad de Aurora

 
  Ya su villa está cercana
tras tres días caminando
cuando, atravesando un prado,
oye risas de la gente.
- ¿Por aquí voces? ¡Qué raro!
Se encamina hacia el lugar
en que oyérase el hablar
de forma tan insistente.

Y se acerca a dónde están,
perdiendo así la cabeza
al ver que entre la maleza
dos pecadores se gozan.
- ¡Aurora! -. Grita el gañán.-
¡Dios mío, me has engañado!-
El mozo está desolado
y en sus dolores solloza.

Ase la espada de mano
y se introduce violento,
interrumpiendo un momento
de deleite sensual.
Los dos amantes se asustan
al ver al aire el acero
y en el hombre es el primero
que el susto no ha de durar.

La espada fina le hiere
con su certera estocada.
Su vida queda truncada
sin aviso, de repente.
El hierro a la bella apunta.
- ¡Maldita! -. Grita García.-
Como a Javier no tenías
con cualquiera te diviertes.

Y yo, en tanto, los peligros
he recorrido por cientos
y al volver, aquí te encuentro
gozando con el primero.
- ¡Oh, García, ten piedad!
¡No me mates, por tu amor!
No rompas mi corazón
con la punta de tu acero.

- ¡Ah, malvada! ¿Tú me imploras
que te perdone, verdad?
Pues jamás esto será.¡
Vuele mi acero con ansia
y atraviese tu garganta
y retornes a la tierra
de cuyo seno nacieras
y en su arena sangre escancia!

Le lanza un tajo con ira
que la cabeza cercena,
manando sangre las venas
en espesos borbotones.
La muchacha cae por tierra
con las sus manos crispadas
y la cabeza, cortada,
refleja vivos dolores.

- ¡Dios Bendito! ¿Qué me queda
sino ya darme la muerte?
- ¡Quieto, García, detente!-.
Una voz manda, imperiosa.
El joven torna la vista
hacia la voz que le ordena
y ve una mujer morena
de facciones muy hermosas.

- ¿Qué queréis de mí, señora?
¿Quién sois vos que me llamáis?
Necesario es que muráis
por haber esto observado.
- Di, García, ¿me recuerdas?
- ¿Dónde puedo haberos visto?
- Yo soy la madre de Cristo?
- ¿La Virgen? ¡Dios sea loado!

- Sí, García, tú lo has dicho.
Y Yo no quiero que mueras
por actos que en tu ceguera
pudo tu amor cometer.
Olvídate de esos seres
que han causado tu rencor.
Busca de nuevo el amor,
que muy dichoso has de ser.

 

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